Antisemitismo y capitalismo

26 de enero, 2020 · Marxismo> Crítica de la ideología

Supervivientes del campo de exterminio levantado por el estado alemán en Ebensee, Austria.

La Revolución francesa al proclamar la emancipación legal de los judíos y abrir el camino de la transformación capitalista de las sociedades europeas, cambió por completo los términos de la «cuestión judía»… y la naturaleza del insidioso antisemitismo.

Napoleón y la emancipación legal de los judíos europeos.

Como en la entrega anterior de esta serie comenzaremos con una selección de fragmentos del trabajo de Abraham León que recogen sus tesis principales sobre el judaísmo y el antisemitismo desde la Revolución francesa para, a partir de ellas, hacer nuestra crítica.

El capitalismo ascendente y la asimilación de los judíos

Donde los judíos se integran en la clase capitalista se produce también su asimilación. El judío, gran empresario o accionista de la compañía holandesa o inglesa de Indias, está en el umbral del bautismo, umbral que franquea con gran facilidad. Los progresos del capitalismo corren parejos con la asimilación de los judíos en Europa Occidental. Si el judaísmo no ha desaparecido completamente en Occidente, es debido al aflujo en masa de de los judíos de Europa oriental. […]

Mientras el desequilibrio entre el hundimiento del feudalismo y el desarrollo del capitalismo desaparecía en Europa occidental, se profundizaba en los países atrasados del este. La destrucción de la economía feudal y de las formas primitivas de capitalismo se efectuaba en ellos mucho más rápidamente que el desarrollo del capitalismo moderno. Masas cada vez más amplias de campesinos y artesanos tuvieron que buscar un camino de salvaicón en la emigración. […]

Se produce un hecho nuevo e importante: por primera vez desde hace siglos nace un proletariado judío. El pueblo-clase, comienza a diferenciarse socialmente. Pero el proletariado judío se concentra esencialmente en el sector de los medios de consumo, es principalmente artesanal. A medida que la gran industria extiende el campo de su explotación, las ramas artesanales de la economía entran en declive.

El taller cede el lugar a la fábrica. Y así se revela que todavía es extremadamente precaria la integración de los judíos en la economía capitalista. No solo el comerciante «precapitalista» se ve forzado a emigrar, sino también el artesano judío. Masas judías, en cantidad cada vez más considerable, abandonan Europa oriental para dirigirse a Occidente y América. La solución de la cuestión judía, es decir, la integración completa de los judíos en la economía, se convierte en un problema mundial. […]

El capitalismo favorecía la asimilación de los judíos en Europa occidental pero en Europa oriental los arrancaba de sus posiciones económicas seculares. Al provocar la afluencia de judíos hacia Occidente destruía con la mano izquierda la obra de su mano derecha. Oleadas sucesivas de judíos orientales se desplazaban a los países occidentales, insuflando nueva vida al moribundo cuerpo del judaísmo.[…] [Pero] La emigración, que al principio es un poderoso obstáculo para la asimilación y un factor de nacionalización, se convierte rápidamente en un instrumento de fusión de los judíos con los demás pueblos. La concentración de masas judías en las grandes ciudades, que proporciona cierta «base territorial» para la nacionalidad judía, no puede coartar por mucho tiempo el proceso de asimilación. El desarrollo capitalista, aunque a veces por caminos bastante inesperados, conduce a la fusión de los judíos con los demás pueblos. Sin embargo, a principios del siglo XX los signos de la degeneración capitalista se revelan con toda su fuerza. La cuestión judía, que paree evolucionar normalmente en el siglo XIX, reaparece con agudeza inusitada debido a la decadencia del capitalismo. La solución de la cuestión judía parece estar más lejana que nunca.[…]

La decadencia del capitalismo, la «cuestión judía» y el sionismo

La tragedia judía del siglo XX está ligada a [la decadencia del capitalismo]. La tragedia del judaísmo de nuestra época se explica por la extrema precariedad de su situación social y económica. Los judíos, los primeros eliminados por el feudalismo decadente, fueron también los primeros rechazados por las convulsiones del capitalismo en agonía. Las masas judías se encuentran aprisionadas entre el yunque del feudalismo decadente y los golpes del martillo capitalista en descomposición. […] Al crear una atmósfera de asfixia y de furiosos antagonismos, la situación del judaísmo -sin salida en Europa oriental por la combinación del declive del feudalismo y la putrefacción del capitalismo- repercutió a escala mundial. Europa occidental y central se convirtieron en el escenario de un aterrador ascenso del antisemitismo. […]

