Frente único

Diccionario de marxismo

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Táctica afirmada en el IIIer Congreso de la Internacional Comunista que buscaba generar consignas capaces de movilizar a las masas encuadradas en los sindicatos y partidos políticos socialdemócratas -entregados a la defensa del estado y el orden capitalista.

Tabla de contenidos

La cuestión del Frente Único

La necesidad de unidad de acción que exigen los trabajadores no es el producto de su encuadramiento por el estado, sino de la propia naturaleza de la clase (centralismo). No se puede por tanto enfrentar el encuadramiento que hace gala de «unitario» simplemente negando la necesidad de unidad o afirmando que basta con que los trabajadores ahora encuadrados sigan a los comunistas. Tal táctica, la doctrinaria, hace daño al movimiento como un todo.

Otra cosa es que esta necesidad de centralización sea utilizada por los sindicatos -que son parte del estado- y por la izquierda del aparato político como freno del movimiento al hacer equivaler la unidad de clase a la unidad entre ellos. Esa «unidad en el encuadramiento» no puede darse más que en torno a consignas inconducentes o contraproducentes para los intereses de los trabajadores .

La cuestión del frente único es pues la cuestión de cómo impulsar, a través de un curso de acción y por tanto de consignas concretas, a los sectores más dinámicos y conscientes de la clase desde la falsa unidad del cepo izquierda-sindicatos a la unidad en una orientación política independiente del estado.

La IIIª Internacional y el Frente Único

Lenin en el Tercer Congreso de la IIIª Internacional

Los fundamentos del Frente Único

Es desde esa perspectiva desde la que los bolcheviques plantean a la Internacional el Frente Único como la base táctica del momento en el tercer congreso.

El Partido debe asumir la iniciativa en asegurar la unidad en la lucha presente. Solo así el Partido se acercará a esos dos tercios que aún no siguen su dirección, que aun no confían en él porque no lo comprenden. Solo de esta manera puede el Partido ganarlos.

Si el Partido Comunista no hubiese roto drásticamente y en forma irrevocable con los socialdemócratas, si no se hubiese convertido en el Partido de la revolución proletaria, no hubiese podido dar los primeros pasos serios en el camino de la revolución. Hubiese permanecido como una válvula parlamentaria de seguridad bajo el Estado burgués. Quién no comprende esto, no conoce la primera letra del ABC del Comunismo.

Si el Partido comunista no procurase construir un camino organizativo, al final del cual fuesen posibles en cualquier momento acciones coordinadas conjuntas entre las masas comunistas y las no-comunistas (incluyendo a las que apoyan a la socialdemocracia), pondría al descubierto su incapacidad para ganar -sobre la base de acciones de masas- a la mayoría del proletariado. Degeneraría en una Sociedad de propaganda comunista, nunca se desarrollaría como un Partido que lucha por la conquista del poder.

No es suficiente contar con una espada, tiene que tener filo; no es suficiente el filo: hay que saber usarla. Luego de separar a los comunistas de los reformistas, no es suficiente fusionar a los comunistas entre sí por medio de la disciplina organizativa; es necesario que esa organización aprenda a guiar todas las actividades colectivas del proletariado en todas las esferas de la lucha de clases. Esta es la segunda letra del ABC del Comunismo.

LD Trotski en el Pleno del Comité Ejécutivo de la Internacional Comunista de marzo de 1922.

En el momento, la tesis central bajo el Frente Único es que, en el contexto de la oleada revolucionaria mundial, el mero movimiento de la clase favorece el desarrollo de su consciencia y por tanto el desarrollo y masificación del Partido Comunista como «forma superior de organización de clase» (Lenin).

Las circunstancias, por lo tanto, tornan completamente posibles las acciones conjuntas respecto a una serie de cuestiones vitales entre los obreros unidos en torno a esas tres organizaciones respectivamente [partidos centristas, socialdemócratas y comunistas], y las masas organizadas que las apoyan.

