2021: Campañas ideológicas, ideologías de estado y cambio cultural

24 de diciembre, 2021

El paso del ecologismo a ideología de estado significa también una transformación de la ciencia y sus marcos mediada por los objetivos de las políticas de estado dictadas por las necesidades de reavivar la acumulación de capital.
El paso del ecologismo a ideología de estado significa también una transformación de la ciencia y sus marcos mediada por los objetivos de las políticas de estado dictadas por las necesidades de reavivar la acumulación de capital.

Durante el 2021 las campañas mediáticas, los estados y la deriva de una pequeña burguesía cada vez más airada y abiertamente reaccionaria, han producido una inusitada presión con nuevos y cada vez más reaccionaros discursos sobre la juventud, la protesta, la propiedad, la crianza o la «vulnerabilidad». Ha sido el año del ascenso a ideología de estado del ecologismo y el año en que la «brecha de género» se ha convertido en parte oficial del «cuadro de mandos» estadístico.

Tabla de contenidos

En mitad de la matanza... los negocios primero

En el momento álgido de la matanza de la tercera ola, los hosteleros de Lorca, Murcia, se manifiestan llevando cruces en señal de luto... por sus negocios.

Febrero de 2021. Un año después del estallido de la pandemia resultaba evidente que estábamos ante una matanza. Solo con las cifras del año anterior hubieran hecho falta 6.600 años de atentados terroristas, 1.400 años de violencia de género o 20 de suicidios para producir el mismo número de muertes. Sin embargo, las diferencias entre Europa o EEUU y los pocos países que habían seguido la estrategia «Covid Cero» mostraban con claridad que era posible contener la pandemia drásticamente si se tomaban medidas políticas... aunque redujeran los beneficios de las empresas a corto plazo.

Lee también: La pandemia y la clase trabajadora: qué aprendimos hasta ahora, 6 de febrero.

¿Cómo responden los medios en el peor momento de aquella ola? Entregando los informativos a los sectores más desesperados de la pequeña burguesía: los hosteleros. Ante la atención regalada por el estado se manifiestan por toda Europa haciendo «entierros» simbólicos, cargando cruces y organizando parodias de lutos... por sus negocios. La inhumanidad resulta obscena. Pero no hay ni un reproche, sólo exigencias de solidaridad.

El mensaje nos pide, no ser egoístas, olvidarnos de nuestros muertos y enfermos y preocuparnos por la amenaza de «muerte» que el pequeño capital sufriría si se mantuvieran las restricciones al ocio y la hostelería. No hay pudor. Pero es que entonces el gran capital está ya realmente preocupado. Teme que los apuros financieros de la pequeña burguesía puedan convertirse en una crisis bancaria. Así que los mensajes son explícitos: hay que «salvar la hostelería»... aunque sea al coste de unos cuantos miles de muertos más.

Mientras, el abandono de los barrios y los abusos policiales generan situaciones cada vez más violentas desde Linares a Alemania, pero los propagandistas -que habían estado vendiendo el BLM estadounidense- prefieren hacer sordina.

No es lo es lo mismo la brutalidad policial y el racismo en EEUU, cuya crítica no deja en evidencia a ningún poder existente en España, que la misma barbarie en una ciudad obrera andaluza. Que nadie espere de la izquierda española que salga con un las vidas de los trabajadores importan cuando 500 muertos al día le parecen perfectamente aceptables para que no mueran más bares.

De Linares a Mulhouse: la destrucción sistemática de las condiciones de vida en los barrios, 7 de febrero.

Poco después, en España, grupos de chavales protestan contra la condena por apología del terrorismo de un rapero. Las movilizaciones se convierten en batallas callejeras contra la policía y se repiten varias noches.

Alimentan la idea de la batalla campal como objetivo y medida de la presunta «radicalidad» de una protesta. Con detractores y defensores bajo un universo ideológico común, el debate está envenenado desde el principio y solo sirve para desviar la atención de la matanza, descarrilando de paso la frustración de unos pocos jóvenes a un peligroso ballet ritualizado de golpes, fuegos y carreras con los antidisturbios.

Son los primeros pasos de una nueva ideología sobre la juventud que ensayarán durante el resto del año: una mezcla de minorización infantilizante y condescendencia ante una pretendidamente natural «incapacidad para controlarse» que caracterizaría a los jóvenes.

En el momento -cuando todavía morían cientos de personas cada día- se trataba solo de fabricar un argumento más contra la «peligrosidad» de imponer restricciones y confinamientos. Pero apunta voluntad de cambio cultural en una sociedad en la que cada vez está más claro que los jóvenes no viven una juventud alargada, sino que ven su desarrollo personal achatado por una dependencia forzada y cada vez más duradera. Son, como dirá la propaganda oficial, «vulnerables».