Mientras la reducción de la emigración judía […] agravó la situación de los judíos en Europa oriental, la crisis del capitalismo hizo que ni siquiera pudieran soportar esa reducida inmigración. La cuestión judía alcanzó una agudeza inusitada no solo en los países de emigración sino también en los de inmigración. Ya antes de la primera guerra imperialista, la llegada en masa de inmigrantes judíos creó un fuerte movimiento antisemita en las clases medias de varios países de Europa central y occidental […] La pequeña burguesía arruinada por el desarrollo del capitalismo monopolista, y en vías de proletarización, se sintió exasperada por la llegada en masa del elemento judío, tradicionalmente pequeñoburgués artesanal. […] La catástrofe económica de 1929 llevó a un callejón sin salida a las masas pequeño burguesas. La saturación en el pequeño comercio, el artesanado y las profesiones liberales, alcanzó proporciones desacostumbradas. El pequeñoburgués consideraba con creciente hostilidad a su competidor judío, cuya habilidad profesional, resultado de siglos de práctica, le permitía a menudo aguantar mejor los «tiempos difíciles». […]

Es falso, pues, acusar al gran capital de haber creado el antisemitismo. El gran capital no hizo sino utilizar el antisemitismo elemental de las masas pequeñoburguesas. Lo convirtió en una llave maestra de la ideología fascista. Con el mito del «capitalismo judío», el gran capital procuró monopolizar en su beneficio el odio anticapitalista de las masas. La agitación contra los capitalistas judíos era factible por el antagonismo entre el capital monopolista y el capital especulativo y comercial, que era principalmente judío. Los escándalos del capital especulativo comercial son más conocidos por el público, especialmente los escándalos de la bolsa. Eso permitió al capital monopolista canalizar el odio de las masas pequeñoburguesas, e inclusive de una parte de los obreros, hacia el «capitalismo judío».[…]

Es el capitalismo moderno el que ha planteado el problema judío. No por el hecho de que la población judía alcance casi 20 millones de individuos (el porcentaje de judíos sobre no judíos incluso ha caído drásticamente respecto a la época romana), sino porque el capitalismo ha destruido las condiciones seculares del judaísmo: la sociedad feudal y con ella la función del pueblo-clase judío. La historia condenó a este pueblo-clase, así se plantea el problema judío. Este problema es el de la adaptación del judaísmo a la sociedad moderna, el de liquidación de la herencia feudal ligada a la humanidad.[…]

El capitalismo ha planteado el problema judío, es decir, ha destruido las bases sociales sobre las cuales el judaísmo se mantuvo secularmente [el «pueblo-clase»]. Pero no ha podido resolverlo, pues no logró absorber al judío liberado de su corteza social. La decadencia del capitalismo dejó al judío suspendido entre el cielo y la tierra. El mercader judío precapitalista ha desaparecido en gran parte, pero su hijo no ha encontrado ubicación en el engranaje de la producción moderna. La base social del judaísmo ha naufragado; el judaísmo ha venido a ser en gran parte un elemento desclasado. El capitalismo no ha condenado solo la función social de los judíos, también ha condenado a los propios judíos. […]

Sin embargo, es puro infantilismo reducir la cuestión judía a una cuestión territorial [el sionismo]. La solución territorial [creación de un estado en Palestina] tendría sentido si significara la desaparición del judaísmo tradicional, la penetración de los judíos en la economía moderna, la productivización de los judíos. De forma indirecta, el sionismo vuelve a las soluciones preconizadas por sus peores enemigos: los «asimilacionistas» consecuentes. Tanto para unos como para otros, se trata de hacer desaparecer la herencia «maldita» del pasado, de hacer de los judíos, obreros, agricultores, intelectuales productivos. El carácter ilusorio del sionismo no está en su voluntad de llegar a dicho resultado -esa es una necesidad histórica que tarde o temprano se abrirá camino-, sino en creer que las dificultades insuperables que el capitalismo decadente opone a estas tareas desaparecerán como por encanto en Palestina. Por las mismas causas que los judíos no pudieron hacerse un lugar en la economía durante la diáspora, no podrán hacerlo en Palestina. El mundo constituye una unidad tan completa en la época actual, que es una verdadera locura emprender la construcción de un islote al abrigo de sus tempestades. Por eso, al fracaso de la asimilación le acompañará forzosamente el fracaso del sionismo. En la época en la que el problema judío cobra la altura de una inmensa tragedia, Palestina no puede ser sino un débil paliativo. Diez millones de judíos se encuentran en un inmenso campo de concentración [en Europa]. ¿Qué remedio puede aportar a este problema la creación de algunas colonias sionistas?