Los Comunistas, como ya hemos dicho, no solo no deben oponerse a tales acciones sino que, por el contrario, deben asumir la iniciativa, precisamente por la razón de que cuánto más sean impulsadas las masas hacia el movimiento mayor será su confianza en si mismas, el movimiento de masas tendrá más confianza en sí mismo y será más capaz de marchar resueltamente hacia delante, no importa cuan modesta sea la consigna inicial de lucha. Y esto significa que el crecimiento del contenido de masas del movimiento lo hace revolucionario y crea condiciones mucho más favorables para las consignas, métodos de lucha y, en general, para el rol dirigente del Partido Comunista.

Los reformistas temen al potente espíritu revolucionario de las masas; su arena más preciada es la tribuna parlamentaria; las oficinas de los sindicatos, las cortes de justicia, las antesalas de los ministerios.

Por el contrario, lo que a nosotros nos interesa, aparte de toda otra consideración, es arrancar a los reformistas de su paraíso y ponerlos al lado nuestro ante las masas. Usando una táctica correcta, solo podemos ganar. El comunista que duda o teme esto, parece aquel nadador que aprobó las tesis sobre el mejor modo de nadar, pero que no quiere arriesgarse a zambullirse.

LD Trotski en el Pleno del Comité Ejécutivo de la Internacional Comunista de marzo de 1922.

Frente Único y papel de los comunistas en las organizaciones unitarias creadas durante la IIª Internacional

Cuando el Frente Único es afirmado como táctica por la IIIª Internacional es una síntesis de la práctica política llevada por los bolcheviques en Rusia entre 1905 y la revolución de octubre. Intenta utilizarse entonces como guía en un escenario mucho más amplio, pero con el que comparte un elemento fundamental: la existencia de un tejido organizado de clase diverso que incluye desde secciones sindicales y sociedades obreras a mutualidades, cooperativas y asociaciones educativas en la que los comunistas tienen minorías amplias pero no la dirección organizativa.

Existen dos claves aquí:

1 La táctica del Frente Único no se considera la principal cuestión, ni va a evaluarse por su resultado allá donde los comunistas forman mínimos grupos de propaganda. Porque como dice Trotski en el mismo texto: «En los casos en que el Partido Comunista aún permanece corno una organización compuesta por una minoría numéricamente insignificante, la cuestión de su conducta en el frente de la lucha de masas no asume un significado político y organizativo decisivo».

2 La táctica del Frente Único va a dejar de lado la naturaleza de clase de la política socialdemócrata y los sindicatos. Como el mismo Lenin ha insistido una y otra vez -con especial claridad en «El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo»- en la mirada bolchevique ese tejido que Trotski caracterizará luego como de «democracia proletaria» es un terreno de combate político y tirar el agua sucia de su dirección reaccionaria con el niño de su función organizativa y educativa para la clase sería un error izquierdista imperdonable.

Para la Internacional el Frente Único pasará por tanto por organizar «fracciones rojas» en todo tipo de organizaciones creadas por los trabajadores durante el periodo histórico anterior con el objetivo de encaminarlas a ponerse a la cabeza de luchas unitarias. Renegar de sindicatos o cooperativas porque sus direcciones fueran reaccionarias y su propia naturaleza no hiciera de ellas órganos revolucionarios significaría renunciar a la principal vía de toma de consciencia de las grandes masas de trabajadores.

La degeneración y contradicciones de la táctica de Frente Único

El Frente Único generará todo tipo de contradicciones tan pronto se produzca un reflujo del movimiento revolucionario mundial... es decir, prácticamente tan pronto sea anunciada.

