Antisemitismo hoy

1 de febrero, 2020 · Marxismo> Crítica de la ideología

Mural del partido laborista británico con referencias a los tópicos antisemitas conspirativos.

En la entrega anterior de esta serie vimos como se desarrollaban en paralelo el antisemitismo islamizado -producto de la propaganda alemana durante la guerra mundial- y el más sofisticado antisemitismo stalinista al cambiar los intereses imperialistas de Rusia en Oriente medio. Sin embargo hay algo que resulta incomprensible sin nuevos elementos. Los países del bloque ruso habían decantado a la ONU a favor de la «solución de dos estados» y habían armado a Israel en la guerra inmediatamente posterior. El cambio hacia el «antisionismo», brutal a partir de la guerra de los seis días, fue extremadamente brusco. Sus prontas derivas antisemitas no solo reflejaban el antisemitismo stalinista, sino que buscaban abiertamente la sintonía con fuerzas religiosas, feudalizantes y partidos como el nacionalsocialista sirio o el Baaz demasiado ligados al referente fascista europeo como para pasar desapercibidas. ¿Cómo pudo el resabio antisemita convertirse en moneda común dentro de la propaganda anti-Israelí en Europa?

Estudiantes en mayo de 1968 en París

El elemento que falta es la transformación del izquierdismo europeo que culminará en los movimientos estudiantiles del 68 y 69, verdadera incubadora de una generación de la pequeña burguesía intelectual que engrosaría y daría forma a los aparatos políticos de las décadas siguientes en Europa, desde Joshka Fischer en Alemania a los gobiernos de Miterrand o Felipe González. De aquellos polvos vienen muchos barros en forma de campañas ideológias actuales, marcadas por el identitarismo «de izquierda». Un libro reciente, que intenta contar cómo el Labour británico, la quintaesencia del partido de estado, acabó absorbiendo el antisemitismo hasta generar sus problemas de imagen pública actuales, cuenta la materialización de ese proceso en Gran Bretaña.

La «New Left» que se formó en Gran Bretaña en los años 50 y 60 era muy diferente de la «vieja izquierda» de los sindicatos, las ramas del Partido Comunista e -irónicamente, dado su actual liderazgo en él- el Partido Laborista. El mundo que había definido a la izquierda desde la década de 1880, en el que los movimientos obreros socialistas, tanto en forma de sindicatos como parlamentarios, hacían campaña por los derechos de las comunidades de la clase trabajadora formadas por la industrialización masiva, comenzaba a desmoronarse en la década de 1950. [..] Las viejas políticas de izquierda basadas en la movilización de masas de trabajadores y en la lucha de clases fueron directamente desafiadas, y a veces reemplazadas, por la raza, el género, la sexualidad, la paz y el medio ambiente como las «grandes causas» que dieron forma a la «New Left»[…] la «New Left» representaba efectivamente una nueva clase social, arraigada en las profesiones intelectuales y culturales, poblada por trabajadores del sector público, y cuya agenda política llegaría a estar dominada por la identidad y la iconoclastia. No es una coincidencia que el sentimiento y el activismo antiisraelí sea prominente en las partes culturales, intelectuales y académicas de la Gran Bretaña moderna.

«The Left’s Jewish Problem: Jeremy Corbyn, Israel and Anti-Semitism», David Rich, 2018

Que un movimiento de la pequeña burguesía intelectual tomara las riendas del izquierdismo europeo y que impulsara a éste a «tomar partido» por los aliados del bloque ruso en vez de los por el aliado del bloque americano, como era Israel, no tiene en sí nada de extraño. Y en teoría tampoco debería haber conducido automáticamente al antisemitismo.

Sin embargo, la verdad es que la pequeña burguesía politizada no había abandonado su base nacional-racista. Igual que Leni Riefenstahl no era menos racista cuando retrataba a los Nuba en el 74 que cuando rodaba «Olimpia» para las olimpiadas de Berlín 1936, la izquierda sesentayochista seguía marcada por el mismo nacionalismo esencialista y racista de los 30 y 40. Solo había añadido una cristiana porción de culpa y necesidad de autocastigo, que no dejaba de estar en continuidad con el nacionalismo romántico. De hecho no hay nada más parecido al nacionalismo romántico alemán que el «anticolonialismo» de Fanon, que en su exaltación de las burguesías «oprimidas» del «tercer mundo» y sus proyectos nacionales, abría las puertas de par en par a todo tipo de ideologización del racismo.