¿Ni asimilación ni sionismo? ¿No existe solución entonces? La cuestión judía no tiene solución dentro del régimen capitalista, así como no la hay para otros problemas de la humanidad, sin profundas conmociones sociales. Las mismas causas que han convertido en ilusoria la emancipación judía, hacen imposible la realización del sionismo. Sin eliminar las causas profundas de la cuestión judía, no se podrán eliminar sus efectos.

Lessing y Lavater en casa de Mendelssohn, pintura de 1856 de Moritz Daniel Oppenheim.

1

Hay algo que llama poderosamente la atención en el recorrido histórico que hace Abraham León. Reduce el siglo XIX y las consecuencias de la emancipación legal de los judíos a la alternativa: asimilación vs «territorialización». O los judíos dejaban de existir, abandonando masivamente la religión y las prácticas culturales que los habían definido como minoría religiosa, o encontraban un territorio -no necesariamente en Palestina- donde, bajo la égida de una burguesía nacional inexistente, construir un estado nacional.

La realidad, como era de esperar, fue muy distinta. La asimilación existió, como no podía ser menos, en cuanto se abrieron los guetos. Y por supuesto afectó en primer lugar a la burguesía y la pequeña burguesía que no quería ser excluida de las oportunidades de negocio. Pero sobre todo, lo que el desarrollo capitalista y la migración produjo fue una reforma religiosa primero y una cultura secular judía después. La haskalá europea primero y el judaísmo reformado norteamericano después, «aggiornaron» la religión rabínica antes y de modo más profundo que, sin ir más lejos, el catolicismo. La abundancia de una capa pequeñoburguesa culta, heredera de una tradición cosmopolita y vorazmente lectora aceleró la misma tendencia que vivían el resto de las religiones europeas. Más aun, con la fusión del elemento proletario judío en el proletariado general en unos lugares, y con la aparición de un «proletariado judío» más o menos homogéneo en las ciudades de la «zona de confinamiento judío» rusa (que incluía los países bálticos, Polonia, Bielorrusia y parte de Ucrania), emergió una cultura secular judía ligada a las primeras expresiones de la socialdemocracia.

La invisibilización que Abraham León hace de la potente tendencia a la «integración» y normalización como una minoría étnico-religiosa más del judaísmo por el capitalismo ascendente es tanto más sorprendente por cuanto que la organización en la que militaba y cuya perspectiva, como vimos, marcó sus análisis, Hashomer Hatzair, era parte de una serie de movimientos juvenalistas que expresaban la extensión de esa cultura secular entre la pequeña burguesía judía alemana y polaca.

Encuentro de organizaciones juveniles del Bund en Varsovia en 1932.

2

El problema de León para entender qué significó para el judaísmo el capitalismo ascendente deriva de la inconsistencia del concepto de «pueblo-clase». Saluda el «comienzo de la diferenciación social» en lugares en los que hacía siglos que existía un proletariado agrícola judío y en un momento en el que el artesanado judío lleva siglos sometido al mercader y el financista. ¿Cómo iba si no a integrarse en la manufactura?

En realidad la única diferencia entre el delirio nacionalista de un Borojov y León, es que Borojov sigue proyectando su «nación-clase» hacia el futuro, hacia la formación de un estado nacional (y por tanto capitalista), mientras que León sentencia a la desaparición al «pueblo-clase» con la extensión del capitalismo en el Este europeo. Pero ninguno de los dos es capaz de ver en qué consiste la «solución» capitalista de la «cuestión judía» que venía desarrollándose desde los tiempos de Moses Mendelssohn en Europa o Mordecai Manuel Noah en América: la simple y llana transformación de la judería en una minoría religiosa más con su falso sentido de «comunidad» pequeñoburguesa, sus mecanismos de reproducción y control social y sus entornos de socialización característicos. Una transformación para la que el judaísmo, dada la inexistencia de una estructura dogmática centralizadora y de un clero jerarquizado, estaba más preparado quizás que ningún otro armatoste religioso heredado del feudalismo.

La época dorada del teatro en yidis en Argentina.

