Cultura y pandemia

3 de diciembre, 2020

trituradora

1Durante las últimas décadas se hizo evidente que la adicción a los antidepresivos y ansiolíticos era masiva. Los primeros meses de recesión y pandemia han incrementado aún más su consumo. Incluso en España, donde hace falta una prescripción médica para comprarlos, estamos hablando de incrementos de ventas del 15%. En Francia las noticias hablan de pesadillas compartidas colectivamente por centenares de miles de personas: sueños angustiosos más intensos de lo habitual en los que aparecen el temor al contagio, la imposibilidad de tocar a otros y distintas imágenes apocalípticas.

2No hay que recurrir a grandes aparatos teóricos para descubrir los miedos sociales que hay debajo. En Alemania, la encuesta anual a personas de mediana edad -entre 30 y 59 años- revela que los encuestados observan que la sociedad es cada vez más insegura, impaciente, agresiva y egoísta. El 72% siente más miedo e incertidumbre; el 71% que la agresividad ha aumentado y el 52% cree que el egoísmo es desenfrenado. El fondo tampoco es ningún secreto: más de una cuarta parte de los encuestados ha sufrido pérdida de ingresos, otro 13% cree que va a sufrirlo en breve. El 23% siente un temor agudo a perder su propio trabajo -en 2019 era solo el 14 por ciento. Y hablamos de Alemania, no de los países mediterráneos y del Este.

3En Francia, uno de los países supuestamente más cohesionados y comunitarios del continente, un estudio publicado hoy por la Fondation de France asegura que ya hay 7 millones de personas que viven aisladas, 3 millones más que en 2010. Es decir, el porcentaje de la población sin relaciones afectivas y apoyos familiares y comunitarios pasó del 9% al 14% de la población. Novedad añadida: entre los 18 y los 29 años la atomización extrema pasó del 2% al 13%. Al aislamiento se une en ellos un sentimiento de vergüenza que augura lo peor.

Reforzando lo anterior, los nuevos métodos de trabajo agravan el aislamiento y la atomización. El teletrabajo, que se suponía iba a mejorar la conciliación y favorecer el trabajo colaborativo en equipos, al final se ha implementado de tal forma que el 54% de los que lo adoptaron durante la pandemia en Francia afirma sufrir un sentimiento de aislamiento y soledad.

4En Asia pueden hablar largo y tendido de esta mezcla, a menudo mortal y siempre trituradora de miedo al paro, presión laboral, jornadas alargadas y atomización. Una realidad tan presente que no deja de expresarse en fenómenos culturales. El último: el sorprendente éxito de Pengsoo, un personaje infantil de la televisión educativa, entre los jóvenes trabajadores. La mascota, un pingüino migrante que se ha convertido en el personaje del año en Corea del Sur, ha triunfado entre los jóvenes de 20 y 30 años por reflejar sus dificultades en la inserción laboral y su sentimiento de indefensión frente a la precariedad, la violencia endémica y el autoritarismo en los centros de trabajo. La función del muñeco es propiciar una catarsis... y evitar la revuelta o la organización colectiva:

Si el mantra de la generación anterior era «aprieta los dientes y aguanta», la mentalidad de esta generación definitivamente ha cambiado hacia la creencia de que tolerar lo intolerable no es lo correcto, dice Yeum, uno de los escritores de la cadena. Creo que Pengsoo hace un trabajo refrescante al resaltar esa tensión y, a su vez, los espectadores pueden obtener la satisfacción indirecta de ver cómo desafía esa realidad.

Pengsoo, que aparece en el programa como becario a tiempo completo en EBS [televisión educativa], es conocido por sus payasadas en el lugar de trabajo. Llama a sus jefes por su nombre de pila, nunca pierde la oportunidad de alejarse de la oficina y ha dicho abiertamente que los que me contacten durante mi día libre que se vayan al infierno. Desde entonces, los internautas han coronado extraoficialmente al pingüino como presidente de los trabajadores.

Los consuelos: ni cocina, ni Arte

5En el resto del mundo tampoco faltan consuelos provistos por el aparato mediático. El más evidente, la súbita pasión por la cocina que se despertó durante el confinamiento y que sigue produciendo récords de audiencia para programas como MasterChef. MasterChef es realmente una aberración: una mezcla de competencia darwinista, ritmos tayloristas y violencia patronal, en la que un reconocido empresario, conocido por el trato abusivo que da a los trabajadores, descalifica a voces el trabajo de los participantes. Es solo la punta del iceberg. Lo que triunfa en todas las televisiones del mundo son programas de recetas más o menos vestidos de viajes, costumbrismo, culto al chef o autoayuda. Pero la centralidad de las recetas no es inocente.