Con las fuerzas burocráticas permeando al partido ruso desde la maquinaria de dirección estatal de las empresas y los grandes partidos europeos desde los sindicatos, se producirá una paulatina asimilación del Frente Único a una alianza entre partidos comunistas y socialdemócratas... que se demostró desastrosa en todos los casos. Baste recordar cómo la dirección socialista convirtió las Alianzas Obreras de 1934 en España en una herramienta para descarrilar la revolución en marcha hacia simple palanca para un cambio de gabinete.

Y es que esta degeneración del concepto original había desembocado pronto en la aceptación de la consigna del «gobierno obrero». En realidad esta consigna era la traducción mecánica de una experiencia concreta de la Revolución Rusa.

Cuando en 1917 los bolcheviques enunciaron la idea de un gobierno menchevique (expulsar a los ministros capitalistas del gobierno), lo hicieron teniendo en cuenta, por un lado, la fe engañosa que las masas en ese momento tenían en los mencheviques y en la democracia burguesa; por otro lado, tomaron en cuenta la naturaleza de las contradicciones entre los mencheviques y las viejas clases que harían que los primeros, sin voluntad y sin ganas, otorgaran mayores libertades a las masas y a la vanguardia revolucionaria en particular, lo que permitiría a las masas condensar su experiencia en formas orgánicas y elevarse a etapas superiores de lucha.

La existencia de los soviets, permitidos legalmente por el gobierno de Kerensky y en los que los mencheviques, los socialistas-revolucionarios y los bolcheviques participaban en un frente único, permitió este desarrollo.

Carta abierta al Partido Comunista Internacional, sección francesa de la IVª Internacional, de Natalia Sedova, Benjamin Péret y G. Munis (junio de 1947)

Pero en 1923 los «gobiernos obreros» que se planteaban no implicaban fortalecer unos soviets inexistentes. Por eso, cuando hoy leemos los debates sobre la consigna de «gobierno obrero» en el IVº Congreso, los argumentos sólo pueden parecernos pura escolástica centrista. Pero también es cierto que hoy lo vemos con perspectiva sabiendo que para las fuerzas burocráticas rusas fue su primer gran triunfo en la Internacional. Esperaban un alivio en la guerra comercial por la formación de gobiernos «de izquierda» en los países industrializados europeos. Nadie supo entenderlo así en el momento.

Sin embargo, fue el primer gran paso en el camino hacia la supeditación definitiva de los intereses de la revolución mundial a los del capitalismo de estado ruso. Supeditación que se condensará en torno a la consigna de «socialismo en un solo país» y que convertirá coherentemente el Frente único en Frente Popular.

Pero... ¿se puede igualar la degeneración de la táctica de Frente Único a su inutilidad?

El Frente Único después de la destrucción del tejido organizativo de masas creado por la IIª Internacional

Segundo Congreso de la IVª Internacional en el que se produce la ruptura de la izquierda, Paris, 1948. De izq a dcha: Pierre Favre (PCI Francia), S. Santen (RCP Holanda), Pierre Frank (PCI Francia), Jock Haston (RCP GB), Colin de Silva (LSSP, Ceilán) y G. Munis (España)

La obra destructiva de la contrarrevolución

El periodo 1933-1937, es decir, los años que comienzan con la subida del nazismo al poder en Alemania ante la inacción del KPD y la derrota de la Revolución española, primera contrarrevolución liderada y organizada por un partido «comunista», el PCE, no solo marcan el paso definitivo de la Komintern stalinista a la contrarrevolución y la apertura de la posibilidad de una nueva guerra imperialista mundial.

La derrota de la gran oleada revolucionaria 1917-37 se materializó en la destrucción sistemática del tejido organizativo de clase construido durante la IIª Internacional, el fin de ese espacio de «Democracia Proletaria» que había alimentado a la segunda y tercera Internacionales y del que no quedaban sino jirones cuando se funda la cuarta.

La segunda postguerra mundial

Al final de la guerra será la izquierda de la IVª Internacional la que exija el fin de las consignas ya absolutamente insostenibles de frente único y «gobierno obrero», criticadas por la izquierda de la Cuarta Internacional desde la Revolución española.