3

León intenta salvar la evidencia de un judaísmo europeo y americano en vías de integración -o muy integrado ya, como el alemán, el estadounidense o el italiano- planteándolo como un problema migratorio. Los flujos desde el Este serían demasiado intensos como para hacer visible la asimilación porque siempre estarían llegando más que los que daría tiempo a asimilar. Pero la «integración» judía y no la asimilación, era en realidad el fenómeno mayoritario en Europa, con distintos matices y formas que reflejaban el distinto desarrollo de los capitales nacionales desde mediados de siglo y era dominante en EEUU aun antes. Si León y Mandel, que eran producto de ella, la invisibilizaban era porque invisibilizarla, reducirla a un «fenómeno temporal», había sido la estrategia visceral de uno de sus subproductos: el sionismo.

Cuando León, hablando de EEUU dice que «la emigración, que al principio es un poderoso obstáculo para la asimilación y un factor de nacionalización, se convierte rápidamente en un instrumento de fusión de los judíos con los demás pueblos», está confundiendo los términos brutalmente: como ex-sionista del imperio ruso sigue pensando que la cultura judía va ligada a una lengua -el yidis- y que la proliferación en la emigración de prensa, teatro y vida cultural en yidis es una «nacionalización», una suerte de «territorialización» urbana. En realidad la «fase yidis» de la cultura migrante judía en EEUU o Argentina, duró como él mismo dice un cierto tiempo, pero la «fusión» no se produjo como una asimilación total, sino como integración. Exactamente igual que estaba pasando con otras minorías étnico-religiosas migrantes no reivindicadas como propias por ningún estado, como los armenios.

Sin entender la integración tampoco puede entenderse el antisemitismo contemporáneo, ni el fascista de los treinta ni el islamista de hoy, ni siquiera desenmarañar su relación con el antisemitismo feudal -esa obsesión con los «protocolos de Sión» y la conspiración- o por qué el judaísmo se asocia compulsivamente en la propaganda antisemita a organizaciones con las que históricamente tuvo tan poco que ver como la masonería.

Consagración del Sacre Coeur en 1919. Construida tras la Comuna en desagravio por «el libertinaje», fue oportunamente consagrada cuando los vientos de la Revolución Rusa llegaban a Francia y el gobierno organizaba una campaña anticomunista.

4

El antisemitismo contemporáneo no es un producto directo de la decadencia capitalista… aunque reviviera con ésta a cada golpe de la crisis. Es un producto decimonónico, ligado a la resistencia de los últimos aparatos políticos feudales en Europa oriental y occidental.

En 1814 el Papa restaura la orden jesuítica convirtiéndola en un cuerpo de choque contra la revolución burguesa. Junto con los Donoso Cortés, el carlismo, el manuelismo y los tradicionalistas franceses, se convertirán en los fabricantes de la última andanada ideológica de la feudalidad contra la burguesía en su asalto al poder político. El enfrentamiento entre el nacionalismo y la Iglesia seguirá en pie hasta y durante la unificación italiana. Es la época del «Cristo Rey» -símbolo y justificación del poder estatal de la Iglesia.

Sin embargo, en el curso de la oleada de revoluciones de 1848, la burguesía y las clases terratenientes de Europa Occidental temen a la nueva fuerza ascendente -el proletariado- y han alcanzado distintas ententes entre sí. Este miedo se hará cerval con la Comuna de París en 1871. La Iglesia, jesuitas a la cabeza, cambian de estrategia. La derrota de la Comuna es celebrada con la infame erección de la capilla del Sacre Coeur en Montmartre en «desagravio» por las «ofensas y crímenes contra Dios» de los comuneros. La época de la imaginería andrógina y la casquería divina ha arrancado. La iglesia se va dando cuenta de que no puede contener a la burguesía ni encontrar un nuevo encaje con ella en el estado si no es capaz de aparecer como una fuerza presente en la lucha social que más teme la nueva clase dominante. Así que se pone a encuadrar obreros. Es la época de la «Rerum Novarum» (1893), de la «novela social» de Soué (autor de «El judío errante»), de los «sindicatos amarillos» (llamados así por el color de la bandera papal)… y del nuevo antisemitismo, que agitado por los jesuitas revive la vieja estrategia posterior a la peste negra: conducir el descontento y las explosiones urbanas contra «los judíos». Es la época en la que se van gestando los componentes de los «Protocolos de los sabios de Sión». Su genealogía es enmarañada pero clara en sus orígenes y sus hitos. Umberto Eco noveló lo que fue en realidad un proceso, en «El Cementerio de Praga». Cuando la policía política rusa descubre el resultado no puede sino identificarse con él. Están en la misma que la Iglesia católica: descarrilar las revueltas de la pequeña burguesía, el lumpen y los elementos más frágiles de entre los trabajadores hacia el antisemitismo.

