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02/11/2017 | Actualidad

De nuevo una furgoneta entra en un carril de peatones y ciclistas y durante unos cientos de metros atropella y mata a decenas de personas que pasean. A ese nivel de barbarie ha llegado el conflicto inter-imperialista. Por supuesto no es fundamentalmente diferente a bombardear una boda con drones, pero no hay ningún tipo de «justicia» ni compensación en la sucesión de barbaries más o menos tecnologizadas. Tampoco hay nada escandaloso en que 30 muertos en París causen más consternación que 200 en Somalia. Lo escandaloso es que los que reprochan a los trabajadores por sentirse más próximos a los muertos geográficamente más cercanos, son los mismos que se esfuerzan en evitar su unidad -la única que puede parar toda esta barbarie- en nombre de falsos «nacionalismos anti-imperialistas».

Lo que la brutalidad del Estado Islámico muestra con crudeza es hasta qué punto es cierto el argumento de Rosa Luxemburgo según el cual hoy todo nuevo estado nacional por «antiimperialista» que se pretenda es necesariamente imperialista desde el primer día. Y el imperialismo es hoy, ante todo, destrucción en masa de las fuerzas productivas. La primera de ellas, los trabajadores mismos. Tensión permanente y universal a la guerra, desde Corea a México.

Los atentados de Nueva York, como hace unos días los de Mogadiscio y antes los de Kabul, Barcelona, Bruselas o París, no son otra cosa que capitalismo concentrado; un retrato apenas decorado por el tipismo religioso, del proyecto de las burguesías nacionales supuestamente «anti-imperialistas». Bárbaro y brutal como el de sus hermanos mayores occidentales; dedicado intensivamente a la producción de muerte... hasta cuando han destruido tanto conocimiento y capacidades productivas que no tienen otra tecnología a disposición que una furgoneta, un palo o un cuchillo.