Apocalípticos y mercantilizadores

21 de noviembre, 2021

juego del calamar

Las nuevas tendencias culturales que vienen despuntando desde la eclosión de la pandemia mezclan mensajes apocalípticos y una voluntad mercantilizadora exacerbada.

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El horror de una trituradora de vidas...

salud mental

Casi 4.000 suicidios en España durante 2020. Es decir, 85,67 veces más víctimas mortales que las causadas por la mal llamada «violencia de género». No es cosa de oponer una estadística a otra, forman parte de lo mismo: suicidios, crímenes horribles, asesinatos de parejas y exparejas y violencia «privada» o difusa, no son cosas que «ocurren», se fabrican socialmente. Y no cabe duda de que la trituradora de vidas en la que se ha convertido un sistema que hace el crecimiento antagónico del desarrollo humano, está a plena máquina.

Como sabemos, la respuesta del estado es fraccionar la atribución de causas para que se pierda el marco general y se invisibilicen las causas reales.

La «violencia de género» se atribuye, feminismo mediante, a una suerte de terrorismo de raíz ideológica de «los varones contra las mujeres». El suicidio se invisibiliza sin pudor. Los crímenes horribles se convierten en espectáculos mediáticos de la «irracionalidad». La violencia difusa se engalana con identitarismo y resabios fascistizantes sobre «la juventud». Y la salud mental se pervierte en un discurso sobre la «vulnerabilidad» y la culpa para negar sus causas sociales.

Pero los problemas de base siguen ahí, se hacen cada día más evidentes. Y la ideología viene al rescate.

...que echa al fuego de la atomización la gasolina de la mercantilización

magia y mercancia
Magia y mercancía siempre unidos en la imaginación burguesa

Como la atomización y la individualización que el sistema lleva en su misma raíz son un motor evidente de la trituradora social de vidas, la prensa se anima a destacar «soluciones» contra «la soledad»... que la dan por hecha con toda la naturalidad del mundo.

Sin que se les caiga la cara ante su propio cinismo, nos presentan los productos de una naciente «industria de la soledad» como solución: robots conversacionales y «amigos» y hasta familia de alquiler. En la contradicción en los términos ni reparan: para que exista una conversación tiene que haber al menos dos sujetos, dos seres inteligentes y conscientes de sí mismos, cosa que un dispositivo como Alexa o la aspiradora Rumba no son.

Pero lo más sangrante: llamar a una agencia de «cuidados» para que te envíe a casa unos «amigos» previo pago por tarjeta de crédito, proporcionará compañía pero no amigos. La relación de amistad es por definición desmercantilizada y desinteresada.

Puede parecer ridículo, pero no es inocente. El discurso radicalmente mercantilizador y atomizador viene ligado una vez más al feminismo. Desde los años 70 una parte del feminismo estadounidense redefinió la prostitución como «trabajo sexual» en un mundo en el que en vez de antagonismos de clase veían un omnipresente antagonismo entre sexos. Mercantilizar las relaciones humanas hasta el límite, argüían, protegería a las mujeres en tanto que sujetos de relaciones mercantiles y sería «empoderador».

El resultado, una moral antihumana y ultracapitalista, que en cuanto el feminismo es adoptado como ideología de estado y permea el sistema educativo empieza a cobrarse bajas.

Dos ejemplos culturales cercanos: la mercantilización total de la paternidad en el «reallity» belga de moda y la explosión de la prostitución de menores en Francia, que ha crecido un 70% en tan sólo 5 años.

Las chicas del instituto en cuestión no hablan de prostitución, sino de liberación sexual y de libertad para disponer de su cuerpo. A veces no dudan en involucrar a sus «novias» en sus «buenos negocios». Se convierten en proxenetas sin ser conscientes de ello.

Una visión del feminismo que hace de la mercantilización del cuerpo un elemento de emancipación puede hacer caer a las jóvenes. Al cobrar por sus relaciones, se convierten en esclavas de sus clientes. Pero la mayoría de las veces sólo se dan cuenta después.

En su consulta, Claude Giordanella atiende a chicas jóvenes que han sido desensibilizadas y despersonalizadas. «Hay que ver todo lo que pasan para conseguir dinero», suspira la sexóloga. «En el fondo, saben que les duele, incluso físicamente. Pero establecen mecanismos de supervivencia para cubrir su sufrimiento». Sobre el terreno, los profesionales siguen trabajando para tratar a estas jóvenes.