La «Nueva Izquierda» sostenía que el colonialismo creaba un marco insuperable de conflicto entre ocupantes y ocupados [insuperable también tras la independencia]. En esta forma de pensar, toda Europa estaba permanentemente maldita con el pecado del colonialismo, transferido desde la Segunda Guerra Mundial a su descendencia imperialista, los Estados Unidos. […] Fanon fue uno de los primeros defensores de la idea de que los campesinos del Tercer Mundo eran más progresistas y revolucionarios que las clases trabajadoras del Primer Mundo. Los trabajadores europeos, argumentó, cargaban con su parte de culpa colonial, «porque los trabajadores creen, también, que son parte de la prodigiosa aventura del espíritu europeo». Europa, escribió Fanon, «tiene una estructura racista» y no tiene nada que ofrecer a la política progresista; «el juego europeo ha terminado finalmente» y toca al Tercer Mundo comenzar «una nueva historia del hombre» que no imite o replique los valores o el comportamiento europeo. Fanon tuvo una gran influencia en el pensamiento de la izquierda radical en Europa y Norteamérica.

«The Left’s Jewish Problem: Jeremy Corbyn, Israel and Anti-Semitism», David Rich, 2018

Los receptores ideológicos para la «culpa colectiva» del «hombre blanco» venían del cristianismo, pero el mito del «buen salvaje» justiciero venía de las raíces mismas de la moral burguesa. Es difícil pensar un cocktail ideológico tan potente, tan conectado a la raíz mismo del radicalismo democrático burgués y tan fructífero en mitos desde las utopías y los cuentos de piratas del XVIII. La máquina de mitificar se estaba poniendo en marcha y preparando la alianza -y el inevitable contagio- con los elementos más siniestros de la «revuelta anticolonial» útil al bloque ruso.

Los fedayines palestinos¡ que ganaron la atención del mundo después de 1967 a través de secuestros y otras acciones violentas, fueron celebrados junto con los norvietnamitas y otros movimientos de liberación nacional, todos ellos investidos con la esperanza de la «New Left» en que una ola revolucionaria se construyera en el Tercer Mundo y se abriera paso [redimiendo] a las sociedades occidentales. […] Este fue un paso importante en el camino que ha llevado a los izquierdistas modernos a apoyar movimientos como Hamas o Hezbollah que son socialmente reaccionarios, religiosamente conservadores y en absoluto de izquierda. Dado que los movimientos de liberación de los años 60 eran anticoloniales -o, hoy en día, porque los movimientos de resistencia modernos son antiamericanos- y porque afirman actuar en nombre y por los intereses de los oprimidos en sus países, se rechaza cualquier preocupación sobre si ellos mismos son socialistas. La lógica política es simple: cualquier movimiento que luche contra América o contra uno de sus aliados es tratado como progresista y en el lado correcto de la lucha mundial contra el imperialismo, independientemente de su carácter real.

«The Left’s Jewish Problem: Jeremy Corbyn, Israel and Anti-Semitism», David Rich, 2018

Por su lado, Al Fatah y la OLP, que tenían que competir con el islamismo y tampoco partían con influencias ideológicas diferentes en lo que hace al antisemitismo, intentarán hacer malabarismos para reclamar la destrucción del estado de Israel y la expulsión de los judíos de Palestina reivindicando al mismo tiempo no ser antisemitas.

La cosa no era nada fácil en realidad. Los israelíes judíos de los setenta no eran ya migrantes recién llegados a los que se podía reasentar en otro lugar, la mayoría habían nacido allí, su lengua materna era el hebreo y su segunda lengua el árabe. Dicho de otra forma: el sionismo ya no era el nacionalismo de una facción minoritaria de la pequeña burguesía centroeuropea, el sionismo era el nacionalismo de un estado establecido veinte años antes con una sólida base poblacional autóctona -árabe, drusa y judía-, una burguesía nacional bien asentada y una clase trabajadora masiva.

En esas condiciones ser «anti-sionista» no significaba tampoco propugnar un estado multi-étnico contra el carácter nacional judío del estado que tras las guerras había quedado al mando de la mayor parte del territorio del antiguo departamento palestino de la provincia de Siria. Significaba expulsar a los judíos israelíes («Judíos al mar» decía uno de los gritos de guerra más repetidos hasta los 80). Destruir el «estado sionista» no era otra cosa que propugnar una limpieza étnica insinuando cuando menos un nuevo genocidio.

«Echemos los judíos al mar». Cartel de propaganda durante la guerra de los seis días, 1967

La solución vino por la vía del relato conspirativo: para la OLP los judíos israelíes eran solo un instrumento del «sionismo» y el sionismo no representaba a una burguesía nacional, sino a un grupo de poder (judío) dentro del imperialismo yanki cuyo objetivo era desbaratar la formación de un gran estado pan-árabe.

