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2021: De las «huelgas del Covid» a la confrontación con los sindicatos

30/12/2021 | Informe anual

2021 vio el final de las «huelgas del Covid» pero también la aparición prometedora de luchas masivas en nuevas regiones y no pocas lecciones útiles y señales de lo que viene.

Los grandes números

A lo largo de 2021 y hasta el 29 de diciembre, registramos en nuestro canal huelga 16.935 huelgas. En 22 países se concentraron más de 100 y en 4 (India, Francia, Ceilán y Argentina) más de 1.000. El mapa cambia centralidades sin embargo cuando miramos las huelgas salvajes registradas, que se concentraron en Irán, EEUU, los grandes países hispanófonos, Francia y Argelia.

Los movimientos más destacados de 2021

Las últimas «huelgas del Covid»

Profesores de Sidi Bel Abbès protestan rompiendo el control sindical y denunciando la relación entre Covid y escuela.

El primer semestre del año estuvo marcado por la última oleada de «huelgas del Covid», concentradas en los sistemas sanitarios y escolares.

Las luchas más relevantes tuvieron lugar en Italia y Francia donde aparentemente, los sindicatos se movieron hacia posiciones más combativas por la presión de los trabajadores. Pero en realidad fue un movimiento táctico que se disolvió en la nada tan pronto, a base de grandes movilizaciones nacionales, sintieron que habían recuperado el control del descontento.

Esto fue tanto más claro en Argelia, donde los trabajadores tuvieron fuerza para saltar sobre el cerco sindical. Ante la huelga salvaje, el estado se apresuró a pagar parte de los salarios atrasados y los sindicatos corrieron a la zaga de la clase, desesperados por llamar a asambleas de huelga controlados por ellos con las que esperaban recuperar el control.

En América del Sur los sindicatos aplicaron una estrategia similar llevándola aún más lejos. En Colombia, la organización de paros nacionales se planteó sobre una base organizativa diseñada para dar protagonismo a la pequeña burguesía, un programa nacionalista «transversal» y nunca se ocultó la vocación de centralizar movimientos y protestas con la vista puesta en el reforzamiento del bloque «progresista» en las próximas elecciones.

Sobre ese terreno, la movilización por masiva que sea, por valiente y heroicamente que enfrente una represión asesina y clasista, no puede acabar sino en legitimación en las urnas de lo mismo de siempre con algunos añadidos discursivos y los mejores deseos de una economía más igualitaria o una policía no represora... Patrióticas contradicciones en los términos donde lo que queda es siempre lo sustantivo: la economía, es decir, la acumulación de capital... y la policía con balas desnudas.

Protestas en Colombia, 13 de mayo

Centralizar para encuadrar, desnaturalizar y desorganizar cualquier expresión autónoma de los trabajadores fue la estrategia de las grandes centrales en la mayoría de los países. Donde funcionó, como en Colombia, e incluso donde no arrastró al grueso de los trabajadores, como en Grecia, fue determinante para cerrar, salpimentando con veneno nacionalista, la oleada de luchas masiva pero dispersa que se abrió en 2020.

No fue la única estrategia desarticuladora a la que se enfrentaron los trabajadores. La izquierda también ensayó, ya en esta etapa, las armas que irían cobrando cada vez más importancia durante este año y que encontraríamos de nuevo, por ejemplo, en la huelga del metal en Cádiz, España.

En Argentina, la colaboración de sindicatos e izquierda trotskostalinista, había ofrecido un verdadero despliegue de tácticas para azuzar la atomización y cimentar la impotencia de los movimientos huelguistas que habían venido surgiendo en respuesta a los impagos salariales y las condiciones de trabajo durante las tres primeras olas Covid.

La técnica de movilización de la izquierda consiste en mantener en movimiento y dispersos a los trabajadores. Mucho piquete, mucho corte de ruta y movilizaciones segmentadas por categorías y oficios. Todo con tal de evitar el llamado a asambleas abiertas para que la extensión de las luchas se haga real y confluyan los trabajadores en lucha en la sanidad con desmotadores, docentes, petroleros, mineros, pesqueros, administración e involucrar a toda la comunidad de familias trabajadoras que hace uso de los hospitales y las escuelas.

Es precisamente el sentido contrario al que podría imponer una posición de fuerza por parte de los trabajadores.

Cómo los sindicatos y la izquierda sabotean la extensión de las luchas, 22 de abril.