Construyendo conformidad a través de la «vulnerabilidad»

De la ética de los cuidados a la política de los cuidadores y los vulnerables

El objetivo principal de todas estas campañas era, una y otra vez, construir conformidad, normalizar la pandemia y la matanza que estaba produciendo para mantener a todo el mundo trabajando y consumiendo «como siempre» de modo que las inversiones no sufrieran y la «recuperación» marchara.

El famoso equilibrio a conseguir entre «salud de la economía» y la «salud de las personas» se convierte en dogma indiscutible. Tan sólo aparecerán críticas irónicas -pocas y de poco vuelo- en la breve ventana que se abre tras el triunfo del partido demócrata en EEUU. La tendencia dominante va por otro lado: el discurso de la «fatiga pandémica».

En realidad, la fatiga pandémica no es otra cosa que desmoralización. Y como en todo problema social, el enfoque individualista no es la forma de salir, sino el camino para encerrase en el problema. Todo problema social solo puede generar impotencia -y a medio plazo desmoralización- si pretendemos que pueda enfrentarse desde el individuo. La falsa alternativa que nos ofrece la Psicología, aceptar nuestra impotencia como individuos sin salir de ahí, conformarse sin buscar un camino colectivo para transformar la realidad, no es menos destructiva que negar los problemas y pretender que no existen

Fatiga pandémica: una perspectiva comunista, 8 de febrero

El discurso individualizador de la «fatiga pandémica» es tan desmoralizador como mercantilizador y actúa como verdadero portaviones de una ofensiva ideológica de aún mayor calado que empieza con la venta de «bienestar» de base supuestamente científica. Evidentemente su fundamento no es sino conformidad incorporada a un producto mercantil. Pero abre la puerta a todo un nuevo universo ideológico: el de la «vulnerabilidad» y los «cuidados» con el que la izquierda está redefiniéndose en toda Europa a partir del feminismo, la nueva ideología de estado.

La ética de los cuidados al pasar de consigna a política pública genera sus propias categorías. Que no son ni mucho menos inocentes. El paso de estado garante de ciertas condiciones mínimas de explotación -salud, formación, infraestructuras, libertades- al estado cuidador significa concebir la política estatal desde la división de la sociedad en dos nuevos grupos: cuidadores y vulnerables.

La pandemia ha servido al estreno de estas categorías por todo lo alto en España. No es solo marketing y sesgo lingüístico. No son solo resabios peronistas de esos que tanto gustan a Errejón, Iglesias y Sánchez ni la épica cuidadora de un escudo social que resultó ser de cartón. Convertir a los trabajadores, precarizados en masa por los ERTEs y el desempleo, en vulnerables expulsa como parte consciente y activa de la sociedad a la mitad de la población... reconvirtiendo al tiempo a sus enterradores en protectores-cuidadores.

Redefiniéndonos como vulnerables, como una parte del cuerpo social paralizada por la enfermedad de la crisis y la pandemia, la ética de los cuidados orienta toda reivindicación que hagamos a la necesidad de ser cuidados por otros, por médicos de lo social y madres de los vulnerables.

Contra la ética de los cuidados, 4 de mayo

Las nuevas ideologías de estado y la aceleración de la decadencia cultural

Manifestación en París contra el Pasaporte Covid y la vacunación obligatoria de sanitarios y otros colectivos en contacto con personas especialmente vulnerables.

Es una estrategia ideológica potente, que intenta sacar el máximo partido de la desmoralización que está alimentando la pandemia en un contexto de ausencia de luchas masivas en Europa y EEUU. Pero no puede dejar de reflejar el colapso de la cultura estadounidense acelerado por el efecto del racialismo y el feminismo.

De Francia llega el primer aviso en Europa, la «vuelta de las brujas», la aparición de un feminismo irracionalista y supersticioso que reivindica las pseudociencias y contribuye al movimiento antivacunas...

Si bien el feminismo en sí no es ni anti-Medicina ni anti-vacunas, cuando se prima la mitología sobre el conocimiento científico en realidad se está socavando éste. Y en este campo, desde la afirmación de las mujeres como sujeto histórico con una historia propia por encima de las clases -que es lo definitorio de todos los feminismos- hasta la creación ingenieril de mitologías a medida -desde las brujas a «El cuento de la criada»- la labor de zapa del feminismo es brutal.

Su aporte a la convergencia de la que surge ahora el movimiento contra el Pasaporte Covid, y lo que significa históricamente, se hace fácilmente evidente.

El «Pasaporte Covid» y la vuelta de las «brujas», 1 de agosto

Y es que el feminismo tenía pocas defensas frente al «antivax» que capitaliza la extrema derecha bannonita, después de décadas de basar la reivindicación del aborto en la moral de la atomización mercantilista con el «my body, my choice».

