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¿De dónde sale el rechazo a los refugiados?

13/05/2022 | UE

Como era previsible la xenofobia crece con la guerra y afecta ya también a los mismos refugiados ucranianos. ¿Qué alimenta el miedo y el rechazo a los refugiados?

La «excepcionalidad» ucraniana

Principales flujos de salida de refugiados de la guerra de Ucrania. Polonia es la «primera parada» de muchos de los que acaban en otros países UE.

El rechazo y el resentimiento hacia los refugiados ucranianos crece por días. No es sólo en los llamados «países pro-rusos» como Eslovaquía o Bulgaria, en Polonia, loada por aceptar a varios millones de personas y dar trabajo a 100.000 ucranianos, empiezan a surgir roces y casos abiertos de discriminación y maltrato, especialmente hacia refugiados de pasaporte ucraniano no «etnicamente ucranianos». Algo no muy diferente de lo que nos llega desde Chequia o Hungría.

Austria, con excusas insuficientes hasta para la Justicia europea, intenta imponer de nuevo controles fronterizos para cerrar puertas a una potencial nueva «avalancha» a la que sin embargo se dice abierta. El parto de «madres de alquiler» refugiadas en Francia es visto crecientemente como «un peligro» que puede acabar en la imposición de esta práctica mercantilizadora.

Todo en un ambiente general en el que se ha normalizado, de Francia a Suecia, que la derecha reivindique la deportación de cualquier refugiado o migrante con el más mínimo roce con la policía.

Pero cómo va a extrañarnos que los gitanos ucranianos se vean empujados a volver y que hasta el presidente checo les denuncie como «falsos refugiados», cuando los estudiantes africanos que huyeron de Ucrania van a ser deportados de mala manera de la mismísima Francia y los exiliados afganos ruegan ser tratados «como ucranios». La «excepcionalidad» declarada por la UE

El efecto moral de la propaganda de guerra

Manifestación en apoyo del estado ucraniano con banderas rojinegras, símbolo del nacionalismo xenófobo, antisemita y antipolaco ucraniano.

Desde el principio de esta guerra, los medios europeos dieron por bueno el virulento racismo del nacionalismo ucraniano, racismo que alimentó todo el discurso rusófobo de la propaganda de guerra cotidiana.

Nadie levanta una ceja cuando Zelenski habla del 46% de rusófonos ucranianos como si fueran extranjeros o cuando sus ministros y entorno se felicitan de que cerca de un millón de ucranianos rusófonos se haya refugiado en Rusia porque perderán legalmente la nacionalidad cuando la guerra acabe. Ni hablemos de los más de 40.000 ucranianos -muchos de ellos gitanos- que nunca han podido «disfrutar» de nacionalidad por no ser de una etnia reconocida por el estado. La UE directamente les excluyó del refugio automático que garantizaba a los «ucranianos de verdad».

Y cuando se da por bueno que un 70% de españoles declare su rusofobia sobrevenida por la propaganda, cómo vamos a extrañarnos de que crezca de nuevo el antisemitismo, esa vieja mugre, desde Francia a Finlandia.

La propaganda de guerra de los medios europeos, de tanto invisibilizar el antisemitismo declarado., brutal y genocida del batallón Azov con la excusa peregrina de que Zelenski es judío, acaba dando por legítimo el discurso antisemita de Zemmour, verdadera parodia del judío antisemita, reivindicando al gobierno títere de Pétain como defensor de los judíos.

Y no queda sólo en lo declarativo. La propaganda de guerra produce prácticas dignas de lo peor de los años treinta. La última: Lufthansa prohibiendo volar a los «judíos reconocibles» porque algunos ortodoxos objetan a llevar máscarillas por motivos religiosos. ¿No podían preguntar a los pasajeros, judíos o goyim si están dispuestos a cumplir la regulación antes de embarcar? ¿Para qué si la lógica étnico-racista está bendecida por el espejo ucraniano de «nuestros valores»?