Los trabajadores del antiguo bloque ruso ensayan caminos de afirmación como clase

Huelgas en Georgia. Trabajadores del hidrógeno de Rutavski.

En abril, mientras Rusia y la OTAN daban comienzo a una nueva escalada de tensión en la frontera ucraniana, los trabajadores de ambos lados de la frontera del Donbass marcaron su propia alternativa con fuerza.

Aunque lo realmente importante -y que frenó de hecho la escalada militar durante meses- es que el movimiento se produjera a ambos lados de la frontera, las huelgas en el lado ruso fueron puestas a prueba -y resistieron- la represión feroz de unas republiquetas-empresas dedicadas a explotarles y rapiñarles al máximo bajo un régimen de verdadero terror mafioso. Todo ello creado para asegurar a la burguesía rusa el negocio de desmantelar la industria local sin pagar ni siquiera los salarios de miseria contratados.

A las pocas semanas, bajo condiciones que tampoco eran precisamente las óptimas, Georgia sufrió lo que la prensa rusa llamó una «epidemia de huelgas» y que no fue en realidad sino una vuelta de la lucha de clases con tentativas y ensayos muy serios de extensión y auto-organización de las luchas. Una tendencia que vimos también con fuerza en Kazajistán en julio.

Era inevitable recordar lo sucedido un año antes, durante la crisis en Bielorrusia, cuando los trabajadores se hicieron presentes con voz propia sobre el tablero hasta entonces dominado en exclusiva por el gobierno -y sus asesores rusos- y la oposición -y sus asesores OTAN. Pero las dificultades para afirmar un programa propio frente a ambos acabaron por dejar el movimiento a la deriva hasta el naufragio.

En este tipo de situaciones, en las que los trabajadores se ven llamados por dos facciones de la clase dominante en conflicto, no basta con no casarse con ninguno de los bandos y sus aliados imperialistas. Es perentorio combatir a los dos desde el primer momento y con una plataforma programática clara. Y esto es prácticamente inaccesible sin auto-organización desde centros de trabajo y barrios y sin extensión de luchas y asambleas. Sin eso, el veneno nacionalista penetrará y desmantelará cualquier posibilidad de evolución útil para imponer las necesidades humanas universales.

Y si hacía falta ilustrar esta lección de un modo contundente, ahí quedaron para el recuerdo las protestas de julio en Cuba y su absoluta impotencia política.

A los imperialismos rivales del maltrecho capitalismo cubano le resulta tan cómodo como a la clase dirigente cubana, colgarse la medalla y atribuir la inspiración de las protestas en Cuba a los plañideros vídeos patrióticos de los millonarios disfrazados de lumpen que llegan del exterior. Es el terreno básico de entendimiento entre unos y otros: gane quien gane, pase lo que pase, seguirá habiendo una patria, se prometen. Y es lógico, la patria no es otra cosa que el alineamiento de la sociedad entera con los intereses del capital nacional, es decir, el sometimiento y sacrificio de los trabajadores para... hacer más rentable su propia explotación.

Es normal que gobierno y oposición compitan en patriotismo. Mientras las protestas en Cuba acepten como propio ese terreno a todo lo que podrán aspirar es a un cambio en la dirección de su propio hambreo, posiblemente, de la mano de nuevas alianzas imperialistas. No hay patria y vida, patria siempre es hambreo y muerte.

Para sacar de ese callejón sin salida real a las protestas en Cuba, los trabajadores han de ganar su propio terreno. No disolverse en el pueblo sino luchar como trabajadores contra el régimen.

Protestas en Cuba, 12 de julio

EEUU, Gran Bretaña y la «escasez de mano de obra»

Trabajadores en huelga en Kelllogs denunciando las jornadas de 12 horas durante la pandemia.

En EEUU, Gran Bretaña y en menor medida la UE, la cacareada recuperación se tradujo en inflación que aseguró la bajada de los salarios reales, mientras las coberturas médicas y la explotación incrementaban de la mano de falsas reducciones de jornada.

El resultado inevitable, especialmente en EEUU fue un aumento de la precariedad cuyas consecuencias más trágicas pudieron verse durante la ola de tornados y lo que las empresas llamaron «escasez de mano de obra».

La famosa «escasez» de la que los medios hablaron durante meses no fue sino la expresión de que, a diferencia del mensaje habitual, las «rigideces» en la fijación de salarios son el resultado de las estructuras y equilibrios entre grandes monopolios, no de unas inexistentes «protecciones del trabajador».