Desde que el debate sobre el aborto entró en la agenda política estadounidense durante el siglo XIX, el feminismo ha tratado de reducirlo a la afirmación de un derecho individual abstracto desconectado de sus implicaciones sociales y de clase. De ahí la centralidad que para esta ideología sigue teniendo el «mi cuerpo, mi decisión». Su mayor éxito es haber hecho indistinguible para la gran mayoría su propia moral brutalmente individualista y mercantilizadora de la resistencia a una de las muchas barbaries cotidianas del estado.

Para enfrentar la legislación antiabortista los trabajadores nunca necesitamos ni afirmar la propiedad de la embarazada sobre el feto, ni negar la existencia de éste y mucho menos convertir a la embarazada en una mujer abstracta y aislada cuyas decisiones reproductivas no tendrían ninguna consecuencia comunitaria o social, invisibilizando de hecho el coste personal que pudiera tener.

Vacunas: ¿«Mi cuerpo, mi decisión»?, 29 de noviembre

El papel del feminismo en el cambio cultural es tan evidente como deshumanizante. Actúa como acelerador en cada vez más ámbitos: los modelos de crianza y la educación, la mercantilización y atomización de las relaciones personales y hasta la invisibilización del suicidio y la degradación de la salud mental entre los trabajadores.

Pero su objetivo último está en los centros de trabajo, dividiendo en dos a las plantillas y uniendo a las trabajadoras con jefas y propietarias como hace su concepto estrella: la «brecha de género».

Algo en lo que la nueva ideología de estado consagrada este año, el ecologismo, no puede siquiera parangonarse. Pero al fin, su función es otra. Si se eleva a los altares de la industria de la opinión y creación de cultura es porque si quieren acelerar brutalmente el Pacto Verde, como ha prometido la UE y desearía Biden, tienen que apretar la coacción moral y el bombardeo ideológico.

Todo vale: hasta la puesta en marcha de políticas dietéticas distópicas para dar cobertura a la recapitalización verde de la ganadería.

Estamos ante un cambio del discurso general, avalado por científicos y promovido desde los sectores de las clases dirigentes que quieren acelerar el Pacto Verde. El objetivo es hacerlo perentorio y generar aceptación, siquiera pasiva o derrotista, ante el empobrecimiento que significa. [...]

La autoconsciencia del capital sobre el antagonismo entre las necesidades humanas universales y su propia rentabilidad hace «inevitable» -dentro del sistema- el empobrecimiento masivo y brutal de los trabajadores... y la destrucción pura y simple de la Naturaleza. Es cierto. Pero la expresión importante en la formulación que ellos mismos reconocen es «dentro del sistema». Más allá de él se abre todo un mundo de libertad, abundancia y metabolismo común con la Naturaleza.

El ecologismo nueva ideología de estado, 3 de diciembre

Un bombardeo ideológico inusitado... con consecuencias a largo plazo

2021 ha sido un año con tal intensidad y diversidad de campañas ideológicas que el tradicional bombardeo del reaccionario «espíritu olímpico» ha pasado casi inadvertido y la gran ofensiva ideológica global que sufrimos en 2019 parece ahora un mero ensayo.

No se trata de meros despliegues propagandísticos. En un capitalismo en el que el crecimiento del capital es cada vez más antagónico del desarrollo humano, las campañas ideológicas no son simplemente refuerzos ad hoc de las políticas hambreadoras y belicistas que el capital exige. Tienen consecuencias a largo plazo, es decir, son creadoras de una cultura que refuerza la inhumanidad del sistema al proyectar su lógica sobre mil ámbitos cotidianos.

Los últimos estudios masivos sobre uso del lenguaje señalan que, durante las últimas décadas, las campañas ideológicas han funcionado en su afán por promover «un marcado cambio en el interés público de lo colectivo a lo individual, y de la racionalidad a la emoción». Otros estudios anteriores mostraban una sociedad que a lo largo del último siglo es cada vez más «depresiva» y negadora del ser humano y sus capacidades... salvo en los periodos de grandes luchas de trabajadores.

Lo que nos enseña este estudio sobre la proliferación de todos esos patrones de lenguaje patológicos, sobre la degeneración del lenguaje en realidad, es que hasta la lengua publicada, la de la clase dominante, se corrompe en una sociedad a la que el capitalismo niega el desarrollo humano.

Pero también señala algo especialmente importante: cuando las luchas de los trabajadores se afirman con suficiente escala y amplitud global, el ánimo de la sociedad entera cambia, un futuro se vislumbra posible incluso por aquellos con capacidad y acceso a las editoriales y hasta el registro lingüístico, que no es otra cosa que el registro moral de la sociedad, comienza a regenerarse.

La degeneración del lenguaje escrito, 2 de agosto

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