11S: Del islamismo al jihadismo y vuelta

11 de septiembre, 2020 · Historia

Si hacemos caso a la prensa, el peligro jihadista prácticamente ha desaparecido. 19 años después del atentado contra las torres gemelas de Nueva York, Al Zawahiri el sucesor de Bin Laden, teórico y cofundador de Al Qaeda lleva largo tiempo desaparecido. De la potencia militar de Al Qaeda solo queda su rama somalí. Y de su escisión más exitosa, el Estado Islámico, quedan bandas y ramas autónomas con éxitos puntuales en Libia y ahora en Mozambique. Parece pues lo más lógico que EEUU anuncie que va a dejar solo 3000 soldados en Irak y 4000 en Afganistán. Habrían conseguido alcanzar los objetivos de una interminable guerra de veinte años. Pero, si miramos un poco más de cerca, el primer objetivo de aquellas guerras, los talibanes afganos, negocian de tu a tu con EEUU los términos de la recuperación de su dominio sobre el país. Y si miramos hacia Occidente, los gobiernos del Magreb más cercanos a EEUU tienen mucho cuidadito con molestar a los Hermanos Musulmanes y sus aliados, que defienden el gobierno de Trípoli. Y un poco más al Sur, Rusia, Francia y la UE andan enzarzados, con tropa y armamento, en una guerra del Sahel en la que la diferencias entre jihadistas, islamistas y algunos cacicazgos locales son hace tiempo muy difusas. De Filipinas a Trinidad y Tobago pasando por la mismísima Francia, el jihadismo ha ido en retroceso, pero el islamismo, especialmente el alentado por los Hermanos Musulmanes, parece estar más globalizado que nunca. ¿Qué tienen que ver uno y otro? ¿Qué ha pasado?


El tema de este artículo fue elegido para el día de hoy por los lectores de nuestro canal de noticias en Telegram (@communia).


Del islamismo al jihadismo

Sayyid Qutb

El islamismo es el carlismo del mundo islámico: la esencia de la reacción feudal abrazada luego por la pequeña burguesía en deriva. Su forma moderna se debe a Sayyid Qutb. Qutb, que se integró en los Hermanos Musulmanes de la mano del propio al Bana, el fundador, llegaba a la organización con dos grandes influencias. La primera era el antisemitismo delirante del Mufti de Jerusalem. La segunda, sus años en EEUU.

Qutb vive en EEUU entre 1948 y 1950, donde gana la convicción de que EEUU está «gobernado por los judíos». A su vuelta en Egipto se integra en los Hermanos Musulmanes a los que dará ideología definitiva. En esos años Qutb coincide en el underground islamista nada más y nada menos que con Abdelkrim, el gran predecesor, el Mufti Al Husseini, el pionero y Al Bana, el fundador. Todo su trabajo es en realidad una prolongación de la relectura antisemita del Quram por el Mufti. Crea un relato de la «jihad cósmica» en la que toda la historia de la Umma -la comunidad de creyentes- desde el 622 (llegada de Mohammed a Medina) no es otra cosa que una guerra permanente contra «el judío». […]

Qutb, que cita continuamente «los protocolos» representa al «judaísmo mundial» como la fuente del mal actuando en una delirante conspiración a lo largo de la historia contra los musulmanes y su expresiones políticas, movilizando «en la sombra» ejércitos «cruzados» y provocando los cismas (la «fitna») entre los creyentes, «luchando en la guerra de ideas a través de intrigas, sospechas, difamaciones y maniobras». La «conspiración judía internacional» había encontrado puerto. Qutb fue fusilado, al parecer por orden directa de Nasser, en 1966. Su influencia no salió del minoritario y marginal entorno islamista hasta más de un año después de su muerte. […]