Propaganda nazi presentando a la «plutocracia» y el bolchevismo como producto del «judaísmo internacional».

5

¿Por qué «los protocolos» tienen un inesperado y tardío éxito entre la pequeña burguesía? ¿Por qué llegan a convertirse en el ABC del antisemitismo de nazis, hermanos musulmanes y baazistas? ¿Cómo llega el antisemitismo a convertirse en un racismo que ataca no solo al judío religioso sino al descendiente de judíos aunque esté asimilado? León, como Foucault años después, toma una posición idealista: el antisemitismo se convierte en un racismo como consecuencia de las necesidades ideológicas del nacionalismo pequeñoburgués bajo las condiciones del capitalismo en descomposición:

Así como es necesario fundir las diferentes clases en «una sola raza», es menester también que dicha «raza» no tenga más que un solo enemigo: «el judío internacional». El mito de la raza va acompañado de negación: la antiraza, el judío. La «comunidad racial» se construye sobre el odio a los judíos, odio cuyo fundamento racial más sólido está enterrado en la historia, en la época en que el judío era, efectivamente, un cuerpo extraño y hostil a todas las clases. Es una ironía de la historia que la más radical de las ideologías antisemitas de la historia triunfe precisamente en la época en que el judaísmo se encuentra en vías de asimilación económica y social.

La ironía no es tal. Entre otras cosas porque no era ni es la asimilación -esto es,la pura y simple desaparición de la condición de judío- lo que impulsa el capitalismo, sino la integración de esa condición como una identidad religioso-cultural más. Y es precisamente la integración del judaísmo la que explica el renacimiento del antisemitismo y su éxito entre la pequeña burguesía como teoría de la conspiración, de la que «los protocolos» son solo el primer ejemplo.

Dejémoslo claro, cuando León dice que «la agitación contra los capitalistas judíos era factible por el antagonismo entre el capital monopolista y el capital especulativo y comercial, que era principalmente judío», simplemente dice una falsedad. El capital especulativo y comercial nunca fue, ni en Alemania ni en ningún otro lugar «principalmente judío». No lo fue en Rusia y su antiguo imperio ni lo fue en Europa Occidental, y aun menos en los países árabes. Y sin embargo Abraham León se traga la propaganda antisemita. La razón es doble: en primer lugar, y como derivación lógica de un defensor del concepto de «pueblo-clase» que confunde socialismo con capitalismo de estado, busca «antagonismos» inexistentes en su seno, no puede ver que el capitalismo de estado monopolista que se desarrolla ante sus ojos no produce tal «contradicción»: el capital nacional es uno, el capital financiero es especulativo y el capital comercial no está etnificado entre otras cosas porque como tal, como función independiente, ya no existe. En segundo lugar, una vez más, persiste en invisibilizar la integración tal y como realmente se estaba produciendo.

La racialización del judío se produce por lo mismo que la «limpieza de sangre» nació en los reinos peninsulares medievales y se convirtió en una obsesión ibérica del siglo XVI en adelante: por la existencia al mismo tiempo de una «comunidad judía» y de un entorno religiosamente no-judío, nacido de ella. Es la aparición de «comunidades judías» fruto de la integración, con socorros mutuos para los emigrantes y sobre todo con redes de negocios que involucran a pequeños burgueses conversos y secularizados lo que indigna a la pequeña burguesía «nativa» y le hace denunciar la «competencia desleal» de una «conspiración permanente» de «los judíos». Su objetivo no es el judío religioso, sino el integrado y el asimilado, beneficiarios de ese «cuerpo extraño» al que no puede pertenecer. No es la sinagoga sino la asociación invisible, «la logia judía» -de ahí la asociación recurrente con la masonería- la que ve como su enemigo. No el judío religioso en su pequeño negocio, sino al «plutócrata» que elige como proveedores a otros judíos y descendientes de judíos a quien quiere destruir.

Propaganda stalinista contra Trotski que retoma motivos y presentación de los carteles antisemitas anteriores y contemporáneos.

6

El ambiente conspiranoico pequeñoburgués hace que el antisemitismo entre, con el racismo más o menos vestido de eugenesia, en el «political correct» de la primera parte del siglo XX. Prácticamente todos los dirigentes políticos europeos de los años 30 y 40 son profunda y abiertamente antisemitas.