Básicamente la escasez de mano de obra no se está resolviendo a través de subidas salariales por dos causas.

La primera es que en un sistema controlado por grandes monopolios y precios de referencia impuestos por el estado, no existe nada parecido al modelo teórico del «mercado competitivo» con el que los economistas pretenden explicar la fijación de precios y salarios como si fuera de abajo a arriba.

Por el contrario, los precios se fijan desde «arriba», es decir desde los sectores de mayor concentración de capital, hacia «abajo», los sectores de menor capitalización y rentabilidad. Es lo que hemos visto en Gran Bretaña con los camioneros. Pero también lo que vemos en Corea con los agricultores: los grandes distribuidores tienen sus contratos cerrados a largo plazo con sus proveedores, si estos elevan el coste de sus insumos su rentabilidad desaparece.

La segunda causa es que cuando en los sectores que pueden repercutir costes más fácilmente en el consumidor final se producen subidas salariales, como en las grandes superficies o los centros logísticos, la inflación se come las subidas salariales y reduce el salario real por hora... agravando la situación de los trabajadores, porque muchos de esos salarios están por debajo del coste real de supervivencia.

Escasez de mano de obra: FAQ y más, 18 de octubre

En este marco, lo que de particular tuvieron las huelgas de camioneros británicos fue que dejaron al descubierto el papel de los sindicatos en este juego monopolista que suelen vestirnos de «diálogo social».

Ayer comenzaron a aparecer noticias sobre el movimiento hacia la huelga en Hoyer, la empresa de camiones cisterna que transporta los combustibles hasta las gasolineras de BP. [...] Unite, el sindicato mayoritario en Hoyer está haciendo todo lo posible por esterilizarla.

Para rematar, la votación no es de todos los trabajadores de la empresa... sino solo de los miembros del sindicato. Y lo que es aún más importante, según la costumbre sindical, la votación no será en asamblea ni a mano alzada. Es decir, intenta mantener a toda costa la atomización evitando que la decisión tome un sentido colectivo, que sea la decisión de los trabajadores como un todo, para presentarse como una mera coordinación de voluntades individuales.

No es difícil entender el por qué de estas cuatro cosas: es la forma de evitar que los dirigentes sindicales estén sometidos a los trabajadores.

No es su negocio ayudar al desarrollo de las luchas. Su negocio es mediar la venta de fuerza de trabajo aspirando a convertir la organización de la que son cuadros profesionales en un monopolista más dentro del gran juego de capitales que determina precios y salarios.

Cobrar por organizar fuerza de trabajo en la producción es lo mismo que hace un directivo de cualquier compañía. El directivo asalariado es la forma característica de la burguesía corporativa en el capitalismo de estado bajo el que vivimos. ¿Qué cabe esperar de la burguesía corporativa... sindical?

De ese modo, los sindicatos en realidad abortan la organización de los trabajadores corporativizándolos para encauzar las ganas y la necesidad de luchar hacia un terreno que en realidad simplemente organiza el mercado de trabajo, no la lucha por las necesidades universales de los trabajadores. Como en el mercado, en el sindicato todo el conjunto de posibilidades se resume al resultado de oferta y demanda en un juego trucado.

La «escasez» de mano de obra, los sindicatos y la moral de los trabajadores, 28 de septiembre

Señales de lo que viene

Los sindicatos defendiendo cada vez más abiertamente la rentabilidad de las empresas frente a las necesidades básicas inmediatas de los trabajadores

Durante la huelga en Kelloggs los sindicatos no solo dividieron a las palantillas, también lanzaron mensajes xenófobos contra los trabajadores mexicanos que supuestamente «roban el trabajo» de las plantas estadounidenses cuando son explotados por la misma compañía en México.

La huelga en Kellogg's en EEUU este mismo mes, tras rechazar los trabajadores el acuerdo entre empresa y sindicatos nos dejó lecciones muy claras de cuáles son las prioridades sindicales y por qué, cada vez, van a estar más abiertamente enfrentada a los trabajadores.

En realidad, todo discurso sindical sobre la duración de las jornadas laborales es engañoso. El sindicato supedita el tiempo de trabajo, como los salarios, a su rentabilidad para el capital. Por eso es perfectamente coherente cuando propone recortar jornadas y cuando avala los intentos de las empresas para forzarnos a trabajar horas extras para que no tengan que contratar a nadie más.

