La «Ciencia del bienestar», la Universidad de Yale y el hambre moral de una sociedad caduca

2 de abril, 2021

Clases de «La Ciencia del bienestar» en el auditorio de la Universidad de Yale.
Clases de «La Ciencia del bienestar» en el auditorio de la Universidad de Yale.

El éxito de la Ciencia del bienestar, un curso impartido por la Universidad de Yale en Internet a cerca de tres millones y medio de alumnos, se ha convertido en uno de los fenómenos culturales de la pandemia.

En este artículo

¿Por qué es tema la «Ciencia del bienestar»?

La Ciencia del Bienestar fue originalmente un curso presencial de la Universidad de Yale impartido durante la primavera de 2018 a 1.200 alumnos. Posteriormente, la propia universidad preparó una versión gratuita para Coursera pensada para ocupar 10 semanas de estudio a los que la siguieran. Inmediatamente obtuvo cientos de miles de alumnos. Pero si el resultado sobrepasó pronto las expectativas de la institución, los confinamientos y la pandemia la han convertido en su principal reclamo en Internet: 3.391.800 alumnos han seguido ya el temario.

El éxito de la Ciencia del bienestar se ha convertido en uno de los fenómenos culturales de la pandemia.

¿De qué va la «Ciencia del bienestar»?

Laurie Santos (izquierda) creadora del curso sobre Ciencia del Bienestar, habla con los alumnos.
Laurie Santos (izquierda) creadora del curso sobre Ciencia del Bienestar, habla con los alumnos.

Nada sorprendentemente, la Ciencia del bienestar tiene poco de ciencia y mucho de procedures morales. Los alumnos son invitados a registrar y controlar sus horas de sueño, escribir diarios de gratitud y realizar actos de bondad azarosamente... y evaluar si tales prácticas les permiten ser más felices. Lo interesante, como siempre, no son las recomendaciones en sí mismas, sino la ideología que comportan.

Que un simple recordatorio sobre la importancia de mantener un patrón de sueño regular cambie la vida de miles de personas debería ser por sí mismo chocante. Porque en realidad solo indica la generalización de unos horarios y ritmos de trabajo insanos y la omnipresencia de una angustia vital, sistémica, que la pandemia solo ha servido para agudizar. Poca Ciencia del bienestar y mucho de constatación del divorcio entre desarrollo humano y acumulación que caracteriza la actual etapa histórica del capitalismo, su crisis como civilización. Pero sobre esto, evidentemente, no se dice nada por obvio que nos resulte.

Más llamativo aun resultan los diarios de gratitud y la técnica de visualización negativa. De modo jesuitesco se invita a los alumnos a imaginar que pierden repentinamente las bases materiales más básicas de su vida: casa, trabajo, acceso a medicamentos o salud. O incluso sus relaciones afectivas y comunitarias más íntimas (pareja, familia, amigos). Tras el ejercicio masoquista se supone que debe aparecer espontáneamente la gratitud.

¿Mostrar agradecimiento a quién? ¿A qué se supone que hay que estar agradecidos? El curso no lo dice. Deja que el machaque ideológico recibido durante años haga su trabajo. Algunos alumnos expresaron que les había reafirmado en sus creencias sobrenaturales. Otros sentían agradecimiento por haber nacido en tal o cual país, o simplemente se congratulaban de la generosidad y justicia del mercado. Puro refuerzo de todas las capas de la religión en el capitalismo con posibilidad de elegir la favorita: armatostes sobrenaturales, nacionalismo o pura religión de la mercancía.

Una conclusión de la supuesta Ciencia del bienestar que llamó la atención de la mayor parte de los alumnos fue realizar actos de bondad azarosos.

