Ecologismo

Diccionario de marxismo

Ideología que considera que la contradicción histórica principal es Humanidad-Naturaleza, o en ciertas versiones, capitalismo-Naturaleza; proponiendo como alternativa un abanico de «reformas» que van desde el «capitalismo verde» al «decrecimiento».

El ecologismo como ideología del cambio tecnológico «verde»

En un lado del espectro ecologista tendríamos todas las tendencias que presentan la superación de una de estas dos contradicciones como el producto de un «cambio tecnológico» que puede ser llevado a cabo dentro del sistema. El problema es que no hay cambio tecnológico al margen de las relaciones sociales y por tanto que no afecte desigualmente, a la situación de las clases que definen la sociedad. Al invisibilizar la centralidad de la lucha de clases para poner en su lugar el daño medioambiental, el ecologismo olvida el significado necesariamente reaccionario de toda «reforma ecológica» bajo el capitalismo.

El cambio de modelo energético, de transporte y de producción agraria implica poner en marcha un cambio tecnológico. Pero es importante entender que no es la tecnología la que mágicamente permitiría dar bríos a la acumulación, sino la transferencia de rentas del trabajo al capital. La tecnología es puramente instrumental y se desarrolla no por el genio de investigadores solitarios sino por la demanda y las inversiones de capital interesado. Por eso se exige a las nuevas tecnologías supuestamente más «sostenibles» que sean, ante todo, más productivas. No se refieren a la productividad física, a la cantidad de producto obtenido por hora de trabajo medio, sino a la productividad para el capital: la cantidad de ganancia producida por cada hora de trabajo contratada. Por eso la regulación estatal global es central en la «transición ecológica»: impuestos y normas no modifican la capacidad física de producción pero si la ganancia esperada por hora de trabajo social explotado.

Esa es la lógica de toda «revolución tecnológica» en el capitalismo. No es que el capitalismo se «adapte a las nuevas tecnologías», es que las tecnologías no son consideradas como viables si no aumentan la productividad desde la perspectiva de la ganancia, es decir, si no sirven para aumentar el porcentaje de rentas del capital sobre el total de la producción.

El capitalismo es un sistema de explotación de una clase por otra. Su objetivo no es producir coches y, menos aún, salvaguardar el clima. Su único objetivo es producir y aumentar a cada ciclo la explotación incrementando el capital. Bajo la promesa de verdes y utópicos paisajes urbanos modelados digitalmente, de silenciosos coches eléctricos no contaminantes, está como siempre la punzante realidad de la lucha de clases. Toda esa renovación global de infraestructuras energéticas, de transporte y de producción industrial que imaginan capaz de «reiniciar» el ciclo global del capital, no es sino la mayor transferencia de rentas del trabajo al capital desde la Segunda Guerra Mundial.

«Contra la Unión Sagrada Climática», comunicado de Emancipación.

El ecologismo decrecimientista como forma contemporánea del malthusianismo

Otro ala del ecologismo, la llamada «extincionista», «decrecimientista» o «ecologismo profundo», heredera del «Club de Roma» y del neo-malthusianismo, con estrellas reconocidas como Hardin y su famosísima «tragedia de los comunes» (escrita originalmente como un panfleto racista), insistirá una y otra vez en el carácter finito de los recursos naturales para asegurar una contradicción entre ellos y el volumen de población mundial actual. La Humanidad no sería más que una especie predadora incontrolable, una plaga a contener o erradicar, como en los modelos simplones de las clases de ecología.

La única alternativa sería catástrofe o «decrecimiento», implicando este una reducción que sus propios portavoces estiman en 7/8 de la población. A diferencia de Malthus intentarán explicar sus ratios de «sostenibilidad» y para ello incurrirán en todo tipo de falacias. Las más conocidas: pronosticar reiteradamente un colapso energético por falta de petróleo suficiente en al menos dos ocasiones en la década de los 2000, y proyectar a partir de los datos de calentamiento global una extinción de la especie en 2050.