Muerto el panarabismo en 1967, en Egipto los «Hermanos Musulmanes» se convirtieron por primera vez en los articuladores de un descontento masivo. La pequeña burguesía egipcia, especialmente la rural, había abrazado las visiones nasseristas y aunque había desconfiado de los asesores rusos y las grandes obras públicas, confiaba en protagonizar el desarrollo del económico. En su lugar lo que estaba obteniendo eran expropiaciones de tierras, sacrificios por la guerra, hijos caídos y tensiones familiares con la liberación de costumbres. La nueva burguesía de estado se nutría del ejército y de las escuelas de ingeniería, decididamente laicas en las que se prodigaban mujeres y coptos, mientras que los hijos de los caciques locales que iban a la más prestigiosa universidad islámica del mundo, Al Azhar, quedaban al margen. El cambio de bloque quitó a los asesores rusos del medio, pero no cambió nada en el sentimiento de aquella generación de jóvenes de provincias llegados a la capital.

Los Hermanos Musulmanes, financiados entonces según Sadat por Rusia a través de Siria y Libia, ganaban fuerza y con ellos el antisemitismo conspiranoico islamizado por Qutb. Para el pequeñoburgués egipcio de provincias, para su hijo que se sentía inferiorizado en una capital que le trataba como un fellah, la derrota bélica y los desastres del país solo podían ser explicados por una conspiración. El papel de EEUU, aliado de Israel y de Egipto al mismo tiempo, incapaz de decidir la guerra del Yom Kipur a favor de Sadat y forzando el reconocimiento de Israel les confirmaba que los norteamericanos eran piezas de un «judío internacional» que movía las piezas detrás del escenario. Algunos de entre los jóvenes ni siquiera les parecerá suficiente el camino de los Hermanos Musulmanes que «a veces dan la razón al gobierno». Una facción, siguiendo las tesis de Al Qubt, opta por empezar inmediatamente la yihad derrocando al régimen secular «títere de los judíos»: la Yihad Islámica Egipcia que en 1981 intenta provocar una insurrección islamista asesinando a Sadat. Entre los militantes del grupo en aquel momento, destaca un joven Al Zawahiri, que en los siguientes años se convertirá inspirador de Al Qaeda, número dos de Bin Laden y finalmente su sucesor al mando.

«El antisemitismo después de la segunda guerra mundial», 1/2020

Al Zawahiri y Bin Laden.

¿Dónde está la raíz política de la divergencia entre el cuerpo central de los Hermanos Musulmanes y al Zawahiri? La diferencia no está en los mitos. Podemos pasar horas espurgando Caballeros cabalgando bajo el estandarte del Profeta, el texto más conocido del egipcio, y no sacar nada en claro. Tampoco tiene nada que ver con el uso de la violencia armada. Hamas, el brazo palestino de los Hermanos Musulmanes, tiene una poderosa organización militar y nunca hizo ascos a la prácticas mafiosas ni a la represión violenta de cualquier disenso social en Gaza.

Cuando los jihadistas acusaban a los Hermanos de dar la razón al gobierno, estaban señalando que sus aspiraciones eran, en lo fundamental, nacionalistas. Si daban la razón, aunque fuera a veces a Sadat, es porque se colocaban en el punto de vista de la defensa del capital nacional. Los Hermanos Musulmanes aspiraron siempre a gobernar, llegando a la dirección política del estado por el método más conveniente en cada momento. Su discurso, así estuviera plagado de conspiranoia antisemita y de sueños califales, no dejaba de ser esencialmente un discurso adaptable y adoptable por el imperialismo egipcio.

Los jihadistas, y en especial Zawahiri, fueron al exilio. Y en el exilio encontraron jordanos, qataríes, kuwaitíes y saudíes como bin Laden que compraban su discurso. Este era, en la letra, fundamentalmente anti-nacional. Pero su propia situación como exiliados, malditos cada cual por su gobierno, les llevaba ahora a reinterpretarlo literalmente. Las diatribas de Qutb sobre la conspiración mundial judía contra los musulmanes daba un sentido de conjunto a las penurias y batallas de cada uno y les permitía sentirse parte de la misma cosa. Y así es como aquel pequeño grupo de desarraigados pasó inadvertidamente a plantear algo completamente distinto a lo que habían pretendido sus referentes: el enemigo a atacar no serían ya los gobiernos títeres del sionismo y los cruzados, sino la fantasmal mano que les movería. La unificación de la Ummah (la comunidad de los creyentes) bajo un califato dejaba de ser un lejano sueño imperial para convertirse en un objetivo político primario. Su sueño ya no era tomar el poder en cada país y menos aun por los medios más convenientes en cada uno. Se trataba de enfrentar a todos a la vez en una contrarrevolución feudalizante cuyo antagonismo era la revolución burguesa y su ámbito el de las tierras alguna vez islamizadas, Dar al Islam.

