4 cosas que la pandemia nos enseñó sobre el capitalismo en 2021

28 de diciembre, 2021

Colas de vacunación durante la noche en Madrid.
Colas de vacunación durante la noche en Madrid.

En 2021 se ha hecho evidente que la magnitud y duración de la matanza es producto de decisiones políticas que han supeditado las vidas humanas al sostenimiento de la rentabilidad del capital. Es más, las vacunas no han acabado con la pandemia ni con la aparición de nuevas variantes porque desde el principio su desarrollo y producción ha estado supeditado a la concentración de grandes capitales. La industria de la opinión, la «base de la democracia», se ha tenido que aplicar a fondo para sostener el criminal despropósito bajo el que vivimos.

Tabla de contenidos

La magnitud y duración de la matanza es producto de decisiones políticas que han supeditado las vidas humanas al sostenimiento de la rentabilidad del capital

Casos y muertes por Covid desde 2020 hasta ahora en el mundo

Cuando la ola de Covid de las Navidades pasadas llegó a su pico, en febrero, los números acumulados daban una escala del verdadero significado en vidas humanas del Covid: más de 2.200.000 muertos, cinco veces la población total de un país europeo pequeño como Malta. Muy probablemente se queden cortas.

En España las cifras oficiales acumulaban 61.386 fallecidos, pero solo durante 2020 el exceso de mortalidad había sido de más de 80.000 personas. Es decir, a esas alturas, hace poco menos de un año habrían hecho falta más de 6.600 años de atentados terroristas, 1.400 años de violencia de género o 20 de suicidios para producir una matanza similar.

Y sin embargo, la matanza no se distribuía homogéneamente. En China, origen de la pandemia, la estrategia de «Covid Cero» había contenido de modo efectivo la enfermedad. A día de hoy, el total oficial de muertes acumuladas en este país de más de 1.400 millones de habitantes es de «sólo» 4.636 personas.

No se trata de elogiar la actitud de la burguesía y la burocracia chinas. Si la matanza se contuvo no fue por humanitarismo ni consideración hacia su fuerza de trabajo. La burguesía china simplemente fue un poco menos miope que la de EEUU, Brasil, Argentina o Europa a la hora de calcular como minimizar daños a medio plazo en sus cadenas productivas. Y al hacerlo demostró que el alcance de la matanza -por no contar el del Covid persistente- era el resultado de decisiones políticas.

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Pero el marco global era aun más grave, la falta de medidas suficientes en EEUU, Europa y otros países de capital concentrado y la inaccesibilidad de las vacunas para el resto del mundo, permiten al virus seguir replicándose con libertad.

El resultado combinado de la decisión de no hacer confinamientos reales, de la incapacidad de la burguesía para articular respuestas universales y de la supeditación de la vacuna a los intereses imperialistas de cada capital, es la aparición de nuevas variantes mucho más mortales.

La pandemia y la clase trabajadora: qué aprendimos hasta ahora, 6 de febrero

Todo eso es lo que, como no podía ser de otra manera, estamos pagando ahora bajo la forma de una nueva ola.

Los confinamientos y restricciones de contacto social desde el principio han sido insuficientes y seguidos de desconfinamientos apresurados que evidenciaron las verdaderas prioridades: salvar la rentabilidad del capital antes que salvar vidas. [...] Pero, como venimos señalando desde el principio, la cuestión principal es que una pandemia significa una crisis global, y la burguesía es incapaz de dar respuestas universales a problemas universales.

Nueva ola de Covid: la pandemia no ha terminado, 16 de noviembre
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Las vacunas no han acabado con la pandemia ni con la aparición de nuevas variantes porque desde el principio su desarrollo y producción ha estado supeditado a la concentración de grandes capitales

Vacunación en Túnez

Desde el principio de 2021 quedó claro que la producción de vacunas, igual que había pasado antes con su desarrollo, estaba supeditado a la creación y capitalización de gigantes industriales farmacéuticos. Los retrasos en Europa, la política de contratos por adelantado y la restricción de la producción a unas pocas grandes fábricas, hacían evidente que el objetivo no era producir el máximo de vacunas cuanto antes, sino asegurar al capital alemán y el estadounidense un campo de acumulación sin «fugas» de dividendos hacia sus competidores.

