El capitalismo y la regla

15 de mayo, 2022

Tomar una baja en hostelería, entre otros muchos sectores, sea por dolor menstrual o por cualquier otra cosa, te pone en peligro de despido. Algo que olvida el debate sobre las bajas por reglas dolorosas.
Tomar una baja en hostelería, entre otros muchos sectores, sea por dolor menstrual o por cualquier otra cosa, te pone en peligro de despido. Algo que olvida el debate sobre las bajas por reglas dolorosas.

La nueva ley de aborto que ultima el gobierno español incorpora bajas laborales de tres días, ampliables a cinco, para aquellas mujeres que tengan reglas dolorosas. Los medios se han puesto a hacer ruido alrededor del tema: unos quejándose de la carga que supondrá para la pequeña burguesía que tendrá que pagar esas bajas en las PYMEs, otros tomando hipócritamente la bandera del dolor menstrual y el reconocimiento de «las mujeres». Un nuevo debate trampa que nos invita a mirar a otro lado mientras el elefante de las condiciones laborales hace estragos en la habitación.

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¿De qué están hablando?

Escuchar este nuevo debate-trampa es cuando menos confuso. El gobierno insiste en que estas bajas estarían «bajo supervisión médica». Pero eso ya existe... En España los médicos de la sanidad estatal, que siguen obligatoriamente las directrices sobre bajas del Instituto de la Seguridad Social, dan bajas de hasta 14 días por «dolor y otras afecciones asociadas a órganos genitales femeninos y al ciclo menstrual» y de 30 días para todo tipo de endometriosis.

¿Entonces las bajas de 3 a 5 días son una regresión en derechos?

No. La realidad inconfesada que sobrevuela todo el debate es que estas bajas se tramitan en caso de dolores inhabilitantes y recurrentes, que es cuando por lo general, las mujeres trabajadoras recurren a la sanidad en busca de una solución.

Lo que nos pretenden decir ahora es que no hace falta que el dolor sea inhabilitante y recurrente, que una «mala regla», de las que «tiene todo el mundo» cada cierto tiempo y se tratan con analgésicos un poco más fuertes de los habituales, también amerita visitar el médico y que al ser reconocida la baja como derecho, el médico deberá dar bajas automáticas entre 3 y 5 días.

La diferencia con una baja normal por enfermedad es que, según parece, esos tres días los cubriría la Seguridad Social. En las bajas por enfermedad los tres primeros días de baja no están cubiertos por la Seguridad Social.

¿Qué pinta un médico ahí?

El médico poco puede hacer. En el mejor de los casos indagará si es recurrente y si en realidad sufres una endometriosis -en caso de que sufras un dolor realmente insoportable- o hay causas subyacentes para que las reglas te duelan más. Pero no sabe cuanto te va a durar una regla dolorosa específicamente, lo sabes tú por experiencia. Ni siquiera puede saber si realmente te está doliendo o estás tomando una excusa para escapar de un entorno laboral aplastante.

Es decir, el «control» que puede realizar el médico es burocrático, no médico. Básicamente lo que se mide es que tu necesidad de no ir a trabajar los siguientes días sea superior a la molestia añadida de ir al centro de salud.

Así que... ¿para qué hace falta meter por medio al médico? Para declarar el «derecho» al mismo tiempo que se desincentiva su práctica, como siempre.

¿Qué hay debajo de la imposición médico-burocrática?

Dan por hecho que si no existiera un «control» las trabajadoras se declararían de baja cinco días todos los meses. Es decir, confiesan en la práctica, que los ambientes laborales se han degradado tanto con la precarización y el incremento de ritmos de trabajo que cualquier excusa va a ser usada para escapar de unos centros de trabajo cada vez más inhumanos.

¿Por qué dar un «derecho» y al mismo tiempo desincentivarlo?

Una vez más, estamos ante el famoso elefante en la habitación. En el sistema de explotación del trabajo en el que vivimos, el capitalismo, los empleadores compran el uso de nuestras capacidades (fuerza de trabajo) durante un tiempo determinado (la jornada) por un precio (el salario).

Su objetivo es que les produzca ganancia, es decir, para que produzcamos colectivamente algo que en el mercado de bienes y servicios le genere, tras la venta, más ingresos que lo que le costó pagarnos y pagar todos los gastos y materias primas usados en el proceso. Si consiguen una productividad en términos de ganancia -la ganancia que obtienen por hora media trabajada- significativa para el tamaño de su empresa, podrán ir al mercado de capitales -el otro gran circuito del capitalismo- y obtener más capital... lo que equivale a ganar más derechos de explotación del trabajo ajeno y por tanto aumentar sus perspectivas futuras de ganancia y superviviencia.

Por lo general, la forma más inmediata de tensar, empresa a empresa, la productividad de los trabajadores como un todo es estresar cuanto puedan el aprovechamiento para los fines de la empresa del tiempo de trabajo de cada uno. Ni un minuto de descanso. Ni una caída del ritmo. Al máximo siempre, caiga quién caiga y se rompan los nervios de quién se rompan. Y cuando se pueda... cronometraje. Esa es la famosa «eficiencia»: ni un segundo libre para reponerse o pensar, toda la jornada a tope y dedicada a producir ganancia.