Israel es el instrumento del movimiento sionista y la base geográfica del imperialismo mundial, situado estratégicamente en medio de la patria árabe para combatir las esperanzas de la nación árabe de liberación, unidad y progreso.

Carta fundacional de la OLP

En un relato típicamente nacionalista, luchar contra el imperialismo significaba luchar contra Israel e irremediablemente contra su población. Es decir, olvidar las diferencias de clase a un lado y otro, olvidar que el propio nacionalismo árabe formaba parte del gran juego imperialista entre bloques en la misma medida que Israel y… presentar la matanza de trabajadores por trabajadores como un acto liberador y progresivo. Y además y por si esto no bastara es tan irremediablemente antisemita, como racista había sido en EEUU, Francia, Alemania o Gran Bretaña la propaganda de guerra en las dos guerras mundiales imperialistas.

La pirueta nacionalista presuntamente antisionista que acaba siendo conspiranoia antisemita se hará constante y estará en los argumentos de las «RZ» alemanas y el FPLO palestino (parte de la OLP) para amenazar con el asesinato de los viajeros judíos -no del resto- secuestrados tras desviar un avión de Air France a Entebe (Uganda). Por si quedaran dudas, la alianza con grupos neonazis -teóricamente impensable para los aliados de Rusia en al aquel momento- del comando encargado de preparar el asesinato de la delegación israelí en las Olimpiadas de Munich dejó claro que la ideología del nacionalismo palestino no solo exaltaba el asesinato más vil, sino que estaba indisolublemente ligada al antisemitismo. Quedaba a la «izquierda solidaria» en Europa y el resto del mundo justificarla.

Desde la «New Left» convertirda en «cultura» de una izquierda de contornos difusos se aplicaron a ello. El lenguaje implícitamente antisemita se normalizó a partir de los ochenta en la prensa. Basta una búsqueda en Google en la prensa «mainstream» española (sea El País, el ABC, El Mundo o La Vanguardia) para constatar que desde los 80 la expresión «el ejército judío» se utiliza rutinariamente para referirse al ejército israelí como si se tratara del ejército de un colectivo -los judíos- con más miembros fuera que dentro de Israel (¿es acaso el ejército de la «conspiración judía mundial» inventada por nazis y stalinistas?). Significativamente, cuando buscamos «el ejército musulmán» solo encontramos referencias a las milicias bosnias de la guerra yugoslava y cuando buscamos «ejército cristiano» no solo no hay casi referencias, sino que son en su mayoría a artículos que hablan sobre la Edad media.

La extrema izquierda no se libró tampoco. En la descomposión del ultraizquierdismo sesentayochista francés los padres de la «comunización» convergieron con el negacionismo neonazi negando el carácter antisemita del genocidio de los judíos en un intento banal y contraproducente de denunciar el carácter capitalista de la barbarie de la segunda guerra mundial.

El antisemitismo de los 90 hasta hoy

Pintada de las Juventudes Comunistas de Venezuela (parte del partido chavista)

Los años noventa comenzaron con el hundimiento del sistema de bloques. El bloque estadounidense había contenido con bastante éxito hasta entonces las contradicciones entre los estados/capitales nacionales que lo conformaban. Y lógicamente su fin, les fue dando una expresión cada vez más abierta hasta la guerra comercial de hoy. En los noventa, esas contradicciones tuvieron muchas derivaciones. Por un lado los países europeos empezaron a utilizar su papel como «mediadores» en el conflicto palestino-israelí para hacerse valer en la región y el tono anti-israelí de su propia prensa, mientras se mantuviera en el «antisemitismo cultural», le daba amplitud de juego. Por otro Irán, que había creado a Hezbollah en Líbano, encontraba en Hamas un aliado para introducirse también, sin importar la diferencia religiosa -Hamas es la rama palestina de los Hermanos Musulmanes y por tanto sunní. Es la época en la que las nuevas televisiones globales en árabe -«Al Manar» de Hezbollah y «Al Jazeera» del emir de Qatar- comienzan a aspirar a audiencias globales y penetrar en las barriadas europeas. El antisemitismo abierto y burdo de AlManar, el «cultural» de la prensa europea y el selectivo de los programas de comentario internacional de AlJazeera en árabe (la versión en inglés no tiene nada que ver en contenidos), formaron un terreno fértil que de manera invisible impregnaba todo. Hasta el «aceleracionismo», el tecno-utopismo de los 90 más celebrado producido por el mundo académico británico acabó teniendo derivas supremacistas y antisemitas.