Pero la falacia principal de esta rama, cada vez más numerosa y promocionada mediáticamente del ecologismo, es que equipara industrialización a capitalismo para reafirmar la moral burguesa en sus términos más crudos, aquellos utilizados por Malthus.

Malthus y la moral burguesa

El Reino Unido de finales del XVIII no era el lugar más propicio para la empresa industrial. Desde la aristocracia terrateniente y mercantil hasta los campesinos cuya moral comunitaria no había sido destrozada aún bajo la pobreza más miserable, suponían un obstáculo para la burguesía industrial y las luminarias liberales. A finales de siglo siguen en pie las «Poor Laws» isabelinas que obligaban al trabajo forzado, pero también daban apoyo alimentario y básico a las grandes masas de pobres echados del campo por la codicia mercantilista de la acumulación primitiva. Periódicamente se producen revueltas contra el precio del pan y la situación en Francia causa gran preocupación entre las élites británicas. Siguiendo los pasos de Adam Smith y cerrando el tratado moral smithiano por abajo, Thomas Malthus propone en el momento más oportuno un nuevo orden moral que rompe con todo lo anterior. Allí donde Smith apunta que el laissez faire librecambista lleva al mejor de los resultados gracias a la acumulación, Malthus ordena poner en funcionamiento lo que él mismo llama la «máquina» social cortando el sistema Speenhamland de ayudas y forzando a los pobres a trabajar a cualquier precio para sobrevivir. La vida es actividad, y esta actividad sólo puede ser garantizada por la amenaza del mal de la escasez. Toda la obra estadística de Malthus sobre la necesidad de controlar la población, cuyas famosas ratios nunca demuestra, sirven de justificación para el argumento moral que ocupa los dos últimos capítulos del tratado.

Malthus empezó su teodicea con un análisis crítico de la naturaleza humana. Como en la teoría Aristotélica del movimiento, el estado natural de la humanidad era el reposo. Los hombres eran «inertes, lentos y reacios a trabajar» era el movimiento lo que necesitaba una explicación. Algún empujón era necesario para «despertar a la materia inerte y caótica en espíritu, para sublimar el polvo de la tierra en alma; para causar una chispa etérea a partir del montón de arcilla». Este empujón eran los males físicos y morales causados por la ley de poblaciones. Para evitar el dolor, los hombres entraban en actividad.

Evitar el mal, y perseguir el bien, parece ser el gran deber y ocupación del hombre; y este mundo parece estar peculiarmente calculado para ofrecer oportunidades para los mayores esfuerzos de este tipo; y es por este ejercicio, por esta estimulación, que se forma la mente.

Los hombres eran por naturaleza pasivos; las incomodidades de la vida causaban el movimiento. El Mal era la fuerza motriz del reino humano. Era por lo tanto la fuerza tras la civilización. Malthus se enfrentó a este problema potencialmente vergonzante transformándolo en una teoría de incentivos. En el nivel más bajo el hambre o el frío obligaban a los hombres a buscar comida y formar una sociedad de cultivadores, en los niveles más altos «algunos de los ejercicios más nobles de la mente humana han sido puestos en movimiento por la obligación de satisfacer las necesidades humanas».

DL LeMahieu, «Malthus and the Theology of Scarcity»

Para horror de una parte de sus contemporáneos -y regocijo de otros-, Malthus no sólo tolera sino que celebra el mal y la escasez como fuerzas creativas. La escasez, como garantía de hambre y suplicio para los trabajadores, debe ser mantenida artificialmente para asegurar el funcionamiento de la gran máquina de acumulación hidráulica: el capitalismo.

Y entonces resulta claro que una sociedad constituida según las formas más bellas que la imaginación pueda concebir, con la benevolencia como su principio motor, en lugar de el interés propio y con cada predisposición al mal de sus miembros corregida por la razón y no la fuerza, acabaría, por las leyes inevitables de la naturaleza y no por alguna depravación original del hombre, degenerando en un corto plazo en una sociedad regida por un plan no muy diferente al que prevalece en todos los estados conocidos hoy en día; quiero decir, en una sociedad dividida en una clase de propietarios y una clase de trabajadores, y con el interés propio como el principal mecanismo de la gran máquina.