Así nacieron las bases ideológicas y estratégicas de Al Qaeda que en buena medida heredó luego su escisión sirio-iraquí, el Estado Islámico. Para sus fundadores las diferencias doctrinales con los Hermanos Musulmanes eran fundamentales: no era en absoluto lo mismo que el sujeto político fuera la comunidad nacional por musulmana que fuera, que la comunidad universal de creyentes. Cambiaban los objetivos: una república islámica que heredaría y reformaría desde el poder las leyes nacionales frente a un califato de nueva planta. Cambiaba el enemigo principal: los gobiernos nacionales o las potencias no musulmanas. Y a consecuencia de ambas, la estrategia: maximizar lo que acercara a la Hermandad al poder o impulsar una guerra que mostrara lo más claramente posible un enfrentamiento entre los cruzados y los caballeros del profeta.

El 11S fue una forma -por lo demás exitosa y barata- de llegar a este escenario para Zawahiri, bin Laden y quienes les patrocinaron y favorecieron… que esperaban que sus propios intereses imperialistas florecieran en el caos consiguiente. También sirvió para rescatar grupos y tendencias islamistas armadas, como las de Argelia o Túnez, que estaban en decadencia y que se rejuvenecían uniéndose a una marca global como franquicias autónomas. Y a una parte de la pequeña burguesía musulmana le dio también un referente épico en su revuelta. La fórmula tuvo en fin su recorrido, pero como todas las manifestaciones de la pequeña burguesía estaba condenada a la impotencia política. Al final, el jihadismo acabó siendo una bola neutra en el juego imperialista usada por unos y otros para golpearse entre sí. Y fracasó porque no consiguió ganar a grandes masas de la población ni siquiera en Siria ni en el Irak destrozado y fracturado en taifas por la política del ocupante estadounidense.

Es importante detenerse un momento en la razón de fondo de este fracaso. Los países musulmanes son en su mayoría países semicoloniales. La pequeña burguesía en ellos se ve, en los momentos de descontento y revuelta, como alternativa a la burguesía nacional en la dirección del estado. Pretende ser cabeza del pueblo reviviendo la nación y el proyecto nacional auténtico, es decir, retrotrayendo la historia a una etapa, ya superada, en la que la liberación nacional podía conducir a un desarrollo capitalista al margen de las condiciones globales del capitalismo. Es una idea reaccionaria porque el imperialismo es un fenómeno global, un estadio del capitalismo en cuya esencia está no permitir un desarrollo independiente a ningún capital nacional. Pero esto es lo importante: la pequeña burguesía de Egipto, Libia, Jordania o Siria es un producto del estado nacional, nació como clase masiva del capitalismo de estado. Su proyección política es reaccionaria por nacional, no por pre-nacional como el sueño califal de los jihadistas.

Del jihadismo al renacer islamista

Partidarios de Erdogan celebran en Estambul la conversión de Santa Sofía en mezquita.

El caos detonado por el 11S pero generado por el desarrollo del conflicto imperialista en todo el mundo árabe y musulmán produjo una serie de retrueques que revivieron el islamismo. Por un lado, se convirtió en alternativa de su propio vástago. Por otro, en el marco de la gran crisis abierta en 2008, daba una vía de expresión a la pequeña burguesía libre de sospechas de extranjeridad. No hubiera tenido en aquel momento opciones ninguna ideología vinculada a las grandes potencias asociadas a la ruina en que se habían convertido las promesas de la globalización para esa clase en los países semicoloniales. Bajo la primavera árabe no solo estaban las fuerzas de las potencias moviendo pieza, estaba también y sobre todo, la revuelta de una pequeña burguesía que encontró en muchos casos en el islamismo la única forma de expresar políticamente su proyecto nacionalista. En otros países, como Marruecos, había sido el propio estado el que había animado a los islamistas a crear partidos legales dentro de un orden y quien, llegados a un punto, les dio funciones de gobierno.