«En los guetos y en los barrios burgueses, el boom de la prostitución entre las niñas». Marianne

Ahora el estado lanza un plan para combatir la prostitución de menores, pero cuando los especialistas escarban un poco bajo la moral feminista encuentran, no es digno de sorpresa, la vieja ideología individualista y mercantil de toda la vida: objetivos vitales centrados en acceder al consumo de lujo como forma de superación de los complejos personales... que los propios vendedores crearon.

No es que los ideólogos del sistema no se den cuenta, pero les resulta imposible pensar más allá de eso sin plantarle minimamente cara al capitalismo bajo el que vivimos.

Incluso cuando constatan los desastres del modelo anti-humano de crianza imperante, y buscan alternativas para sus propios hijos, no saben llegar mucho más lejos. Del modelo en el que el objetivo es la «felicidad» del niño entendida como satisfacción inmediata de todos sus deseos, pasan a decir que es importante enseñarles a resistir la frustración cuando eso no pueda ser así. Nada de darle autonomía y consciencia del mundo en el que vive, nada de aportarle capacidad de resistencia frente a la creación social e industrial de «deseos». ¡Faltaría más!

Y recupera viejas angustias supersticiosas

Steiner, fundador de la Antroposofía en un mural en Croacia
Steiner, fundador de la Antroposofía en un mural en Croacia

Pero hay algo más. Algo que se nos presenta de manera brutal cuando El País nos anuncia el redescubrimiento de la biblia «desde el laicismo o el feminismo» o cuando Le Monde se queda tan pancho presentando los exorcismos católicos como «complementos» de la terapia médica o psicológica.

En estos días la prensa alemana no dejaba de preguntarse por qué la vacunación se había estancado en un 68%. Les asombraba que ni siquiera la nueva ola de infecciones animara a más personas a vacunarse, especialmente entre esa «clase media» que representa las virtudes del «modelo alemán». ¿Cómo podía ser que la moderna y supuestamente culta pequeña burguesía alemana fuera tan sensible a la propaganda negacionista de los autodenominados «pensadores laterales»?

Spiegel respondía con una suerte de confesión incómoda: discretamente, bajo una apariencia de contemporaneidad y progresismo que hacen al externo deducir una mínima cultura científica, movimientos como la Antroposofía siguen siendo extremadamente influyentes en la sociedad germanófona. Siempre estuvieron ahí a través de marcas como las escuelas Waldorf, Welleda, los productos biodinámicos o la «banca ética» Triodos. Pero nadie imaginó que iban a llevar a un grupo amplio de «gente respetable» al matadero Covid por puro irracionalismo anticientífico.

Lo que no cuenta en artículo es que en la mayoría de las escuelas Waldorf, especialmente fuera de Alemania, los calendarios vacunales infantiles se cumplen sin entusiasmo pero sin conflicto.

No es que esta vieja para-religión pequeñoburguesa haya hecho bandera de la lucha contra la vacunación. Es que la agitación de la pequeña burguesía ante la crisis azuzada por la pandemia ha sacado a la luz y dado vigor al fondo más decadente y oscuro de este grupo entre sus miembros, en su inmensa mayoría pertenecientes a esa clase.

Tal vez los antropósofos tienen menos resistencia a refugiarse en la superstición y dar carta de naturaleza a las conspiranoias antivacunas, pero el fenómeno va mucho más allá. Es de clase, no de culto. Otros fenómenos culturales actuales como la «angustia climática» entre niños y adolescentes o la identificación de la prensa «cultureta» con el darwinismo social de «El Juego del calamar» nos hablan de una clase que se siente al límite de la frustración... y hace de la desesperación cultura social.

De hecho habría que preguntarse si las respuestas ideológico-culturales de la pequeña burguesía a esta fase de la crisis no son sino una expresión cultural ligeramente exagerada del ánimo cada vez más apocalíptico de la propia clase dirigente.

Una cosa es clara: ni siquiera son capaces de presentar las vacunas o el Pacto Verde como promesas de un futuro mejor posible. Tienen que presentarlos como concesiones necesarias de «la libertad» ante el desastre. La cultura, ese espejo invertido, nos cuenta así como el desastre permanente en que se ha tornado este sistema, es cada vez más reticente a «conceder» libertades para nada que no sea mercantilizar nuestros propios cuerpos y relaciones.