Thomas R. Malthus, An Essay on the Principle of Population 1798

Malthus conseguirá que se rechacen las ampliaciones a las ayudas a los pobres y se convertirá en toda una figura de su época, influyendo políticos en las islas y formando funcionarios de las Indias que aplicarán sus principios sobre el control de la población a las colonias británicas. La moral de Malthus y Bentham servirá de sustento a todas las discusiones sobre las leyes de pobres y la formación del nuevo proletariado independiente y «libre de vender su fuerza de trabajo»:

El Poor Law Report de 1834, que resumía los resultados de la Comisión Real, estaba repleto de lenguaje Malthusiano:

Hemos visto que uno de los objetivos a los que intenta llegar la presente administración de las Poor Laws es repeler pro tanto esa ley de la naturaleza por la cual la imprevisión o mal comportamiento individual de cada hombre deben recaer sobre él y su familia. El efecto de este intento ha sido repeler pro tanto la ley por a cual cada hombre y su familia disfrutan los beneficios de su propia prudencia y virtud.

Uno de los principales objetivos del nuevo régimen, el informe afirmaba era «la disminución de los matrimonios imprevisores y estropeados; deteniendo así el aumento de la población». Aboliendo las ayudas a los hombres capaces de trabajar y sus familias, la New Poor Law, afirma Dean, reveló su objetivo Malthusiano de «convertir al… trabajador independiente en el único responsible del bienestar de su mujer e hijos».

James P. Huzel, «The Popularization of Malthus in Early Nineteenth Century England»

Culpabilización de los trabajadores y milenarismo

En el discurso decrecimientista y extincionista, la «imprevisión» individual ha sido sustituida por la imprevisión colectiva. El desarrollo legado por el capitalismo ascendente, desde la masificación de las vacunaciones al crecimiento de la producción agraria, por no hablar de la industrialización, habrían alimentado un crecimiento poblacional «por encima de las posibilidades», «insostenible». El único horizonte posible sería «decrecer» es decir, la destrucción en masa de fuerzas productivas con la miseria y el genocidio consiguientes. Generosamente nos ofrecen eso sí, hacerlo «poco a poco», a través de «economías de transición», para que prime la responsabilidad de cada familia y ante la escasez baje la natalidad drásticamente.

Como en Malthus, el argumentario comienza siempre con la perspectiva de una catástrofe inapelable producida por el crecimiento del consumo. Consumo que habría crecido desaforadamente supuestamente «en respuesta» a la insatisfacción permanente de las grandes mayorías sociales. Es una técnica de shock y culpabilización sectaria aplicada a la comunicación social. En realidad, el consumo es la forma que en una sociedad mercantil toma la satisfacción de las necesidades de los trabajadores. Al atacar su «consumismo» el malthusianismo de hoy pone el foco en el mismo lugar que sus antecesores: la voracidad y el crecimiento de las clases trabajadoras es el principal enemigo del orden social. Y si Malthus se proponía encauzar -liberalismo mediante- ese impulso al crecimiento hacia la proletarización en las condiciones más duras, los neo-malthusianos nos proponen simplemente «autocontención» y restricción aún mayor del consumo para salvar a unos pocos en una utopía preindustrial a lo Morris… que habría que empezar a construir ya.