Por otro lado, la nueva situación de crisis y conflicto permitió a Turquía -no sin contradicciones– jugar una estrategia imperialista neo-otomana apoyándose en los Hermanos Musulmanes. Estos, favorecidos por el apoyo turco y el dinero qatarí, se expandieron desde entonces como nunca antes: creando movimientos racialistas en Francia para horror del estado republicano, asegurando a bombazos el gobierno de Trípoli, ganando ministros en Túnez o diputados en Indonesia y Malasia.

Obviamente el patronazgo no les iba a salir gratis. Conforme la Hermandad, matriz y principal organización islamista del mundo, avanza apoyada en armas y fondos turcos y qataríes, más erdoganista se vuelve. Hoy la mayor parte de sus sucursales no están muy lejos de representar frente a Turquía el papel que en su día tuvieron los partidos stalinistas frente a Moscú. Los Hermanos Musulmanes han pasado de tener su capitalidad en la universidad religiosa cairota a tenerla en Estambul.

Estambul es hoy en día un centro de la Hermandad Musulmana. El estado turco está invirtiendo y apoyando a las sucursales de la organización y, lo que es más importante, facilita los esfuerzos para organizarlas y representarlas. Docenas de estaciones de televisión, en su mayoría afiliadas a ramas de la Hermandad Musulmana, dan fe del apoyo turco a estos grupos. Incluso las decisiones importantes dentro de las sucursales de la organización se están tomando en la ciudad turca. Recientemente, por ejemplo, Al-Islah, la Hermandad Musulmana de Yemen, votó en Estambul por un nuevo líder llamado Salah Batis. Batis, con sede en Estambul, ha sido criticado por quienes se oponen a la influencia turca en la región por sus conexiones con Turquía.

Y sin embargo, buena parte de la pequeña burguesía árabe en rebelión sigue viendo a la Hermandad y sus partidos como la forma política para expresar sus particulares formas religiosas y nostálgicas de nacionalismo. No es sorprendente: en muchos países de Centro y Sudamérica pasó lo mismo con las sucursales rusas y cubanas durante la guerra fría; y en Europa del Este y el Báltico no fue tan diferente con los partidos liberales financiados por EEUU. La paradoja de todo esto es que demuestra que todos estos movimientos nacionalistas -religiosos o no- de la pequeña burguesía acaban siendo irremediablemente piezas del juego imperialista. Es decir, demostrando en sus actos la imposibilidad de su propio planteamiento sin necesidad siquiera de que lleguen al poder.

La historia del islamismo es un viaje que hay que ver en todo su recorrido: comienza con los movimientos anticoloniales de la parte más atrasada del clero y la pequeña burguesía colonial egipcia, se ve alimentada por los movimientos de las clases feudales heredadas del imperio otomano en Palestina financiadas por Alemania; se torna impotente enfrentado el primer escenario global de confrontación imperialista, acaba ligando su suerte a la del imperialismo alemán, que pierde; y en la posguerra acaba remozándose en una ideología conspiranoica y pacata que resulta risible a la propia masa de la pequeña burguesía árabe; en su deriva impotente pare en sus márgenes una huida universalista hacia delante: AlQaeda y derivados… que solo consiguen arraigar jugando con brutaliad en los intersticios del juego de posiciones de las grandes potencias hasta ser desbandados; el grueso del movimiento vuelve entonces al nacionalismo religioso clásico, pero en las condiciones a las que ha evolucionado el juego imperialista, solo pueden ser herramientas de la afirmación imperialista turca…

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