23F: una crítica comunista

23 de febrero, 2021 · Historia

23F Tejero asalta el Congreso.

40º aniversario del 23F: el Congreso celebra la conmemoración como si fuera una fiesta nacional y los telediarios vuelven a abrir con las imágenes de Tejero y un joven rey Juan Carlos. El estado quiere revitalizar el mito que legitimó al régimen del 78 y la monarquía. Los medios se afanan en encontrar nuevas exclusivas y la radio y las televisiónes públicas se vuelcan en producir nuevos contenidos. Pero ¿qué fue realmente el 23F? ¿Qué consecuencias históricas tuvo? ¿Qué significó para los trabajadores?

Tabla de contenidos

La historia oficial del 23F

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La historia oficial del 23F es que el golpe fue producto de una conspiración entre militares franquistas enfrentados al rumbo tomado por la Transición (autonomías, legalización del PCE, posibilidad de un gobierno de izquierda, auge del terrorismo, etc.), que pretendían suspender la Constitución del 78, reprimir masivamente a la oposición de entonces e imponer una junta militar.

Según esta versión, el rey Juan Carlos paró el golpe al llamar uno a uno a los jefes de las regiones militares, desmarcarse de los movimientos de dos de sus hombres de confianza en el ejército de Tierra -el General Armada y el General Milans del Bosch, que había tomado Valencia- y reclamarles su lealtad personal.

Las historias oficiosas del 23F

Historias oficiosas hay muchas. La mayoría de ellas coinciden en denunciar la participación del rey Juan Carlos de una manera u otra en la trama político-militar que organizó el golpe.

La más documentada -y subversiva para la historia oficial- es la que aparece en un libro de Pilar Urbano, paradójicamente una periodista cercana durante mucho tiempo a la Casa Real y miembro del Opus Dei que entrevistó exhaustivamente a todos los protagonistas del momento y especialmente al entonces presidente del gobierno, Adolfo Suárez.

Según la versión de Urbano, el golpe nace de la Operación Armada, un intento del rey Juan Carlos de apartar a Suárez y formar un gobierno de concentración nacional con todos los grandes partidos atlantistas -PSOE incluido- alrededor de su amigo y tutor el General monárquico Alfonso Armada, quien además pensó en incluir en su gobierno incluso a un ministro del PCE, Tamames. El rey habría fomentado el ruído de sables para empujar a Suárez a entregar el poder a un nuevo gobierno en vez de convocar elecciones como quería. Suárez finalmente dimitió y su partido, la UCD, contra su criterio, intentó formar un nuevo gobierno en el Parlamento presentando a Leopoldo Calvo-Sotelo.

Pero la trama militar siguió en marcha en parte por inercia y en parte por ambición personal de Armada. Cuando estalló, resultaba ya inútil a los objetivos de la monarquía y -aunque se dejaran ver las dudas reales en las primeras horas- el rey finalmente se opuso al golpe que él mismo había incitado, jugando un importante papel en frustrarlo.

Según la periodista el detonante del 23F fue la presión de EEUU para sacar a Suárez de Moncloa. Para Washington era prioritario incorporar España a la OTAN y el presidente se oponía. Alrededor de este eje se agruparon descontentos, nostálgicos y arribistas con agendas propias.

La interpretación de Urbano se apoya también en que el gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo surgido tras el golpe firmaría la incorporación española a la OTAN y el PSOE cambiaría su posición sobre la participación en la alianza militar.

La semana después y la manifestación del 27F

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Pero el 23F como mito político no fue en ningún caso un intento deliberado por justificar ideológicamente un giro del estado ni un mayor encuadramiento en el bloque estadounidense. Fue más bien un feliz accidente que nace de la necesidad de crear un relato exculpador para el rey y los partidos que habían conversado con Armada en las semanas anteriores.

Este relato, verdadero mito fundacional del régimen del 78, es originalmente una forma de salir del paso frente a los rumores del momento. Pero se constituye en mito duradero muy pronto y casi accidentalmente. Desde la misma noche del 23F la prensa se ceba en el miedo a una represión militar masiva y construye una pacata oposición democracia-dictadura militar que no había acabado de cuajar hasta entonces.

Cuando los partidos se dan cuenta del efecto, convocan una manifestación de unidad nacional el día 27 en Madrid. El relato en El País es muy significativo del éxito de la operación ideológica impulsada por radios y periódicos y de cómo se suben a ella los partidos.