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Solo esta estrategia permite explicar cómo un desarrollo financiado con participaciones de capital, subvenciones y contratos públicos de EEUU, UE y Gran Bretaña -que son activos financieros equivalentes a un crédito- pudieron dar por buena sin discusión la patentabilidad de las vacunas desarrolladas.

No es ni mucho menos una cuestión de «buen uso de los recursos públicos». La patentabilidad de la vacuna ha significado desarrollos más arriesgados y menos resilientes ante nuevas variantes, utilizar menos capacidad de producción que la disponible y hacer casi imposible la vacunación en las regiones de estados financieramente más débiles. En conjunto: centenares de miles de muertes evitables y el camino para que la enfermedad desarrolle variantes más agresivas.

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El desarrollo monstruoso de la «propiedad intelectual» es característico de los modos de producción decadentes, todos exacerban las formas de propiedad que le son características en un intento de enroque final.

Pero en este caso era demasiado obvio el coste como para no producir siquiera un cuestionamiento. A las patentes de las vacunas se debe que las farmacéuticas no produzcan más que en unos pocos países y continentes enteros queden desabastecidos. A las patentes, pensadas originalmente para asegurar la difusión de las innovaciones, debemos tasas de vacunación en los países semicoloniales «absolutamente inaceptables» según el Banco Mundial, que harían completamente imposible acabar con la expansión de la enfermedad, la masividad de las matanzas y la aparición de nuevas variantes, según la ONU y la OMS.

Cuando el debate se abrió finalmente, por la presión de Biden y EEUU, venía también supeditado a los mismos objetivos: no iba de salvar vidas ni de asegurar incentivos a la producción, sino de quién captaba y colocaba capitales con rentabilidad en los países de capitales nacionales más débiles.

EEUU veía una oportunidad en llevar capitales masivos a los estados periféricos para expandir su industria y recuperar influencia sobre los gobiernos -como intentaban también, con peores productos, China y Rusia. Huelga decir que Alemania y con ella la UE y la propia industria se resistieron como gato panza arriba y que el «debate» se extinguió tan pronto la propaganda global dejó claro el «buen corazón» del presidente estadounidense.

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El modelo de desarrollo y producción de vacunas Covid que la industria -y los estados- tenían en mente y aseguraron durante 2021 es el mismo que el de la insulina: un monopolio global que la propia OMS ha descrito como un «fracaso moral catastrófico».

Un monopolio que, a su momento, desistirá en la carrera contra las variantes si no ve una rentabilidad extraordinaria, como ya ha hecho con los antibióticos en la carrera contra las infecciones bacterianas.

Es el patrón general de la industria bajo la lógica de la acumulación: concentración de capitales para asegurar monopolios que a su vez produce concentración geográfica y escasez artificial.

La producción de varios bienes vitales para las cadenas de producción mundiales se encuentra limitada a unas cuantas plantas enormes, todas ellas controladas por ciertos capitales nacionales. Todo esto se vuelve evidente cada vez que sanciones y bloqueos trastocan el acceso de la industria mundial a los semiconductores, el cuasi-monopolio actual de ciertos países con la producción de vacunas contra el covid, la escasez de oxígeno para los pacientes de covid o la falta de acceso de muchos países semicoloniales a fármacos o productos tan básicos como los fertilizantes.

Las plantas químicas de hoy y la lógica fabril del capitalismo en el artículo «En el Comunismo... ¿No habrá grandes plantas químicas y gigantescas fábricas de industrias pesadas?», 9 de abril

La posición de los estados y los capitales invertidos en las grandes farmacéuticas es puro y simple imperialismo: tratan de asegurar un monopolio -compartido y forzado- sobre los mercados externos mientras concentran capitales de forma monstruosa aun a costa de la pérdida global de capacidades productivas necesarias para la humanidad en su conjunto.

Ejemplos: Pfizer restringió el acceso a la vacuna Biontech a los países semicoloniales, Moderna se negó a compartir el know how de los procesos y por tanto a producir fuera de sus propias fábricas... La OMS está alertando incluso de la falta de jeringuillas para todo tipo de vacunaciones por la acaparación de los países más capitalizados (EEUU, UE, China...).