Lo que es característico en el ecologismo y en el malthusianismo original es la absurdez de sus premisas. Malthus, después de todo un párroco, se oponía tajantemente a la contracepción y para él la fecundidad de la especie no era, sino que debía ser, una constante sin cambios históricos. Para los ecologistas también. El hecho es que lo que se conoce como «transición demográfica», una bajada marcada de la fecundidad con el desarrollo económico de los territorios, no cuadra con ninguna de las premisas del ecologismo. La humanidad no se reproduce como conejos en temporada de celo. Gran parte del «boom» poblacional en los países llamados «en desarollo» es debido a una bajada de la mortalidad infantil gracias a una mejora médica básica que aún no está acoplada a una bajada de la natalidad… debido a que las familias aún viven en la pobreza y necesitan el máximo de manos posibles para trabajar (así como las restricciones al acceso a los contraceptivos). No es que a los humanos nos de por maximizar la cantidad de hijos independientemente del estado de nuestra sociedad. El supuesto problema de la «superpoblación» es el problema de que una buena parte de la humanidad se encuentra en la pobreza y escasez más mísera debido al capitalismo, no a unas supuestas tendencias naturales a llenar el planeta de niños. Para Malthus esto era un resultado inevitable de su razonamiento, puesto que su modelo económico sencillito preveía que los salarios no iban a aumentar con la acumulación (error por el cual se acabó disculpando al final de su vida), debido a lo cual los trabajadores siempre iban a sufrir gran escasez e intentar reproducirse al máximo posible. Hoy en día la posición según la cual hay que restringir el consumo de los trabajadores -causa ella misma de todos los males- es simplemente indefendible.

En realidad el discurso se reduce en tres movimientos: amenaza de catástrofe (peak del petróleo, cambio climático, extinción, etc.), culpabilización de los trabajadores por hacer «insostenible» el uso de recursos por consumir «demasiado» y exaltación de la pauperización, que habría que abrazar cuanto antes y voluntariamente. Pocos argumentos podrían representar mejor lo que significa la decadencia de un modo de producción.

Porque el hecho es que todos los modos de producción han generado movimientos similares en su decadencia. En Roma descubrimos una popularidad creciente de la escatología desde la crisis de la República: en los cultos místicos de Isis, los cultos esotéricos -y literalmente castrantes- de Ceres y Apis e incluso en una secta judía helenizada de fuertes tendencias apocalípticas conocida como cristianismo que, convertido ya en religión oficial y obligatoria dará todavía marco mitológico a los últimos movimientos sectarios de la descomposición del esclavismo, desde los gnósticos a los priscilianistas. En la crisis de la feudalidad a partir del siglo XII no faltarán flagelantes, adamitas, joaquinistas… una lista interminable de sectas pauperizantes, castas, penitenciantes y crecientemente violentas que preludian ya el milenarismo de las Germanías valencianas o los puritanos ingleses.

Hoy al Apocalipsis se le llama extinción y a la «ciudad de dios» ecoaldea, modelo productivo que no daría para alimentar más que a un séptimo, quizás a un octavo según sus propios impulsores, de la población mundial actual. Las clases burguesas, ligadas a un sistema que ya no produce progreso, son incapaces de imaginar un futuro capitalista en el que quepa toda la especie. Así que fantasean una imposible «vuelta atrás» para elegidos impuesta por una catástrofe que la haría obligatoria. Llevan razón en una cosa, no existe ya un futuro en el que el desarrollo de la Humanidad sea compatible con el capitalismo. A la abundancia se va por otro lado, el comunismo.

El ecologismo como problema moral

En todas las formas de ecologismo, incluído el llamado «ecosocialismo» en todas sus variantes, coinciden dos características: la negación de que la contradicción capitalismo-proletariado sea central o tan siquiera apunte a la superación de las relaciones sociales capitalistas y la imposibilidad de imaginar una sociedad abundante desmercantilizada.

Es decir, el ecologismo ataca de forma directa los dos pilares de la moral comunista. Por eso, el resultado de toda aproximación oportunista, aceptar por ejemplo, que la perspectiva de la extinción de la especie por un desastre medioambiental se plantea para las próximas décadas, por mucho que se responsabilice al capitalismo de ello, además de no ser cierta, no puede ser sino desmoralizadora.

No hay «terreno común» posible entre los intereses de clase y el ecologismo en ninguna de sus formas, lo que no implica dejar de lado los problemas ambientales causados por el capitalismo.

Somos Emancipación | Publicamos Communia en español, francés e inglés.

¡Proletarios de todos los países, uníos, suprimid ejércitos, policías, producción de guerra, fronteras, trabajo asalariado!