En aquel momento, en manos de la dirección de una IV Internacional en plena degeneración oportunista, las consignas se habían convertido en apoyo electoral «desde fuera» a los PCs y PSs. La izquierda comunista de la cuarta, recordará entonces que no hay paralelismo posible con la consigna de «gobierno obrero» de los bolcheviques en 1917 y que poco o nada puede contribuir un gobierno electoral de las fuerzas que han organizado la contrarrevolución y la guerra a la toma de consciencia de los trabajadores.

El stalinismo es hoy absolutamente incompatible con cualquier democracia proletaria. Dondequiera que han surgido órganos de poder revolucionario, desde España hasta Varsovia, París y Milán, se ha apresurado a destruirlos. El stalinismo no puede permitir que los revolucionarios hablen.

La táctica de un frente único con él y el gobierno del PC-PS-CGT no puede facilitar de ninguna manera la creación de órganos de democracia y poder proletario, y cualquier gobierno stalinista o bajo influencia stalinista trae consigo una tendencia imperiosa a aniquilar físicamente a la vanguardia revolucionaria. Por lo tanto, es urgente que el PCI y nuestro movimiento internacional retiren estas dos consignas ya anticuadas. ¿No es elocuente el ejemplo de Europa del Este?

Por otro lado, el proletariado de hoy no sufre de ningún ilusión real sobre la democracia burguesa, la socialdemocracia o el stalinismo. Lo que sí sufre es el hecho de encontrarse atrapado por los aparatos orgánicos de ambas tendencias, el stalinismo en primer lugar y sobre todo. La inexistencia de una organización revolucionaria que la inspire con confianza y seguridad combativa contribuye más que un poco a ello, es decir, nuestra política actual contribuye directa o indirectamente.

Ayer era indispensable que el proletariado repasara las experiencias de los gobiernos establecidos por los dirigentes de las organizaciones tradicionales para entender que la revolución era la única salida posible. No hoy.

Carta abierta al Partido Comunista Internacional, sección francesa de la IVª Internacional, de Natalia Sedova, Benjamin Péret y G. Munis (junio de 1947)

Es decir el problema de fondo es que ya no existe ese tejido de «Democracia Proletaria» sino tan solo «aparatos orgánicos» controlados férreamente por stalinistas y socialdemócratas y, en paralelo, el «gran vacío» producido por la «inexistencia de una organización revolucionaria» que, por otro lado, no puede nutrirse de lo que no existe.

Y si vamos un poco más allá, una formulación un poco más profunda da idea de la gravedad de la situación. La parte más consistente de aquel tejido de clase había venido formada por sindicatos. Pero los sindicatos ya no son ni pueden ser organizaciones de clase con direcciones y tendencias más o menos reaccionarias: son puro y simple aparato del capitalismo de estado.

Es decir, la situación de la postguerra mundial en adelante no solo evidencia el carácter contraproducente y reaccionario de la consigna de Frente Único entendida como alianza o apoyo externo a stalinistas y socialdemócratas. También la deja sin objeto: no hay tejido de clase en el que ejercitarla a la manera que habían hecho los bolcheviques y sin él, los revolucionarios quedan confinados en el papel de «grupos de propaganda». El tipo de grupos que la doctrina de la IIIª Internacional nunca había considerado que tuviera oportunidad de plantearse siquiera una táctica así al no tener influencia real en el curso de la lucha de clases.

El FOR y los movimientos propagandistas de la segunda mitad del siglo XX

Para salir de esta espiral, los revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX volvieron a trabajar sobre las bases de la experiencia del partido bolchevique. Se suponía que, tras una primera fase como grupo de propaganda, los núcleos militantes crecerían a través de luchas y huelgas de masas y que, eventualmente, podrían apoyar y apoyarse en distintas expresiones organizativas relativamente estables de la clase: grupos comunistas en empresas, colectivos barriales, comités para fines concretos, etc.