Hace tan solo tres generaciones, saber cocinar no era conocer recetas. Era disponer de un conocimiento sobre como mezclar y procesar alimentos. Nuestras bisabuelas y abuelas no sabían hacer paella valenciana o cocido madrileño siguiendo unos pasos predeterminados. Sabían hacer arroces y pucheros en función de lo que había. En grandes números, lo que había, en cada lugar y en cada temporada, expresaba óptimos ecológicos y económicos. Y saber cocinar era una de las formas que daban poder de resistencia a las familias trabajadoras y campesinas, que no pasaban recetarios de generación en generación, sino conocimiento, técnicas y cuentos aprendidos en horas frente al fogón.

Primero apareció el estado, que como parte del proceso de construcción nacional homogeneizó y codificó esos conocimientos en recetas, siempre iguales, concebidas para reducir el conocimiento a una pila de listas de ingredientes y pasos. Fue como pasar de saber programar a saber cargar programas de software para cada tarea. Una pérdida de conocimiento y soberanía de las familias a favor del estado. Y con esa lógica ya instalada aparecieron cosas como la Thermomix, cuyos recetarios hacen ya casi imposible desarrollar las técnicas siquiera por analogía con las recetas que se conocen. Y más tarde, cuando los mercados alimentarios se abrieron y llegaron nuevos alimentos, aparecieron los programas de cocina de la televisión.

A día de hoy la cocina es pura política: el mismo aparato encargado de crear la opinión desde el estado y los medios, modifica la dieta y las maneras de cocinar inventando tradiciones y modas con cada vez menos resistencia. La cocina tal y como la definen medios y autoridades, no recupera terreno frente a la alienación general, sino que se alimenta de la atomización, el desarraigo familiar y la soledad para crear falsas autonomías y seguridades rentables comercialmente.

6 Pero ¿y el Arte? Como no podía ser de otra forma, más decadente que nunca. ¿Alguien ha sentido que entendía su propia situación y la del mundo durante la pandemia gracias a alguna obra plástica o alguna muestra? Hasta cuando los medios se preguntan quién da forma al mercado vemos una civilización incapaz de brindar desarrollo cultural real. El arte que se puede comprar -que incluye obras que en su día fueron Arte en su sentido pleno- es un mercado especulativo. Y como en todos los mercados especulativos, al final quien influye son los fondos y los multimillonarios, los académicos que les asesoran y los activistas que les entretienen creando discursos y debates internos. Todo gira en torno a la valoración y la revalorización de una producción que hace mucho que se divorció de la sociedad y tiene nulo impacto en la comprensión del mundo, no solo de las grandes mayorías, sino de las propias clases que compran obra.

Museos y medios nos enseñan a asociar caracterizaciones como arte decadente con la represión nazi y los totalitarismos. La única alternativa al no-arte, al arte muerto del mercado, sería la propaganda más inhumana y totalitaria, no menos muerta como Arte, de los fascismos y el stalinismo. Pero la realidad de galerías, museos y colecciones deja clara la irrelevancia social de una actividad mercantil que no puede tener ya hueco para nada que no exprese decadencia.

Conclusiones

7La cultura de nuestra época refleja un orden social cada vez más enfrentado a las necesidades humanas más básicas. La gran trituradora produce rutinariamente asesinatos, accidentes laborales, enfermedades mentales, pero también -en una escala masiva y casi general- sentimientos de miedo, impotencia, indefensión y angustia. Cuantas más contradicciones sufre el sistema, cuanto más difícil le resulta mantener la acumulación, más necesita atomizarnos y negarnos como clase. Porque reducirnos a la soledad y el aislamiento le permite reproducir y agravar sin resistencias aquello que es su razón de ser: explotar nuestro trabajo. Al hacerlo, destruye también lo que nos permitiría resistir mejor las consecuencias cotidianas de esa explotación: desde la solidaridad entre amigos y vecinos a las relaciones familiares, pasando por cosas tan básicas como comer decentemente o mantener la moral arriba.

El resultado irremediable es una cultura decadente, enferma, tan deforme y disolvente del desarrollo humano como el propio sistema que la anima. Como en todo lo demás, la pandemia y la recesión no han hecho sino acelerar aún más las tendencias anti-humanas que ya estaban acelerándose desde hacía décadas. A estas alturas, cuando hasta el opio del pueblo es droga sintética adulterada y jugar sinónimo de adicción destructiva organizada industrialmente, ya ni siquiera tiene sentido hablar de falsos consuelos y criticarlos como tales. No se puede separar las luchas en el centro de trabajo de la acción en los barrios para defendernos de los efectos de la atomización y reforzar nuestra capacidad de agrupamiento y resistencia.

Te esperamos.