Cuatro estaciones en la Habana

15 de julio, 2019

cuatro estaciones en la habana

La serie del verano en España es «Cuatro estaciones en la Habana», una adaptación de las novelas policiales de Leonardo Padura. Filmadas con guión impecable y ritmo perfecto, trasladan un retrato en género negro del régimen castrista en la fase inmediatamente anterior al «periodo especial» de los noventa.

Cuando el aparato político y el capital nacional se funden completamente -como en el capitalismo de estado cubano- todo retrato social medianamente honesto se convierte automáticamente en crítica política, tenga o no voluntad de serlo. El arte de la burocracia cubana consiste en convertir la disidencia más o menos involuntaria en producto de exportación al gusto de las progresías europeas y sudamericanas. Es Dorian Grey retocando su retrato en Photoshop y vendiéndolo en el «duty free».

En eso, Padura, ha conseguido lo más difícil: producto premium de la burocracia, es su retrato íntimo y su conciencia oficial, su «quejío» y su confesor. Si en «Vientos de la Habana» nos deja entrever los lazos entre la corrupción de barrio y el aparato represivo, en el segundo episodio de la serie, ya emitido, «Pasado perfecto», nos enseña -con cierto pudor- sus casas y sus enjuagues con el capital internacional, el cinismo de su lenguaje y la sordidez de un «sálvese quien pueda» con un pie en Miami y una mano en Panamá.

habana perugorria

Perugorría con Habana al fondo

Pero en países de «modelo exportador» como la Cuba de entonces y de hoy, a los que Lenin llamaba semicoloniales, la expresión artística remite una y otra vez a la mirada «de fuera», al molde en el que la burguesía local querría caber. Por eso cuanto más «cubanazo» quiere hacer Padura a su protagonista, más sabor a Vázquez Montalbán toma su prosa y más cara del Pepe Sacristán de finales de los ochenta se le pone a Perugorría. Una elección obvia, sí, pero excelente en el casting. A estas alturas Perugorría es el castrismo tardío hecho actor. Una estrella pasadita de madura que carga con kilos de más y capacidades de menos, supliendo carencias con el rictus estoico de un viejo guerrero abandonado por sus generales.

Y es que Padura entero es un ejercicio de sadismo del poder. Porque no hay mayor sadismo que el cinismo de una clase dirigente que busca ser compadecida: trileros quejosos de atritis que después de sesenta añazos en el poder juegan con una mano al victimismo y con otra a la nostalgia, mientras esconden a la vista, la bolita de la explotación y la represión que nunca soltaron y que les dio su fortuna.

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