En la práctica esta orientación significó trabajar ignorando la necesidad de un tejido organizativo más allá del propio grupo de propaganda, dando por hecho que surgiría como un poso de la sucesión de las luchas o que tomaría espontáneamente formas nuevas sin que fuera tarea de los militantes propiciar unas u otras. Aparecieron incluso numerosas tendencias consejistas que negaban abiertamente la necesidad y posibilidad de expresiones organizativas de la clase más allá del desarrollo de sus órganos de lucha.

La razón principal es que desde principios de los sesenta (Huelga minera de Asturias, Reino Unido, norte de Francia...) reaparecen las huelgas de masas al margen y muchas veces en contra de los sindicatos. Su proliferación global permite pensar en un desarrollo de la organización de la clase exclusivamente a través de las luchas. Pero cuando se agote esa gran ola irregular de huelgas y movilizaciones, que se prolongará hasta finales de los 80, también lo harán las organizaciones propagandistas revolucionarias del periodo.

¿Puede el Frente Único tener alguna utilidad táctica en el presente?

Manifestación barrial contra las casas de apuestas

Tampoco es que sobraran elementos para reflexionar sobre las alternativas. Sólo experiencias muy concretas de Izquierda Comunista Española en los años 30 -experiencias nunca desarrolladas por los internacionalistas después en otros países- apuntaban caminos que unían la propaganda y la organización tanto de órganos de lucha como de «tejido» de clase.

De modo significativo sin embargo, estas experiencias se basaron en una práctica particular del Frente Único que se dirigió en todos los ámbitos y en todo momento al conjunto de los trabajadores, compaginando consignas que alienaban las luchas de su teórica dirección orgánica socialdemócrata al tiempo que impulsaban un tejido organizativo para el conjunto de trabajadores de utilidad directa para estos (Casa del pueblo, escuela, comités de oficio -asimilados a sindicatos pero sin estructuras orgánicas propias- y cooperativa de trabajo).

¿Qué significó en aquella experiencia «Frente Único»? En realidad una forma de plantear las consignas y las tareas que se planteaban los revolucionarios a sí mismos y las que le planteaban a las luchas opuesta a la de las Alianzas Obreras de la época tanto como a la concepción restrictiva de «grupo de propaganda».

Lo que aprendemos de toda la experiencia acumulada es que sin consignas que atiendan las necesidades inmediatas y concretas de las luchas y la reflexión, los grupos de propaganda sólo pueden ser grupos moralizantes, predicadores en abstracto de la moral comunista sin consecuencias prácticas.

E incluso si aportan consignas útiles para cada estadio de lucha, si no impulsan y apoyan sustentos organizativos independientes mínimos de todo tipo -asociaciones, comités de lucha, redes solidarias, grupos barriales, etc.- colocarán a los trabajadores más animosos en la disyuntiva entre la atomización y el encuadramiento, desmovilizando en lo inmediato y debilitando las luchas del futuro.

Siempre será más «viable» a los ojos de un trabajador convencido de la necesidad de luchar pero no formado políticamente, el estado de consciencia de clase que cabe esperar cuando no existe un tejido de clase extenso ni un continuo de luchas masivas, unirse a una estéril fracción falsamente roja de un sindicato que predicar la huelga de masas; entrar en una red clientelar barrial que animar debates sobre el fondo de la cuestión de la vivienda; etc.

En los largos periodos sin grandes movilizaciones de clase, el acendramiento político de los trabajadores nace en esfuerzos colectivos minoritarios que dan respuestas colectivas a las necesidades concretas y universales de los trabajadores «negando el estado de cosas actual». Y en ese marco el Frente Único es ante todo una tecnología para elaborar consignas que dirijan ese agrupamiento concreto al conjunto de la clase dándole pie a formas de organización y lucha independientes y superiores.

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