Pero la explotación no es individual, la ganancia no es el resultado de la suma de la explotación de cada trabajador. Incluso dentro de la empresa, es un proceso social. Es decir, perfectamente puede ocurrir que un trabajador o un grupo de trabajadores tenga más bajas de las esperadas estadísticamente y la ganancia final sea exactamente la misma.

El resultado dependerá en general de la escala y la intensidad del uso de capital: cuantos más trabajadores -trabajadoras en este caso- tengan bajas, más pequeña y menos capitalizada/automatizada esté la empresa, más probable es que el aumento de bajas se refleje en la ganancia final.

Por eso, quien más teme el resultado de esta medida es la pequeña burguesía dueña de PYMEs y por eso la misma ley que lo establece incluye un control médico absurdo para desincentivar su uso por las mujeres trabajadoras.

¿Cuál es la trampa bajo el argumentario feminista?

Pero hay un factor más. La medida afecta a todas las asalariadas, pero no todas las asalariadas son trabajadoras.

Es más fácil que de «jefa de equipo» para arriba puedan faltar al trabajo sin causar reducciones de ganancia en los resultados. Y nadie lo sabe mejor que las empresas. Así que la pequeña burguesía corporativa femenina, va a tener además, por lo general, mucha menos resistencia y malas caras a la hora de tomar bajas remuneradas de tres días por reglas dolorosas.

Si la gerente de marketing deja de ir al puesto de trabajo por la regla tres días, difícilmente se conmoverá la cuenta de resultados un céntimo. Otra cosa es dejar de atender mesas en una terraza o tener dos manos menos en una cadena de montaje industrial, por grande que sea. Si alguien piensa que esta ley va a poder ser utilizada por todas las mujeres por igual, al margen de clases, se equivoca de lleno.

Como siempre, el feminismo barre para su casa -la pequeña burguesía femenina, con preferencia hoy por la corporativa y burocrática- y nos vende tramposamente como una «conquista para todas las mujeres» lo que, en la práctica, va a ser ante todo un nuevo privilegio de clase.

¿Se puede plantear de manera que el resultado sea realmente igualitario y no nos obliguen a trabajar cuando no estamos en condiciones de hacerlo?

Todos sabemos que el agravamiento de los ritmos, la precarización de las condiciones laborales tanto contractuales como físicas, la violencia creciente del trato y la atomización de las funciones, convierten el entorno laboral y el sistema entero en una verdadera trituradora. Una trituradora que no distingue entre varones y mujeres. Reducir la jornada manteniendo salarios reales es, a estas alturas, una cuestión de salud física y mental para la gran mayoría de trabajadores.

Arañar la posibilidad de cinco días de baja por dolores menstruales, coartados además desde el origen por un control burocrático-médico, es invitarnos a mirar por la ventana mientras el elefante en la habitación pisotea enloquecido a varones y mujeres. Aún peor, sólo nos invitan a mirar por la ventana a la mitad y de esa mitad sólo dejan abrir la ventana a las cuatro jefecillas.

Para los trabajadores, varones o mujeres, la cuestión es mucho más sencilla y desde luego, honesta. Son necesidades humanas básicas que no distinguen entre sexos, las que están en juego.

En primer lugar y de forma general, los centros de trabajo no deberían ser un pasaje del terror. En segundo lugar, nadie debería trabajar cuando no esté en condiciones de hacerlo, sea por la regla, por una enfermedad o por cualquier otra causa.

Pero esto no es así. A día de hoy, si te rompes un pie y trabajas de teleoperador, es más que probable que no te den una baja que cubra la curación porque «no usas el pié para trabajar», como si te teletransportaras al centro de trabajo. Si eres el jefe, la cosa probablemente cambiaría, claro, e incluso cuando no lo hiciera en el trámite lo haría en la práctica, que para eso se reguló el derecho al teletrabajo.

Al final, en la práctica, en las empresas y frente al sistema médico-burocrático, todo va a depender de la correlación de fuerzas entre trabajadores por un lado y empresas y estado, por otro. Y para eso, dividir fuerzas por la mitad, limitando el problema artificialmente al dolor menstrual como hacen las feministas y confiándolo a normativas tramposas que aprueben los parlamentos, como nos pide la izquierda gobernante, no sólo no ayuda, sino que debilita.

Una vez más, lo que toca es organizarse para poder plantar cara como trabajadores, hombres y mujeres juntos, para lograr la satisfacción de una necesidad básica común a todos -no trabajar cuando no estamos en condiciones de hacerlo. Todo lo demás quedará indefectiblemente en privilegio para jefas y cinismo para gobernantes. Y de ambas cosas estamos saturados ya.


Actualizado el 17/5/2022. Incluimos las últimas informaciones según las cuales la Seguridad Social cubriría los tres primeros días de baja, que en caso de enfermedad, no están cubiertos.

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