Pero por supuesto ese no fue el camino principal. Ni en el mundo árabo-musulmán ni en Europa… ni en Sudamérica. La caída del bloque ruso fue también la descomposición del aparato político stalinista en cada país. Que ahora veamos cómo crecen los partidos xenófobos en distritos que votaban a los PCs es una parte de algo empezado entonces. La descomposición del stalinismo no acabó con el resultado de años de adoctrinamiento nacionalista y propaganda manchada de antisemitismo. Igual que la derecha xenófoba empezó a reorganizarse para aprovechar el hueco dejado, los islamistas -con su inevitable carga antisemita- aprovechaban el desastre bosnio para en Francia, Bélgica y en menor medida Alemania, «morder» base social.

Cuando al final de la década aparece el chavismo en Venezuela, se hace evidente que las formas en las que el stalinismo está recomponiéndose -tendiendo a lo que el ex-vicepresidente Linera de Bolivia llamaba «un estado corporativo»- son un «patchwork» de retales con materiales en lo que lo conspiranoico e incluso lo feudal-reaccionario no están ausentes en absoluto.

El mundo es para todos nosotros, pero se da la circunstancia de que una minoría, los descendientes de los mismos que crucificaron a Cristo, los descendientes de los mismos que echaron a Simón Bolívar fuera de aquí y también lo crucificaron a su manera más allá en Santa Marta, en Colombia. Una minoría ha tomado posesión de toda la riqueza del mundo.

Hugo Chavez, 24/12/2005

Un viejo monstruo mutante

Cartel contra la visita de Obama a Madrid donde aparecen de nuevo los elementos graficos y asociaciones del antisemitismo de los treinta.

En la serie que empezamos la semana pasada hemos visto el paso del antisemitismo, con distinto sentido, por tres modos de producción diferentes. Vimos como el antisemitismo antiguo, si es que puede ser llamado así, no tiene nada que ver con el que aparece y se desarrolla en la feudalidad como reacción de la iglesia católica frente al ascenso de la burguesía. Los grandes tópicos antisemitas se crean ahí, y son rescatados sistemáticamente por la propia iglesia cuando, especialmente a partir de la Comuna de París, tiene que hacerse valer frente a una burguesía que disfruta -en desigual medida según los países- del poder político pero que busca aliados entre las viejas clases explotadoras para contener a un proletariado que despunta. El «socialismo de los imbéciles» le resultará útil para derivar revueltas urbanas y campesinas a un terreno inofensivo políticamente a la burguesía. Visto el éxito, uno de los últimos vestigios de la feudalidad en Europa -el régimen zarista- convertirá el acervo desarrollado en obra maestra de la propaganda del odio con «Los protocolos». Cuando décadas después, la contrarrevolución tome la forma de fascismo en Alemania, la pequeña burguesía adoptará como propio el antisemitismo conspiranoico del viejo panfleto ruso «racializándolo» y el nazismo lo transformará en arma de propaganda imperialista y prueba de su compromiso con su base social. Llegará así al mundo musulmán, se islamizará y en versión islamizada encontrará público masivo cuando la pequeña burguesía árabe se sienta defraudada frente al fracaso del panarabismo -que había adoptado desde la guerra un antisemitismo no religioso también por influencia de la propaganda de guerra alemana- y la consolidación de Israel como estado. Desde entonces el antisemitismo fue de la mano de las vicisitudes de la propaganda imperialista rusa -cabeza y resultado de la contrarrevolución rusa- y del islamismo en sus distintas variantes, cabalgando siempre las frustraciones de una pequeña burguesía reaccionaria, afirmando en mayor o menor medida un proyecto más o menos particular de capitalismo de estado.

Pero no solo descubrimos las reaccionarias fuerzas de clase debajo de toda esta epopeya del horror. También descubrimos su relación directa con la contrarrevolución -tanto fascista como stalinista- y con la guerra imperialista. El «A cada parisino su alemán» del PCF en 1945 y el «Echemos los judíos al mar» de la propaganda palestina en 1967 expresan de manera casi idéntica la perspectiva genocida que late bajo la guerra imperialista.

Esa es la «esencia» del antisemitismo hoy, no importa su expresión -izquierdista o fascista, nacionalista o islamista-: los restos descompuestos de la contrarrevolución encantando de nuevo a facciones de una pequeña burguesía reaccionaria y alentando la pulsión genocida de la guerra imperialista que late con cada vez más fuerza en el estado.

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