El «consenso xenófobo» y su utilidad para el estado

Acto electoral de Unidas Podemos, coalición electoral que agrupa a Izquierda Unida (articulada en torno al viejo PCE stalinista) y Podemos. El mensaje: «Pueblo, Patria, Unidos Podemos» es indistinguible del de la nueva ultraderecha nacionalista.

¿Cómo se convirtió la xenofobia en ideología de estado?

Que países como Dinamarca, que expulsan refugiados a troche y moche y pretenden internar en campos de concentración en Ruanda a los solicitantes de asilo, dieran entrada libre y hasta construyeran pueblos a medida para los refugiados ucranianos, tarde o temprano tenía que volverse contra los propios asilados ucranianos. El «consenso social» en el que se basa la ruptura de la tradición de asilo no podía alimentar la excepcionalidad ucraniana mucho tiempo.

La cuestión a preguntarse es cómo se llegó a tal «consenso». Durante años, las principales fuerzas impulsoras de la xenofobia fueron las expresiones ultranacionalistas de la revuelta de la pequeña burguesía. Expresiones contenidas cuando menos por los partidos de estado y la ideología oficial.

Pero la cosa comenzó a cambiar cuando se constataron transferencias de voto de cierto calibre en Francia, Italia y otros países desde los viejos PCs stalinistas a la ultraderecha «populista». Para el estado suponía un cierto peligro -la eternización de las crisis del aparato político y la proliferación de parlamentos cojos- por lo que los partidos de estado hicieron suya en mayor o menor medida las propuestas xenófobas incorporándolas a las políticas de estado.

El modelo se confirma en países como España donde los nuevos partidos ultras mantienen el discurso «neoliberal» y las posiciones precarizadoras de la derecha de estado de las décadas pasadas. En ellos, a pesar de las expectativas superficiales de los medios, grupos como Vox no han conseguido movilizar significativamente un voto anteriormente de izquierda. Así que, con toda la hipocresía y falsedad clasista características el viejo sistema de asilo se mantiene en lo fundamental, sin deportaciones masivas ni externalización en campos de concentración.

Es decir, si las transferencias de voto de los PCs al lepenismo evidencian el efecto a largo plazo del veneno nacionalista inculcado por el stalinismo, la evolución del nacionalismo de derechas incorporaba un elemento determinante en la explosión e incorporación a la ideología de estado de la xenofobia. Un elemento clave tomado de la izquierda.

El nacionalismo de izquierda: unión sagrada con el presupuesto estatal

Los sistemas de Seguridad Social europeos, ya fuera el danés creado bajo inspiración socialdemócrata, el polaco creado por el stalinismo, o el español, generalizado y profundizado por el franquismo, se fundan sobre las aportaciones -cuotas- de trabajadores y empresas.

A pesar de su carácter estatal -el «gasto social y sanitario» no es más que la socialización de los gastos generales explotación de la mano de obra-, la ideología oficial lo pinta como un sistema cerrado al margen del propio estado. Y con un sistema financiero deseoso y cada vez más necesitado de hacerse con su control para ganar una rentabilidad garantizada, durante décadas nos han bombardeado con malos augurios sobre su «sostenibilidad a largo plazo».

El resultado ha sido la consolidación paulatina, primero en la izquierda -que vendió durante décadas capitalismo de estado como un avance hacia el socialismo - y ahora en la nueva derecha levantisca pequeñoburguesa, de un nacionalismo con lógica perversa: la patria son los servicios públicos... los fundamentales -pensiones, sanidad, coberturas de paro, etc.- «garantizados» por el estado y financiados por las cuotas directas de trabajadores y empresarios.

Mi patria son los hospitales, los colegios, los servicios públicos donde se garantizan nuestros derechos.

Pablo Iglesias

En ese marco la «unión sagrada», la supuesta «causa común» patriótica de burguesía y trabajadores, se mide en euros contantes y sonantes: «los ingresos que pagan tu pensión y tu sanidad». Y los refugiados son «puro gasto». El nacionalismo de la izquierda patriota, que se pretende integrador y amigo de refugiados y migrantes, prepara el camino a la xenofobia de la derechona y legitima la xenofobia «pragmática» del estado.