No es una cuestión de ningún sindicato o país en concreto. Lo vemos en todo el mundo, en todos los sectores y desde hace mucho tiempo.

Por un lado, los sindicatos son organizaciones que venden fuerza de trabajo. Su «negocio» consiste en la discusión del precio y duración de nuestro tiempo de trabajo, empresa por empresa y sector por sector. Se supone que si consiguen mejores condiciones y precios sindicarán más trabajadores y se acercarán al objetivo de representar al conjunto los trabajadores en las negociaciones. Su objetivo es ser un monopolio equivalente al del acero o la energía que se sienta a negociar precios y cantidades con una serie de clientes… con cuya buena marcha, como cualquier proveedor industrial, están comprometidos.

Por eso, como ellos mismos reconocen, sindicatos y empresa son indistinguibles en sus objetivos principales: mantener la rentabilidad del capital invertido en la empresa y, de manera general, en el país. Incluso durante el período en que los sindicatos promovieron las pensiones y los beneficios sociales, fue con la intención de pacificar a los trabajadores que consideraban esenciales para ganar la segunda guerra mundial y la guerra fría, como los trabajadores del ferrocarril o los de la industria de la automoción.

La cuestión es que hace ya mucho que el capitalismo en general no puede mantener la acumulación de capital, que es la base del sistema, sin erosionar cada vez con más furia las condiciones de los trabajadores. Así que los sindicatos se convierten en gestores de recortes y precarización. ¿Cómo no va a apoyarles ahora más que nunca Biden, que es el responsable político último de la «buena marcha de los negocios» del capital nacional?

El problema es que, como vemos en Kellogg's y en todas las empresas y países, «la buena marcha de los negocios» es cada vez más antagónica de la satisfacción de las necesidades de los trabajadores, que son por otro lado, necesidades universales: trabajar menos horas, a ritmos más humanos y poder pagar los consumos básicos necesarios para tener una vida física y mentalmente sana.

Pero los sindicatos no pueden renunciar a la «buena marcha del negocio» que al final es su cliente. Canalizar la lucha por imponer nuestras necesidades más básicas a través de los sindicatos es intentar salvarse de un naufragio agarrándose al ancla del barco que se hunde. Ni los sindicatos ni sus métodos nos defienden ya... y no lo harán en el futuro. Es la hora de otros medios y otras formas.

La huelga de Kellogg’s, los convenios por niveles y los objetivos de los sindicatos, 15 de diciembre

Por si hubiera dudas, tras acabar imponiendo los sindicatos una versión apenas retocada de la propuesta rechazada por los trabajadores, un email filtrado de la empresa descubría el juego abiertamente: lo que los sindicatos y la izquierda habían presentado como una victoria para conseguir el fin de la movilización, no variaba un ápice los costes de la compañía ni mejoraba la situación de los trabajadores. La propuesta sindical siemplemente «movía dinero de un rubro a otro» sin conceder nada.

La capacidad de sacar adelante las luchas dependerá cada vez más de las formas de organización de partida

Asamblea de trabajadores durante la huelga del metal en Cádiz

Es lo que nos enseñó la huelga del metal en Cádiz el pasado noviembre. Quedó claro entonces que los objetivos sindicales supeditan las necesidades de los trabajadores a las exigencias del beneficio en la empresa, pero también que sin asamblea de huelga y un comité de huelga real, el pasteleo a puerta cerrada es inevitable, que el voto secreto es una forma de atomizar y aislar a los trabajadores del control de su propia huelga y que el llamado «sindicalismo radical» sólo radicaliza la desmoralización y el aislamiento de los trabajadores más comprometidos.

Como los sindicatos son lo que son -aspirantes a monopolistas de la fuerza de trabajo en virtud de la ley- todas sus «negociaciones» estarán supeditadas a los beneficios de la empresa. Son «técnicas» y a puerta cerrada porque, ellos mismos se ven como gestores con una política alternativa para los mismos fines.

Cuando finalmente el pasteleo llega a un «preacuerdo», tanto más pobre cuanto más teman perder el control y que la huelga se extienda, los «sindicatos combativos» llamarán a los trabajadores más comprometidos por la lucha a «seguir por su cuenta» al margen de las asambleas. Acabarán de ser agotados y les harán sentir aislados, sembrando desconfianza y división durante una temporada.

El primer objetivo de toda huelga es constituir una asamblea de trabajadores única y un comité de huelga real, continuamente renovado. Solo la asamblea general de huelga puede decidir capitular o seguir.

