De qué va EEUU

12 de mayo, 2020 · Actualidad> Norteamérica> EEUU

No hay día en que la prensa no destaque algún comentario o respuesta salida de tono de Trump. El mensaje una y otra vez es que es un racista y está loco. Pero hay «sistema en su locura». Y más que probablemente, los objetivos de fondo, que apuntan a un conflicto cada vez más grave con China, seguirán ocupe quien ocupe la Casa Blanca en noviembre… si es que para entonces la situación no se ha desbocado.

Empleo EEUU en abril comparado con la serie histórica.

El covid ha acelerado el hundimiento en la crisis de la economía mundial. Y EEUU no está saliendo bien parado. A día de hoy, a pesar de las prisas imprudentes por retomar la producción -que costarán probablemente miles de muertos– las cifras de población empleada son históricamente bajas, solo comparables a los años que siguieron al crack de 29. Las exportaciones han caído tanto que China está teniendo que bajar aranceles en productos clave para poder cumplir con los términos de la tregua en la guerra comercial.

En una economía que ya estaba siendo desplazada en sectores clave para la colocación de capitales como la IA y el 5G por el ascenso chino, la pandemia ha introducido un elemento extraordinario de caos. Sectores enteros del capital norteamericano que ya sentían que estaban quedándose atrás, que la competencia china era «desleal», expresan su miedo y rabia con la exigencia de reparaciones a China… por el Covid. Y por supuesto Trump lo utiliza. El gobierno chino puede intentar responder a la campaña refutando y contraatacando con acusaciones cruzadas, pero el fondo está en otro lugar, y todas las partes lo saben.

¿Qué fue la globalización?

Clinton firma el tratado de libre comercio con Canadá y México («NAFTA»)

EEUU lideró la apertura de los mercados de capitales globales y el desarme arancelario mientras sirvió a la acumulación. Llevar producción a China, México y otros países manteniendo los mercados internos y abriendo otros, aumentaba la rentabilidad del capital invertido. También llevaba nuevos flujos de capital a los países que acogían maquilas y fábricas. La llamada «globalización» disparó la precarización en los países de capitales más concentrados pero también creo millones de empleos industriales en países hasta entonces miserables. El capital fingía «rejuvenecer» y sacaba pecho de la reducción de la pobreza extrema global aunque la sobre-acumulación hiciera evidente que el trabajo seguía perdiendo participación en la renta mundial. Es decir, el valor de lo producido era cada vez mayor comparado con el mercado que la propia producción creaba. La tendencia a la crisis seguía ahí y se materializaba en una exuberancia del crédito y el capital ficticio que llegaba hasta la financiarización de sectores clave (construcción, transportes, distribución alimentaria, etc.). El crash financiero de 2008 dejó claro que la burbuja que permitía mantener la ficción de un «desarrollo» anti-histórico tenía un límite.

¿Qué es el trumpismo?

Trump en un mitin en Virginia Occidental prometiendo la reapertura de la minería del carbón..

Menos de una década después, el miedo a perder carreras tecnológicas clave frente al capital chino, hasta hacía poco subalterno, y la erosión acumulada del mercado interno, que se expresaba como la fragilidad de la cohesión social, produjeron una extraña alianza proteccionista en EEUU. La rabia de una pequeña burguesía que sentía el aliento de las quiebras, los desahucios masivos de tierras en el campo y la pauperización, se unió a la de los capitales centrados en el mercado interno -como las industrias extractivas– y a una parte del capital financiero que apostaba por un cambio en las reglas de juego del capital global y temía que de esperar más se hiciera tarde. El resultado fue una ruptura en la burguesía norteamericana que acabó en el agónico y polémico triunfo de Trump. Y con él el paso del «multilateralismo» a la renegociación uno a uno de los acuerdos comerciales y militares poniendo sobre la mesa de negociación comercial, literalmente, todo el arsenal estadounidense. No tenía nada que ver con demócratas vs republicanos más allá de ciertas formas y adornos, las tendencias proteccionistas en el partido demócrata se expresaban también bajo el auge de su ala «socialista» y han acabado siendo hegemónicas en el conjunto del capital norteamericano. El trumpismo les estaba dando buenos resultados aunque, quizás, prefieran otras formas.

El núcleo que no va a cambiar

Trabajadores de una fábrica de productos electrónicos en China

Lo que el capital estadounidense tiene cada vez más claro es que para mantener su posición global necesita recuperar el grueso de su maquinaria productiva. El Covid no ha hecho sino reforzar esa idea precisamente por lo contrario de lo que dice Trump. No porque China sea la causante de la epidemia, sino porque cualquier elemento aleatorio como una epidemia en la otra parte de mundo, puede llevarse por delante unas cadenas productivas distribuidas y fragilizadas en extremo por un «just in time» pensado para sacar la última gota de ganancia financiera eliminando hasta los almacenajes en local.