La libertad, la democracia y la Constitución congregaron ayer, en Madrid, a la mayor manifestación celebrada jamás en la historia de España. Un millón y medio de personas, aproximadamente, ocuparon todo el recorrido de la marcha -entre la glorieta de Embajadores y la plaza de las Cortes-, junto con la totalidad de las calles adyacentes, edificios en construcción, árboles y cualquier lugar donde podía situarse una persona.

El inmenso gentío transformó a la cabeza de la manifestación en «centro» de la enorme concentración humana, con masas delante y detrás que gritaban «Viva la libertad», «Viva la democracia» y «Viva el Rey», puesto que fue imposible mantener el silencio que inicialmente habían pedido los organizadores. […]

«El pueblo unido jamás será vencido», «Democracia y libertad», «Democracia sí, dictadura no», fueron eslóganes que se repitieron en todo el recorrido. […] Un anciano, con el puño izquierdo cerrado y en alto, sostenía una pancarta en la que se leía «Viva el Rey».

Los líderes políticos que encabezaban la manifestación animaban a los ciudadanos que se agolpaban a lo largo del recorrido para que corearan los gritos de «Libertad», «Democracia» y «Constitución». Pero la respuesta obtenida cada vez hacía referencia al deseo popular de «democracia, sí; dictadura, no».

En un determinado momento, el secretario general del PSOE, Felipe González, tomó un megáfono, e intentando superar las voces de los manifestantes, gritaba sin cesar: «Libertad, libertad, libertad». Santiago Carrillo, a su lado, le seguía en los gritos, mientras saludaba a su alrededor.[…]

Felipe González, aplastado contra las barreras de la Policía Nacional, sopló a Rosa María Mateo, al final de la manifestación, los gritos de «¡Viva la libertad!» y «¡Viva la Constitución! », que no estaban previstos al final del texto de la alocución unitaria de los partidos y que fueron repetidos por la locutora de Televisión Española.

Rosa Mateo, finalizada la lectura del mensaje, se dispuso a bajar de la pequeña tribuna cuando el primer secretario del partido socialista le gritó, estimulándola para que volviera y diera los vivas, a los que ella añadió un final «¡Viva España!».[…]

Al comienzo de la manifestación, Felipe González dijo: «Esperamos que esto sirva para que los militares se den cuenta de una vez de que el pueblo quiere la democracia». Uno de los líderes de AP, Jorge Verstrynge, dijo que esta manifestación significa «la contención del golpe militar y el grito unánime de no pasarán». En el paseo del Prado, Santiago Carrillo, absolutamente emocionado, dijo a EL PAIS que era «la manifestación más grande que he visto en mí vida, y eso que yo he visto muchas».

La manifestación más grande de la historia de España desfiló ayer por Ias calles de Madrid. El País, 28 de febrero de 1981

El efecto es tan abrumador que la izquierda extraparlamentaria -y el PCE como gran partido– dejarán de ser necesarias para legitimar el sistema y el aparato político. La democracia española no necesitará durante muchos años quien diga que otra democracia es posible para enganchar a su rueda a los descontentos.

Es muy significativa una nota de acompañamiento a la noticia de la manifestación en El País, aquel mismo día. Se titula La policía disolvió a un pequeño grupo de extrema izquierda y relata el momento Waterloo de la LCR (ahora Anticapitalistas), entoces el mayor grupo político sin representación en el Parlamento, durante aquella manifestación. La policía carga contra ellos cuando intentan formar un cortejo propio antes de unirse a la manifestación general, a pesar de haberlo pactado con los convocantes. Nadie les defiende.

Cuando finalmente se mezclan en la riada general e intentan corear sus consignas contra el rey y por la depuración de los mandos militares, los manifestantes les mandan callar cuando no les echan.

El aparato político característico del llamado régimen del 78 surge entonces: todas las fuerzas contrarias a la Constitución quedarán fuera de la foto parlamentaria en las elecciones de 1982. A mi izquierda, el abismo, sentenciará el que pronto se convertirá en vicepresidente del gobierno socialista, Alfonso Guerra. A la derecha pasará lo mismo. La AP (luego PP) de Manuel Fraga absorbe un voto nostálgico que se siente avergonzado. La extrema derecha franquista y nacional católica de Fuerza Nueva, perderá también en el 82 su único diputado.