En una huelga lo primero es establecer una asamblea real unitaria de todos los trabajadores, luego que esta dirija la extensión de la lucha a otros centros y sectores para poder cambiar las condiciones generales de trabajo, única forma de imponer las necesidades de los trabajadores a las «necesidades de los beneficios» que los sindicatos dan por hechas.

La unidad que importa y que es fundamental para todo ese proceso es la de los trabajadores. La «unidad sindical» será, desde el primer momento, el principal enemigo de esa centralización de todo en todos. Pero después, para hacernos tragar, vendrá la «división sindical»... para dividirnos y desmoralizarnos dejando tierra arrasada.

La suerte de las huelgas no se decide en la mesa de negociación con la patronal o el estado, sino en la capacidad de imponer una asamblea y un comité de huelga real.

Fin de huelga en Cádiz: ¿Qué aprendemos?, 26 de noviembre

¿Tomarán las luchas en 2022 un nuevo impulso sobre nuevas bases?

Una de las primeras asambleas presenciales clandestinas -en mitad del campo- que están en el origen de las actuales huelgas masivas auto-organizadas en Irán

No pueden sino darnos esperanza los movimientos masivos auto-organizados que estamos viendo desarrollarse en Irán desde julio... y que no paran de consolidarse y extenderse. En lo que va de este mes de diciembre, por ejemplo, han saltado de las petroquímicas hasta la educación, la minería o el textil.

Es cierto que desde hace ahora 4 años, los trabajadores iraníes son los que más lejos han llegado a la hora de sacar lecciones y ganar capacidades organizativas para poder llevar las luchas más lejos. Además, sin su capacidad para configurarse en un jaque real para el sistema serían difícilmente comprensibles las «autolimitaciones» que el régimen se ha impuesto a la hora de escalar la guerra en Oriente Medio y el Cáucaso en la persecución de sus intereses imperialistas.

Sin embargo, el relativo aislamiento económico-geográfico, político y lingüístico iraní hacen bastante improbable una expansión de las luchas más allá de algunas regiones de Irak. Un problema que ocurre también con las huelgas salvajes en buena parte de Asia y América del Norte. «El muro» político y sindical se ha demostrado hasta ahora infranqueable incluso para las maquilas pegadas a las fronteras.

En el Magreb, Europa y Sudamérica es evidente sin embargo el impacto inmediato que las luchas en un país tienen, al desarrollarse, en los vecinos. Por eso la burguesía europea mira con preocupación la proliferación de convocatorias de huelga esta Navidad en Francia o Italia y las interpreta como el prólogo de un «invierno caliente». En realidad, si las movilizaciones se mantienen encuadradas en un marco sindical que como en España, «exige» contener la inflación reduciendo los salarios reales, poco avance cabe esperar de ellas en un primer momento.

En general, la perspectiva es que la «recuperación» se mostrará cada vez más contradictoria, succionando rentas de los trabajadores para mejorar la rentabilidad a costa de reducir la base de consumo. La situación se agravará en la mayor parte de los países a finales del año que viene, cuando los programas estatales y créditos para impulsar la acumulación «postpandémica» se agoten sin ampliar de modo efectivo mercados.

Esta tendencia no va a tener un calendario totalmente sincronizado en todo el mundo. En EEUU dependerá de los precarios equilibrios bidenitas. En Italia o España va a retrasarse posiblemente hasta finales del año 2022, cuando las inversiones de los planes de recuperación se agoten devolviendo al paro a miles de trabajadores. En el Mabreb va a ligarse indefectiblemente a las tensiones bélicas, etc.

Así que, en conjunto, lo previsible para el bienio 2022-2023 es un ascenso de las huelgas y luchas de trabajadores, mayoritariamente encuadrados por los sindicatos pero cada vez con más roces y enfrentamientos más tempranos con ellos. Por lo mismo, durante 2022, las huelgas se darán probablemente en ámbitos relativamente acotados geográfica y sectorialmente pues los sindicatos no escatimarán esfuerzos para evitar los «contagios», como ya hicieron durante las «huelgas del Covid».

Finalmente, todo esto nos coloca de nuevo ante la principal tarea que los trabajadores tenemos por delante: organizarnos de cuantas formas sea posible en las empresas y los barrios, preparar las bases para imponer asambleas de verdad cuando llegue el momento de hacer huelga y crear redes que nos conecten y preparen entonces para extenderlas.