Pero Stalin, aunque utilizará el antisemitismo como herramienta en la propaganda contrarrevolucionaria y en su construcción de un nacionalismo panruso y a pesar del invento segregacionista de Birobidzhan (que Abraham León creía un «renacimiento nacional judío») nunca alentó un genocidio de judíos como tal. Solo Hitler y sus estados satélites convertirán el antisemitismo en ideología de estado. Y como tal ideología de estado, impulsará al estado alemán a la organización del mayor genocidio de la historia de Europa. La pregunta inevitable es por qué.

La respuesta está en las formas y los objetivos específicos que dan sentido al fascismo como punta de lanza contra la revolución. Recordemos el análisis de Trotski sobre el dilema de los trabajadores en la Alemania en 1933:

A lo largo de varias decenas de años, los obreros han construido en el interior de la democracia burguesa, utilizándolo todo en la lucha contra ella, sus bastiones, sus bases, sus focos de democracia proletaria: los sindicatos, los partidos, los clubs de formación, las organizaciones deportivas, las cooperativas, etc. El proletariado puede llegar al poder no en el marco formal de la democracia burguesa, sino por la vía revolucionaria: esto está demostrado tanto por la teoría como por la experiencia, Pero es precisamente por esta vía revolucionaria que el proletariado tiene necesidad de bases de apoyo de democracia proletaria en el interior del Estado burgués. El trabajo de la II Internacional se ha reducido a creación de esas bases de apoyo, en la época en que desempeñaba todavía un papel progresista. El fascismo tiene como función principal y única la de destruir todos los bastiones de la democracia proletaria hasta sus mismos cimientos. ¿Tiene o no eso una «significación de clase» para el proletariado? Que se inclinen sobre este problema los grandes teóricos. […] El punto de partida de la lucha contra el fascismo no es la abstracción del Estado democrático, sino organizaciones vivas del proletariado, en las que está concentrada toda su experiencia y que preparan el porvenir.

Y efectivamente el nazismo tenía como «función principal y única destruir todos los bastiones de la democracia proletaria hasta sus mismos cimientos». Pero si esta era su función histórica, para sus dirigentes y bases pequeñoburguesas no podía ser la única. No solo la amenaza de la revolución obrera les había hecho temer y sufrir hasta el último momento. También la competencia, las redes invisibles, el «enemigo interno»: «el judío». La destrucción del tejido social no solo del judaísmo religioso, sino del secular y del asimilado hasta la cuarta generación, en un crescendo que empieza en las leyes de Nuremberg y acaba en el genocidio de 9 millones de personas. La nueva «guerra judía», guerra de exterminio, que los dirigentes alemanes fantasean estar dirigiendo, es el reflejo y el subproducto de la política de aplastamiento brutal de las organizaciones y el tejido social de la clase trabajadora.

Primero aplastaron al movimiento revolucionario y luego a las organizaciones de trabajadores. Cuando «vinieron a por los judíos», ya no quedaba nadie para decir nada.

7

Con el genocidio perpetrado por el estado alemán podemos cerrar la crítica del libro de Abraham León, pero difícilmente dar por cerrada la historia del antisemitismo.

Hoy la «cuestión judía» se ha visto resuelta al modo capitalista en buena parte del mundo. En EEUU o Argentina, a pesar de brotes antisemitas puntuales, el judaísmo no está hoy ni territorializado ni asimilado sino «integrado», no es el centro de un problema social, tan solo una minoría religioso-cultural más dentro del juego de «identidades» alentado por el estado. No es así en Asia ni África, y lo es cada vez menos en Europa. Ya hemos abordado en un artículo anterior el nacimiento de Israel y la naturaleza imperialista y burguesa del conflicto con Palestina. Pero el antisemitismo posterior a la guerra mundial, que escala en todo el mundo en esta década, no es un mero producto propagandístico de la guerra en Oriente Medio y las luchas entre imperialismos. Tiene su propio fondo en facciones pequeñoburguesas cada vez más numerosas que se alimentan ideológicamente de los detritus de la propaganda de guerra. Será tema de futuros artículos. Por desgracia, de actualidad.

Somos Emancipación | Publicamos Communia en español, francés e inglés.

¡Proletarios de todos los países, uníos, suprimid ejércitos, policías, producción de guerra, fronteras, trabajo asalariado!