Es decir, lo que la limitación artificial de la producción de vacunas y sus efectos nos han enseñado durante 2021 es que no solo los estados han supeditado las necesidades humanas más básicas -vivir, no contagiarse, no contagiar- a las necesidades del capital -mantener la producción y las ventas- sino que la salud de la economía (=acumulación) parasita la salud de los trabajadores y de la sociedad en su conjunto.

Es difícil un ejemplo más claro del antagonismo entre crecimiento (del capital) y desarrollo (humano) típico de los sistemas decadentes.

Las peores «fake news» nacen como mensajes oficiales... y no son inocentes

Londres: «Por favor, cree que esta época va a pasar». Mensaje propio de una dictadura que persigue siempre nuestra pasividad.

El desarrollo y restricción artificial de la producción y distribución de vacunas se inscribió, como no podía ser de otra manera en el agravamiento del conflicto imperialista entre China y EEUU. La pandemia se convirtió en parte de la guerra de propaganda. El supuesto origen en un laboratorio del virus, que originalmente había sido una estupidez conspirativa más de las usadas por la propaganda trumpista, fue recogida por Biden sin recato alguno y «ponderada» por sus aliados europeos con cara seria.

En realidad, el origen del virus está bastante bien localizado y documentado en un extenso artículo publicado en Nature. Más allá de eslabones en la cadena de transmisión/mutación, queda claro que el origen del Covid, como de la gran mayoría de epidemias zoonóticas -originadas en animales antes de afectar a los humanos- está en las condiciones que el capitalismo impone a la producción ganadera y a la supervivencia del campesinado. Ni el capitalismo chino ni el global salen bien parados de la historia real. Tampoco los cuentos ecologistas.

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Pero la ceguera de los medios globales para los estudios que publicaban las revistas científicas y su insistencia en la «fake news» trumpista de la que se habían burlado originalmente y que ahora pasaba a ser «seria» e «inquietante» al ser repetida por Biden, no era ni novedosa ni inocente.

Cada fase y ola de la pandemia ha tenido su «fake news» característica, insinuada cuando no lanzada en la mayoría de los casos por los propios gobiernos y sus «expertos» y machacadas por los medios y la industria de la opinión. Casualmente, estas mentiras coincidían con lo que hubiera sido bueno que fuera verdad para unas políticas epidemiológicas desastrosas.

Por ejemplo, todos recordamos como en plena subida exponencial de contagios y muertes durante la primera ola, nos decían que la mascarilla no era necesaria. Era cuando el estado no podía garantizar el abastecimiento ni siquiera a los sanitarios, que tuvieron una mortalidad brutal. Luego trataron de dividirlas entre «solidarias» -las que menos protegían pero que se producían por una empresa nacional en convenio con el estado- e «insolidarias», la FFP2... que el propio estado acabó regalando después.

Cuando el objetivo era evitar los confinamientos a toda costa para mantener a los trabajadores produciendo, nos decían que no había contagios en el transporte público. Obviamente, no es un espacio en el que se puedan trazar los contactos pero eso no significa que no los haya.

Cuando el objetivo era «la vuelta a clase» de los niños para facilitar la disponibilidad laboral de los padres, vino toda una campaña para mostrar que a fin de cuentas no era «tan grave» que los niños se contagiaran... invisibilizando además que convivir con niños era y sigue siendo uno de los principales determinantes de contagio entre adultos.

Cuando quisieron reanimar los teatros lanzaron el eslogan «la cultura es segura», como si el contagio del virus dependiera de los contenidos que uno disfruta y no de las formas de socialización.

Y así hasta ahora, cuando nos dicen, sin evidencia científica que Omicron «podría ser el principio del final»... sin prueba ni estudio alguno que demuestre ningún patrón de evolución del virus; o cuando dicen que hasta su aparición «ya se veía el final del virus» cuando hasta la OMS se ha cansado de repetir que sin extender la vacunación por todo el mundo es absurdo esperar que dejen de aparecer nuevas variantes y olas.

La lista es, a estas alturas, interminable y prácticamente idéntica en todo el planeta con sólo pequeñas variaciones por país. Pero no por larga ni universal es menos ignominiosa.