El significado histórico del mito del 23F para los trabajadores

Número de huelgas en España desde 1975

La extensión masiva del mito del 23F es el segundo acto de una derrota ideológica en toda regla. El primero fue la campaña por la Constitución del 78. Entre ambas, como vemos en el gráfico de arriba, se rompe una larga oleada de luchas que empieza en los años sesenta.

Participación de los salarios en la renta española desde 1978. La participación del trabajo en el reparto del PIB se resiste hasta el 81. Tras el 23F cae en picado hasta 1987, comienzo de una nueva crisis y una nueva tanda de reconversiones. Los picos y subidas temporales reflejan nuevas crisis. La participación salarial sube porque los beneficios caen y los gobiernos aun no han tenido tiempo de instaurar «reformas» para atacar aun más a los salarios y condiciones de trabajo.

Si las luchas se recuperan, al menos númericamente tras el referendum constitucional, a partir del 23F bajan en picado. Cuando haya remontes serán en realidad huelgas de cierre, bien organizadas por los sindicatos, mano a mano con el gobierno socialista, para hacer tragar las reconversiones y la desindustrialización limitando toda resistencia a la negociación de condiciones de despido.

El mito del 23F marcó a dos generaciones de trabajadores. No porque desapareciera la izquierda del PCE -que ningún bien hacía a las luchas y el desarrollo de la consciencia de clase– sino porque las ató a la defensa de la democracia.

La interiorización masiva de que defender la democracia era el primer objetivo y necesidad de los trabajadores abortó cualquier desarrollo de las luchas frente a las reconversiones industriales. La transferencia de rentas del trabajo al capital y el arranque de la precarización, entonces casi exclusivamente juvenil, se imponen sin que la resistencia de los trabajadores pueda afirmar sus propias formas de organización y una alternativa de clase a la modernización del capital.

Al contrario de lo que nos dicen podemitas, stalinistas y demás, es la derrota ideológica la que hace innecesaria a la izquierda, no la falta de eco de la izquierda del PSOE la que lleva a las derrotas.

¿Por qué vuelve el 23F?

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La crisis de 2009 fue el detonante de una serie de movimientos de la pequeña burguesía, que desde el 15M y el boom de Podemos a la independencia fake de Cataluña y la reaparición de Vox han puesto en crísis el aparato político de la burguesía española. Una crisis que, como han mostrado las recientes elecciones catalanas, no consigue por el momento acabar de cerrar.

Este divorcio y radicalzación de la pequeña burguesía ha sido pareja a una proliferación de las batallas internas en el seno de la clase dirigente, reflejando y alimentando fracturas a distintos niveles. Se han hecho públicos todo tipo de escándalos y los consensos ideológicos del régimen del 78 se han deteriorado gravemente. Entre ellos el consenso sobre la monarquía. El verdadero gambito de rey del exilio del rey Juan Carlos está lejos de haber bastado para calmar aguas.

Pero nos equivocaríamos si interpretáramos el actual intento de rescate y actualización del mito del 23F exclusivamete en términos de recuperación del rey Juan Carlos o incluso de rescate de la monarquía. La pequeña burguesía no tiene fuerza como para imponer por sí misma el cambio de la forma de gobierno. De hecho ni siquiera es unánimemente republicana: Vox, representativa de cierta pequeña burguesía aznarita, nacionalista y neoliberal, se ha convertido en una ruidosa reivindicadora del juancarlismo, demostrándose otra vez en las antípodas del populismo ultraderechista europeo.

La cuestión de fondo es que de una manera u otra -independentismo periférico, republicanismo podemita y juancarlismo voxita- erosionan no solo el aparato político y su legitimidad, sino la idea de la necesidad de sacrificarse para defender la democracia que los trabajadores han interiorizado durante cuarenta años.

Lo que la burguesía española quiere ahora es lustrar el mito democrático. Por eso intenta recuperar su relato de los orígenes. No para salvar a Juan Carlos, sino a pesar de no tener intención de hacerlo.

Estamos solo en el comienzo de la mayor crisis económica desde hace un siglo. Y piensan reanimar el capital nacional como siempre: atacando las condiciones de vida y las necesidades más básicas de los trabajadores. Solo que ahora ese ataque tendrá, probablemente, mayores dimensiones que nunca hasta ahora. Saben que las luchas y la resistencia de los trabajadores son inevitables. Así que el objetivo no es tanto apuntalar la monarquía como reafirmar el consenso democrático capaz de mantener en la impotencia cualquier lucha.

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