Estratégicamente es obvio que si la tendencia es hacia una confrontación cada vez más abierta con China, es suicida mantener el grado de dependencia de suministros que EEUU tiene hoy. Pero si la «renacionalización» y la guerra comercial quieren venderse como una causa nacional, hay que argumentarla desde otro lado. El que siempre fue el fuerte de Trump: «traer de vuelta los buenos empleos». El discurso, pese a lo que refleja la prensa europea, está bien construido y bajo la idea de «parar los pies» al capital, insinúa un camino subvencionado a las empresas. Leamos hoy mismo a Robert E. Lighthizer, el responsable de comercio del gobierno Trump:

[La «globalización»] Era un arbitraje regulatorio puro: las empresas podrían evitar los estándares laborales y ambientales de los EEUU al fabricar en el extranjero y al mismo tiempo disfrutar de un acceso libre de impuestos a nuestro mercado. Estos acuerdos comerciales también socavaron una ventaja competitiva clave para Estados Unidos: el compromiso con el estado de derecho y un sistema legal independiente y funcional. Los acuerdos permitieron a las compañías litigar disputas con gobiernos extranjeros sobre expropiaciones y otros asuntos, no a través de tribunales locales, sino a través de las llamadas disposiciones de solución de disputas entre inversionistas y estados. Al hacerlo, el gobierno federal efectivamente compró un seguro de riesgo político para cualquier empresa estadounidense que quisiera enviar empleos al extranjero.

Muchas empresas se han dado cuenta de que la deslocalización crea riesgos que a menudo superan las eficiencias incrementales. Largas líneas de suministro fluyen a capricho de la política local, los disturbios laborales y la corrupción. En algunos países, como China , se han realizado esfuerzos en todo el gobierno para robar propiedad intelectual en beneficio de las empresas nacionales que se convierten en los principales competidores de las víctimas del robo.

Al mismo tiempo, la tendencia en la política comercial también estaba cambiando rápidamente. Las empresas han visto que el presidente Trump no apoyó su búsqueda ciega de eficiencia en la economía global. En cambio, se centró en los puestos de trabajo, particularmente en la manufactura, porque reconoció la importancia del trabajo productivo no solo para nuestro PIB, sino también para la salud y la felicidad de nuestros ciudadanos. El éxito empresarial y la eficiencia económica, por supuesto, siguieron siendo consideraciones importantes. Pero ya no eran el principio y el fin de la política comercial.

La nueva política consistió en la aplicación agresiva de compromisos comerciales anteriores, renegociar acuerdos comerciales que destruyen el trabajo como el TLCAN y el Acuerdo de Libre Comercio con Corea, y enfrentar las políticas económicas y comerciales depredadoras de China. Muchas empresas protestaron porque este cambio de política creó incertidumbre. La respuesta del presidente Trump fue simple: si desea seguridad, traiga sus plantas de regreso a Estados Unidos. Si desea los beneficios de ser una empresa estadounidense y la protección del sistema legal de EEUU, traiga de vuelta los puestos de trabajo.

Este nacionalismo económico es algo más que un cuento, es una política de estado. El gobierno de EEUU está negociando con Intel y otras empresas fabricantes de chips y semiconductores para que reabran las fábricas que un día tuvieron en su suelo.

China tras el covid

Portaviones «Tipo 002», primer navío de este tipo construido completamente en China.

China está cada vez más acorralada. La combinación de epidemia y guerra comercial le ha colocado a las puertas de un paro masivo. Aunque está creando una pequeña burbuja crediticia para recuperar pulso, su entramado imperialista está en horas bajas: la «nueva ruta de la seda» china tardará en recuperarse y está lejos de poder suponer un mercado suficiente, los países de Asia Central ya están re-estructurando deuda y los de África intentan escabullirse de los pagos atrasados como pueden.

El capital chino lo está pasando mal. Sus beneficios se despeñan, el PIB se contrae como no lo hacía desde 1976 y obviamente su influencia se retrae, empezando por los propios EEUU, donde sus inversiones caen al nivel de 2009.

EEUU presiona más allá de la guerra comercial contra China

Donald trump y Liu He anuncian un «acuerdo en fase uno» el 11 de octubre de 2019.

Aunque parezca mentira, el Covid ha acelerado la retirada de la presión militar global estadounidense que venía arrancando desde Obama. Incluso en el Golfo, EEUU está retirando misiles de Arabia Saudí y comenzando una cierta pacificación con Irán. El objetivo primario es redistribuir el gasto militar en regiones clave con sus «aliados», en Europa con los miembros de la OTAN, en Asia cargando a Japón y Corea con parte de los costes de su propio despliegue.

El objetivo de la política exterior y el militarismo de EEUU está, cada vez más, centrando en el único competidor que puede destronar a los capitales norteamericanos de la centralidad global: China. Se está extendiendo una ideología de guerra anti-China que lleva a los candidatos presidenciales a competir sobre quién es «más duro».

La tensión bélica crece por días y no son pocos los que hablan de una nueva «guerra fría». Son optimistas. Ya no ha sido Trump sino el aparato militar y de inteligencia norteamericano el que ha acusado a China de hacer una oleada de cibertaques para robar los resultados de las investigaciones sobre una vacuna. Mientras, la presión militar estadounidense en el Mar de la China meridional aumenta y gana aliados cada vez más activos en países como Indonesia. La pendiente bélica es tan fuerte que los intentos de Taiwan o Corea del Sur de apaciguar a China y sus aliados directos para escapar de la decantación en bloques, se confiesa sin esperanzas.

En China son plenamente conscientes de los peligros que supondría un conflicto bélico con EEUU siquiera limitado al control de los mares. Pero el debate se centra en si la salida para frenar la caída por una pendiente bélica es acelerar el programa nuclear aun más.

En Europa dos malos ecos. El primero banal pero significativo: nos basta con la universidad de Oxford que salió ayer mismo a presentar un informe según el cual las sociedades más nacionalistas y socialmente militarizadas de Europa -Grecia, los antiguos estados stalinistas- son las más resistentes a desastres como el Covid. El segundo más que preocupante. La cumbre UE-China que estaba prevista, originalmente impulso de Merkel, se ha caído de la agenda oficial de la presidencia alemana de la UE. ¿Por qué?

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