Hay que reconocer a los medios que no han dejado de promover la confianza en «la ciencia» en medio del delirio antivacunas de la pequeña burguesía más desesperada y reaccionaria. Pero es una confianza irreal, mágica, que exonera una vez más a los gobiernos por su inacción.

Por ejemplo, ¿para qué sirven las vacunas? Para frenar drásticamente la transmisión y reducir significativamente la gravedad media esperada de los casos que se produzcan. No son magia, no eliminan ni el riesgo individual ni el social.

Son eso sí, una herramienta poderosísima para utilizar contra la pandemia bajo dos condiciones: su universalización y la toma de medidas complementarias tendentes a reducir contagios -confinamientos y cierres- y mejorar los tratamientos -inversión en hospitales y desarrollo farmacológico. Pero ninguna de esas cosas se ha hecho. Los medios de hecho han vendido la vacunación como alternativa a tomar medidas reales para llegar al «covid cero» dentro de cada país. Y eso también era una «fake news».

El elemento en común de todos estos mensajes propagados masivamente por la industria de la opinión, supuesto «corazón de la democracia», fue siempre el mismo: hacer aceptable el sacrificio de vidas y necesidades para salvar «salud de la economía», es decir, la buena marcha de los negocios del capital nacional en todas sus ramas privadas, estatalizadas o intervenidas. Lo que en pandemia significa aceptar pasivamente la matanza y el desastre humano con tal de evitar la muerte de los beneficios.

Lo que quedó claro durante 2021 es que el negocio de la opinión es en realidad un instrumento más del imperio de un interés particular -el de la acumulación- sobre el conjunto social. Es decir, una pieza fundamental y militante de lo que sólo puede definirse como dictadura.

Y es que no hay caminos intermedios y menos en pandemia: dictadura de la ganancia o dictadura de las necesidades humanas. De momento, tenemos la primera en todo el mundo y a un coste humano enorme.

La alternativa sólo puede venir de los trabajadores

Manifestación de profesores en Italia: «DAD (Didáctica a Distancia) NO, Vacunas SI»

En realidad, desde marzo de 2020 sólo una fuerza se enfrentó a todo este desastre intentando imponer las necesidades humanas universales sobre la lógica atroz de la ganancia. Y desde luego no fue porque el sistema no reaccionara. Ya hemos visto qué hicieron los medios. Vimos incluso como en Francia e Italia no pocos sindicatos se unían al «antivax» y el feminismo ponía su parte.

Durante el primer año de pandemia los trabajadores reaccionaron en buena parte del mundo para exigir que las necesidades humanas universales dirijan la lucha contra la pandemia porque no tienen otros intereses directos que esas mismas necesidades.

Desde marzo pasado hemos seguido un ascenso de las huelgas del Covid en todo el mundo. En sectores como la enseñanza o la sanidad pero también en las grandes fábricas, las reivindicaciones han estado centradas en imponer cierres y condiciones de trabajo que impidieran la propagación. En otros, la reivindicaciones de seguridad vital mínima se han ido expandiendo para cubrir la imposición de medidas de recuperación (de las ganancias) a costa de los trabajadores.

Hasta el momento estas luchas representan la mayor oleada mundial de huelgas en 30 años. Y aun así, a pesar de obtener victorias parciales, no han conseguido torcer globalmente la estrategia de la burguesía y sus gobiernos en todo el mundo.

Sin embargo, sí han mostrado a una clase trabajadora que lucha prácticamente sincronizada por lo mismo en todo el mundo: afirmar los intereses universales, la vida, contra la lógica abiertamente anti-humana y anti-histórica del capital. Una clase trabajadora capaz de superar la atomización exacerbada por la pandemia y el riesgo de contagio, el apagón informativo más brutal visto fuera de tiempos de guerra y en no pocos casos de superar el tapón sindical.

La pandemia y la clase trabajadora: qué aprendimos hasta ahora, 6 de febrero

Y sin embargo, durante el segundo semestre de 2021 las «huelgas del Covid» desaparecieron. ¿Qué significó eso? ¿Qué cabe esperar? En nuestro último informe de resumen de 2021 nos centraremos en lo que nos mostró y nos dejó la lucha de clases durante 2021.

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