Un pequeño estudio del plan de estudios de Santos que marcó a los alumnos partió de encuestar a 632 estadounidenses sobre cómo creían que se sentirían más felices: si les dieran 5 dólares para gastar en ellos mismos o recibiendo cinco dólares igualmente pero se les dijera que deben gastarlos en otra persona. En la encuesta las personas predijeron que serían más felices si se les permitiera quedarse con el dinero para ellos mismos. Pero los participantes informaron constantemente después que, de hecho, habían obtenido más satisfacción al gastar dinero en alguien.

Szypula [una alumna] tuvo la oportunidad de combinar sus nuevos conocimientos en un experimento práctico en el cumpleaños de su hermana. En lugar de quedarse con un vestido caro que había comprado, se lo dio a su hermana. «Todavía siento esa felicidad meses después», asegura.

¿Qué aprendieron 3 millones de personas con este curso de felicidad online?, The Irish Times

Como se ve la Ciencia del bienestar no tiene desperdicio. Para empezar lo que podemos hacer por otros aparece, tanto en el fundamento como en el ejemplo, mediado necesariamente por dinero. Es decir, se da por hecha la mercantilización total de las relaciones humanas. Lo que se presentaba como un inocente y azaroso bello gesto se ha convertido en un intercambio de dinero por mercancías en favor de otros.

Y a pesar de todo, el ejemplo desvela involuntariamente el mundo que el discurso entero está negando: la comunidad y su lógica moral desmercantilizada. La beneficiaria es la hermana, el contexto una fiesta de cumpleaños y el buen acto un regalo. Aunque previamente pagara por el vestido, lo que Szipula nos cuenta es la satisfacción que siente por aportar a su comunidad más básica, la familia.

Pero, evidentemente, esta Ciencia del bienestar mercantil no va a reparar en nada parecido a la pertenencia por el aporte, por trillado y conocido que sea el concepto. Mejor quedarse en el seguro y conocido mundo del intercambio generalizado de mercancías -y sus contabilidades afectivas contantes y sonantes- que supuestamente deberían hacernos felices.

¿Por qué tiene éxito la «Ciencia del bienestar» si su mensaje es la misma moral mercantil de toda la vida?

Titulo recibido por una alumna de «Ciencia del Bienestar»
Titulo recibido por una alumna de «Ciencia del Bienestar»

Lo que el éxito de este curso descubre es que existe un verdadero hambre de una nueva moral. Con un capitalismo que es ya tan anti-humano como anti-histórico, corresponde a la clase ascendente, al proletariado, proveer a una parte creciente de la sociedad con las bases de una nueva moral anti-mercantil que adelantara su alternativa histórica.

Sin embargo nuestra clase, negada sistemáticamente, no ha alcanzado todavía un nivel de luchas y organización que le permita desarrollar un liderazgo social siquiera limitado.

El resultado es una sociedad en verdadera putrefacción civilizatoria en la que la pequeña burguesía, la más corrupta de las clases, tiene el campo libre para producir y vender ideologías que expresen sus aspiraciones. Pero estas, por radicales que parezcan en un momento dado, solo pueden pasar por la aceptación del sistema de explotación que da sentido a su situación social en el mercado, la burocracia y el encuadramiento estatal.

La ciencia, que no dejará de estar bajo el manto cegador de la ideología mientras la sociedad no supere la división de clases, no queda libre de esta presión. Desde esta Ciencia del bienestar a los delirios eugenistas anti-históricos del feminismo, la oferta lectiva y los artículos académicos están llenos de discursos y fantasías morales atávicas, reminiscentes de la época juvenil de la burguesía y hoy tan destructivas y reaccionarias como el sistema al que sirven.

La necesidad de una nueva moral, capaz de traer al presente el único futuro alternativo posible al capitalismo, nunca va a salir de las instituciones del estado que existe para defender al sistema. Aún menos cabe esperar de la institución que el estado alimenta para difundir y crear ideologías a necesidad, la Universidad. La necesidad de una nueva moral no se satisfará con ninguna Ciencia del bienestar ni con su Psicología. La moral comunista no conoce de instituciones, títulos ni aulas, sino de lucha, organización, discusión y aprendizaje.